EL ESCEPTICISMO JURÍDICO EN

NUESTROS TIEMPOS

 

Octavio F. Guzzi *

 

 

«Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor?.

¡De ningún modo!. Más  bien, la consolidamos».

                                                                                                                          Epist. a los Romanos. Cap.3,31

 

     A la memoria del Hno. Teófilo Miguel y Martín

      Teólogo, amigo y Marista eternamente.

 

 

I)          LINEAMIENTOS PRELIMINARES:

¿POR QUÉ EL ESCEPTICISMO JURÍDICO?

                                                          

                                               Cuando comienzo a reflexionar sobre las ideas jurídicas en nuestros tiempos, no puedo olvidar aquella vieja anécdota vivida en una de las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Recuerdo claramente mis inquietudes y las palabras proferidas por el profesor. Teniendo algunas dudas acerca del pensamiento del Dr. Carlos Cossio, le pregunté al maestro a fin de satisfacer algunas de ellas o, al menos, me acercara más a las fuentes de mis problemáticas. Con gran presteza y sutil desaire, me respondió que leyera algún libro del Dr. Ciuro Caldani.

 

                                               Más allá de lo anecdótico de la situación, y sin importar sus pormenores, me he servido de ella para bosquejar los primeros lineamientos, a fin de sentar algunas bases para mi trabajo. Sin dudarlo, acudí a los textos del Dr. Ciuro Caldani; pero al margen de la impresión que ellos me produjeron, no puede ignorar la "escéptica actitud" del profesor que, sumada a un plan de estudio carente de humanidades, condujeron mi duda a mayor oscuridad. En su política, Aristóteles, sostenía que: "Soltar la duda es hallar la verdad". Entonces,  lejos estuve de comprobar el acierto de dicha sentencia.

 

                                               Ante mis ojos yacía esta cruel realidad. La filosofía, madre de la ciencia jurídica, solo tenía un mínimo espacio dentro de las asignaturas propuestas por la mencionada facultad. Quizá por ello, algunos de nuestros profesores culminan en el confinamiento de una materia que solo le interesa a unos pocos. Frente a estos docentes, la mayoría de los alumnos asiste a uno de sus mayores calvarios: la filosofía. Tal vez, tanto nos hemos empeñado por fundir la tragedia con lo humano que, en realidad, ya no puede distinguirse uno de lo otro. Actualmente, caminando por los pasillos universitarios percibimos el desánimo, que termina convirtiendo a esta materia en un verdadero infierno.

                                  

                                               Me apartaría del objeto de este ensayo, si omitiera una nota oportuna a él. A decir verdad, uno de los grandes factores en este "escepticismo jurídico" lo constituye «la especialización del jurista en campos parciales, cuyo alcance va reduciendo, cada vez más, en el cultivo de una especialidad, que es capaz de considerables aportaciones dentro de sus límites, pero sólo a costa de un precio muy elevado: el de perder la visión de conjunto sobre el Derecho»[1]. A ello quedan sujetos los futuros juristas, alcanzando un extenso conocimiento de la ley positiva, pero incapaces de comprender los contenidos y valores que nutren los cimientos del derecho.

 

                                               El Dr. Alfredo Colmo, en su obra póstuma, afirmaba con certeza que: «el derecho es cosa humana»[2]. Entonces, sin ninguna hesitación, nos es válido concluir que las humanidades hacen al estudio esencial del abogado, jurista o juez. Sin embargo, la realidad social parece marchar más rápidamente que el mismo tiempo. Suprimir las humanidades no solo fue una solución "loable" sino, además, económica y política. Así determinado, decidimos agasajar a nuestra sociedad con "abogados vertiginosos". ¡Buenos positivistas!, sin duda. Pero, al mismo tiempo, "incrédulos del derecho".

 

                                               Recuerdo las palabras del filósofo de la Sorbona: « ¡Oh! ¡Incrédulos, crédulos, crédulos!. Pues los incrédulos, antes bien, son más dados a creer que el resto de los mortales "las cosas aptas para hacer descreer lo que los creyentes creen”»[3]. Sin penetrar en lo que será materia de análisis, lo preocupante es la facilidad con que estos "incrédulos" transforman el derecho en una herramienta que desvirtúa la finalidad de la justicia. La conclusión parece clara: a estos "incrédulos" no le hemos enseñado a "creer". Aún más, creer, es una tarea engorrosa y, como ya lo he dicho, la sociedad prefiere enseñar a los empujones.

 

                                               ¿Cómo no presentir este escepticismo jurídico?. Nadie habla de él. Sigilosamente, ha ido ocupando numerosos lugares sin ser advertido: tribunales, universidades, aulas, docentes, alumnos y, por qué no, el corazón del ciudadano común, que, desorientado y confundido por la lucha de poder, opta por el descrédito del derecho. Ahora, con cierta picardía, recuerdo, muy bien, lo que apuntara Jean-Etienne Portalis, en su Discurso Preliminar, «más útil que cambiar las leyes es dar a los hombres nuevos motivos para que amen las ya existentes».

 

                                               Allí, encontramos otra de las causas que posteriormente desarrollaremos: estos "incrédulos", carecieron de verdaderos motivos para amar las leyes. En la educación universitaria, las ausentes humanidades, restarían nuestra adhesión a la ley y a la seguridad que ella comporta. A sabiendas o por ignorancia, estos escépticos prefirieron desdeñarla argumentando que "ninguna ley humana es perfecta". Antes bien, cavilosos, profundizaron en sus lagunas e imperfecciones, no para corregirlas, sino para extraer provecho y beneficiarse con ellas. Olvidarían que «el culto de la ley, no es otra cosa que el culto del hombre viviente que busca, mediante él, resguardar sus bienes morales»[4].

           

                                                ¿Qué sentido tendría explicar el derecho, cuando solo algunos pocos preguntan por él?. En aquel entonces, dudé del profesor y, también, del derecho pues poco pude explicarme de algo tan rico y generoso como la "teoría egológica del derecho". Pero, más allá, de las consecuencias inmediatas, no pude evitar dolerme frente a estas propuestas que me invitaban a perder la "fe en el derecho". Quería luchar por el derecho y, así, rechazar con Von Ihering: «esa moral que jamás ha hecho que pueblo ni individuo alguno tenga el sentimiento del derecho, y que es solo el signo y el producto del sentimiento legal  paralizado y enfermo»[5].

 

                                               Este escepticismo jurídico es consecuencia de un padecimiento, aún mayor. En estos días, el hombre se desvela únicamente por las cuestiones del mundo material. El dinero es la nueva medida del tiempo y la sociedad se adapta mecánicamente a esta regla. Los incrédulos se multiplican. Pues, como bien señalaba el filósofo: estos hombres, antes de creer en sí mismos, son más prestos a creer en la nada (si es que tal cosa existe). Allí, radica lo medular de nuestro planteo: un hombre ausente que no quiere saber de sí. Nada espera del mundo jurídico, pues, si no cree en él: ¿cómo puede realmente creer en el derecho?. La justicia humana, golpeada y vilipendiada, agoniza. Y, a pesar de ello, los hombres solo hacen alarde de su "incredulidad".

 

II)        EL ESCEPTICISMO COMO IDEA JURIDICA:

¿LA DERROTA DEL «HOMO IURIDICUS»?

 

                                               El escepticismo no constituye un nuevo capítulo dentro de la filosofía. Entre los griegos encontramos sus primeras definiciones. La tradición oral recogida atribuye a Pirrón: «Ni nuestras sensaciones, en efecto, ni nuestros juicios pueden decir verdad, ni equivocarse; todo es igualmente indiferente, equilibrado, indeciso»[6]. Sin embargo, y a pesar de su espíritu científico, dicha doctrina nunca se distinguió como insurgente o escandalosa. La quietud de su pensamiento le llevaría a aceptar la vida tal cual es. Su actitud crítica se resume en el fervor por lograr una ciencia autónoma, que consagre una práctica útil. Con justicia, se ha sostenido que este escepticismo será el padre del espíritu positivo moderno.

 

                                               En el escepticismo renacentista (Montaigne, Charron, y Francisco Sánchez) se acentúa, sobre todo, el aspecto racional del problema, dejando de lado la actitud más vital, representada por el escepticismo griego. Posteriormente, David Hume culminaría por cimentar el escepticismo y la filosofía. Su acentuada posición lo llevaría a sostener: al hombre razonable le es necesario un escepticismo mitigado, que es el resultado de combinar un severo examen crítico de nuestras capacidades cognoscitivas con el sentido común y la reflexión. Este escepticismo "académico o mitigado" de Hume se ha plasmado en las corrientes neopositivistas del siglo XX. También, ha caracterizado a todos aquellos filósofos que, desde Kant, han tendido a someter el examen a la razón humana. Así, Nietzsche, llamó a los escépticos "los únicos filósofos honorables" [7].

 

                                               Los esfuerzos filosóficos  por dar cuenta de "la cosa" han sido durante años unos de los mayores atractivos de la ciencia. Sin embargo, con el constante desarrollo de los medios tecnológicos, el espacio de debate se ha reducido a pequeños ámbitos técnicos. Los científicos han ganado mucho terreno y unos pocos pensadores continuaron esforzándose por revivir enseñanzas perdidas. Actualmente, en nuestro país, los grandes medios de información solo nos acercan los peores aspectos de las doctrinas sensuales, materialistas y escépticas. Con aspecto de "extraña virtud", se sumerge al hombre en estas corrientes, impulsándolo hacia su decadencia.

 

                                               Empero, donde todavía queda mucho por descubrir, también, es útil continuar dudando. Y de allí, que el derecho no haya sido ajeno a estos embates. Desde el empirismo y pasando por el más exacerbado positivismo, el derecho fue proclamado ciencia jurídica. Frente al divorcio del derecho y la moral, se pretendía elaborar una ciencia autónoma del deber ser. El derecho natural se presentaba como un mínimum moral que reivindicaba la persona humana y, para contrarrestar esta noción metafísica, el positivismo moderno no tardaría en responder que «el origen de la justicia debería buscarse en las regiones del resentimiento».

 

                                               Innumerables debates se han sostenido con ánimo de delimitar los alcances del derecho. Sin embargo, en el fragor de la polémica, se descuidó lo que resultaba prioritario: la esencia del derecho. Pues a medida que se nos brindaban herramientas para transformar su significado, las circunstancias históricas obligaban a una permanente redefinición del concepto. Al igual que el hombre, el mundo jurídico se nutre de hechos y circunstancias. Entonces, las guerras mundiales y las reacciones contra el idealismo hegeliano abrirían las puertas a los incrédulos. El naufragio del kantismo y del positivismo habría originado en los filósofos contemporáneos una reacción anti-idealista y anti-positivista. A la fenomenología de Edmund Husserl y Henri Bergson siguieron las corrientes existencialistas que agotaron al hombre en sí mismo. Así, un acontecimiento sucedió a otro y, sin embargo, cada día nos acercábamos más a un derecho despersonalizado.

 

                                               El progresivo avance de la ciencia y de la técnica otorgaría al hombre mayor provecho y, también, mayor molicie. Las máquinas reemplazarían el accionar del hombre y, sistemáticamente, comenzaría una cruenta y lamentable exclusión. Luego de la barbarie de la postguerra, el hombre, atónito y desconsolado, debió continuar con su vida intentando olvidar lo acontecido. El tiempo se volvió azaroso y contingente. El hombre atormentado se rehusaba a contemplar y, por ende, el existencialismo cobró realidad. La persona se sumió cada vez más en sus egoísmos y culminó por mirar al prójimo como un completo extraño, como un verdadero enemigo.

 

                                               Nuestra Nación no quedó ajena a estos fenómenos. Las ideas sociales desembarcaron junto con los inmigrantes; desplazados por el hambre, la desocupación y la guerra, América era una tierra prometida. Empero, la crisis ya estaba instalada en la Argentina. Tanto la primera como la segunda migración debieron sufrir los inconstantes desatinos del poder. Claramente, nunca se pensó en dar motivo para amar realmente a las leyes.  Antes bien, se las violentaba y corrompía para beneficio de unos pocos.  Los ejemplos son de los más variados pero, por una cuestión de extensión, los dejaré al sabio arbitrio de mi lector.

                                              

                                               Algunos filósofos profundizaron la temática y decidieron creer. Creer, no solo en el derecho, sino, también, en ese hombre desesperado y sorprendido por su derrota. Estos estudiosos cobraron plena conciencia de los males de un pensamiento vacuo e inane. Ante la "termitera humana", muchos intelectuales, sorprendidos, huyeron despavoridos repudiando cualquier reacción de las masas. Restaban valor a estos movimientos que no significaron, sino el grito desesperado de toda la humanidad. El ensimismamiento de Ortega y Gasset culminó encerrado en el mundo de las ideas. Con espíritu crítico, Ismael Quiles diría que a este filósofo le faltaba descender un peldaño más en su interioridad, en el centro último del sí.

 

                                               Los crédulos e incrédulos continuaron la lid. Jean-Paul Sartre, desbordado por "La Nausea", vomitaba a favor de la "Nada". Mientras que otros existencialistas, como Louis Lavelle y Gabriel Marcel, pretendían encontrar luz en medio de las tinieblas. El derecho se debatía. El profesor Küchenhoff sería el primero en plantear la cuestión de si la ley del amor al prójimo puede ser dotada de fuerza jurídica, en lo que luego llamó "Derecho del amor". También, optaba por "creer" el Dr. Legaz y Lacambra que, como un hombre de espíritu profundo, sentenciaba: «El amor, pues, debe hacer que el orden social sea cada vez más justo en su contenido, y el amor debe humanizar y mitigar, en su caso, los rigores de un orden jurídico que no responden al ideal del amor»[8]. En nuestra nación, el jurista Alfredo Colmo no tardó en manifestar que «el derecho es una moral y una educación permanente».

                                              

                                               No quisiera olvidar al Dr. Carlos Cossio que, influenciado por la fenomenología, intentó acercar nuevamente la metafísica al derecho, elaborando la teoría egológica. En su obra, este innato filósofo, pone el acento en los aspectos sociales del derecho y llega a señalar que: «cada acción de cada persona está siempre en interferencia intersubjetiva con todas las acciones de todas las personas»[9]. Tarea ingente sería continuar enumerando los magnos esfuerzos de notables juristas. Unicamente, pretendo poner de manifiesto que, en el verdadero amor al hombre, el derecho puede continuar batallando para evitar la execración del mundo jurídico.

 

                                               Inmerso en esta historia, el hombre post-moderno concluye naufragando en esta terrible crisis de fe. En nuestro país, el impacto fue aún mucho mayor. La política de los últimos tiempos ha encerrado a la sociedad en una encrucijada. En general, el hombre, quien otrora tuviera un rol protagónico en las cuestiones nacionales, ha ido abandonado esos campos por considerarlos infértiles y ruinosos para su patrimonio. Desentendido de la problemática social, parece reaccionar cuando sus proyectos se ven destruidos por las contingencias económicas y políticas. Paulatinamente, se olvidaría la sabiduría del Cicero cuando sostenía: «…puesto que la patria nos proporciona más beneficios a la vez que es una madre más antigua que la que nos creó, no hay duda de que se le debe un reconocimiento mayor que a la propia madre…».

 

                                               El proceso fue cruento y sus consecuencias se propagaron rápidamente. Un falso ecumenismo precipitó la globalización. Esta última, favorecida por la expansión de los medios tecnológicos, trajo consigo nuevas modas y esnobismos alejados de nuestras tradiciones. La economía capitalista conllevaría un naciente escepticismo que invitaría a depositar nuestra creencia en cuestiones ajenas al espíritu. Los conceptos nación, ley y tradición pasarían a un segundo plano. Allí, comenzaría el proceso de "despersonalización" que culminará con una total ausencia de unidad e identidad en la persona humana. Con mayor claridad el profesor Johann Metz señalará: «Existe, hoy, un culto a la factibilidad: todo es factible. Sí, pero, también existe un nuevo culto a la fatalidad: todo es superable. La voluntad de hacer esta transida de resignación. Ambos cultos, el que tiende a dominar la fatalidad y el que se complace en la apatía y en la vida apolítica se corresponden como las dos caras de una misma moneda…»[10].

 

Los incrédulos crearon su espacio y ejercieron su defensa atacando las raíces de la fe. Cuestión que les ha resultado imposible, pues nunca se podrá comprender lo que se discute, si previamente no se ha comprendido lo que es. Y estos escépticos nunca llegaron a aprehender las raíces antropológicas de la creencia humana. Sin embargo, acompañados por las circunstancias, este "hombre ausente" apresuró sus pasos y multiplicó sus esfuerzos. La nueva generación de jóvenes no tardaría en sentir el impacto de una sociedad que le regalaba fatalismo, factibilidad y marginalidad. A toda luz, como lo enseñara el profesor Karl Rahner: «la carencia de idealismo, renuncia y sacrificio no será culpa de la juventud. No tienen idealismo porque ya no hay ideales. Se niegan a hacer sacrificios y renuncias porque el sentido y la meta a alcanzar no son cosa clara»[11].

 

Actualmente, y pasando por alto los valores morales, el derecho manifiesta su insuficiencia para contener a la persona humana. El hombre, en su sueño de omnisciencia, "cree" en el incorruptible poder terrenal. No siente amor por el derecho pues ha perdido la Ley Primera: no encuentra motivos para amarse y, menos aún, para amar al prójimo. Entonces, ¿por qué amaría al derecho?. No siendo más que un postulado positivo, este hombre no encuentra profundas convicciones para mantener su respeto y devoción a la ley. Con facilidad, olvidaría que el amor, al asumir voluntariamente lo que sería constreñimiento, transformaría el derecho en libertad y la justicia en acto de permanente dación. Con acierto, el profesor de Munich recordará que «algunos creyentes-burgueses tuvimos conciencia de aquella catástrofe pero en la cabeza, no en el corazón. Y tal conciencia produciría depresiones pero no la tristeza; apatía, pero no resistencia»[12].

 

Las raíces del egoísmo son demasiado profundas para poder ser extirpadas por la legislación. Y tanto Platón como Aristóteles, pensaban que la educación era el único remedio contra ella; la educación en el «espíritu de la constitución»[13]. Sin embargo, la educación, también, padece los efectos de una sociedad incrédula. En general, académica o tecnificada, ha restado espacios a las humanidades. En su ensayo, "El fin y los medios", Huxley advertía que: «El hombre que pasa a través de los cursos de nuestra educación, puede egresar transformado en un loro». Así, en nuestros días, no resultan asombrosos algunos casos en que el loro se muestra más intrépido y locuaz que el mismo hombre. Allí, la complejidad del problema no radicará en reducir al hombre en animal, sino en distinguir a este de aquél. Y, entonces, cabe concluir que: solo en una auténtica educación, dechado de virtudes y valores morales, la aporía se reduce al descubrimiento de las verdades que acercan al hombre a la profundidad de su ser: la persona humana.

 

El culto a la especialización deshumaniza. Es por ello, que el hombre alejado de la cultura pierde contacto con su realidad más intima. Y no es de extrañar su repercusión en el mundo jurídico, pues como bien lo había sostenido Gustav Radbruch: «El derecho es un fenómeno cultural»[14]. Quizá, aquí, encontremos otras de las razones para su descrédito: los medios tecnológicos han regalado nuevas formas de incultura. En ellos, la legitimidad del derecho se asocia con el poder. Poder, que lejos de ser humano, corrompe y escandaliza convirtiendo al hombre en esclavo de sus propias pasiones.

 

La educación es una deuda en nuestra sociedad. Y aunque no sea objeto de nuestro ensayo, hay que pensar en ella como una de las principales causales del escepticismo actual. En un terreno propicio, la Nada se cosecha con mayor regalo y facilidad. Exige escasas explicaciones y, más aún, se presenta más acomodada a la cruda existencia. Frente a ese nihilismo, la moral pierde su ardua batalla y el derecho, despojado de sus valores, se transforma en una especie de imperativo categórico. Todo lo real parece racional y el hombre, ahíto de opulencia, concluye que, para el cumplimiento de las normas jurídicas, no resulta estímulo suficiente el reproche de una sociedad. Lamentablemente, olvidamos que «el derecho, distinto de la moral por su contenido, se halla, consiguientemente, unido a ella por un doble vínculo: la moral es el fundamento sobre el cual descansa la validez del Derecho, porque el hacer posible la moral constituye una meta del orden jurídico»[15].

 

«La desobediencia denota, pues, el desprestigio de las leyes. Una ley desobedecida es, en principio, una ley menospreciada. Y como la obediencia de las leyes constituye la base de la República, hay que temer por ella cuando las leyes son desobedecidas sin escrúpulos»[16]. ¿Por qué el hombre culmina desobedeciendo a las leyes?. Podemos sentar, aquí, otra de las causales del escepticismo jurídico: las leyes se distancian de la realidad y el sentimiento de "inutilidad de la ley", al decir de Georges Ripert, se encarna en el ciudadano común.  Muchas veces, se ignora que «legíslese como se legisle, las leyes positivas no podrán nunca, en las cosas de la vida, reemplazar totalmente el uso de la razón natural»[17]. A toda luz, las leyes injustas, parciales o contradictorias no se constituyen en una auténtica razón para creer en el derecho. Y sin creencia alguna, ningún amor será posible. 

 

Resultará necesario evaluar, tanto histórica como socialmente, la responsabilidad del legislador, siempre inmerso en debates y conflictos políticos. Empero aún más preponderante, será el juicio que a cada ciudadano corresponda, como últimos responsables del destino de una Nación. Los casos de ley injusta son reiterados en la historia de la humanidad. Más, frente a ellos, la excepción debería convertirse en regla: no solo debemos desvelarnos por la justicia de las leyes sino, también, por la justicia del caso concreto, la equidad. He, ahí, la esperanza del derecho: en la fe depositada en un hombre equitativo, que aspira a una justicia realizable, únicamente, en el amor y respeto de las leyes.

 

Así lo habría señalado, Orígenes: «La justicia, aún débil en fuerza, vence; en cambio, la injusticia, aún teniendo muchos y vigorosos partidarios, es derrotada». Empero, más allá de sus duras doctrinas, este era un filósofo de la creencia. Y como tantos otros, entendieron que la justicia, lejos de convertirse en un concepto abstracto y absoluto, puede concretarse en la vida terrena. El cumplimiento y la devoción al derecho no alcanzan la obediencia ciega y pasiva. No se trata, como lo creía Platón, de encerrarse en observancia sepulcral. Creer, también, implica atender al espíritu de reforma, que no se condice con la violencia y la muerte. No en vano, venimos sosteniendo la importancia de creer: la creencia devuelve al hombre la esperanza, que es el arma del desarmado; que es contemplación del bien futuro, arduo, pero siempre posible de alcanzar.

 

Pero de las cosas divinas, la mayoría, según Heráclito, por falta de fe escapan al conocimiento (Heráclito, frag. 84). Y, si bien recuerdo, fue Cicerón quien afirmó que crear ciudades y dar leyes a un pueblo era una actividad que remedaba lo divino. Sin embargo, la creencia en este "acto divino" no puede reducirse simplemente a una fe filosófica o científica. Necesariamente, debe superarse el debate científico-religioso. Debe buscarse un acercamiento científico a las realidades morales (interdisciplinario), entendiéndose como «el uso de todos aquellos saberes capaces de ayudarnos a comprender mejor el objeto propio de la moral desde una perspectiva fenomenológica y empírica»[18]. Solamente, así, se construirá la nueva esperanza del derecho: esperando lo inesperado, en el espíritu de encontrar.[19]

 

No quisiera culminar sin antes referirme a uno de los últimos intentos en favor de la lucha por el derecho: el llamado «homo iuridicus» del profesor Giorgio Del Vecchio. Con esta figura, ha querido significar «al hombre que por hipótesis, se mantiene siempre dentro de los límites del derecho, esto es, que no viola ninguna regla jurídica. O bien puede significar el hombre que ejercita todos los derechos que le competen hasta su grado máximo, sin renunciar a ninguno de los poderes jurídicos que las normas que le son aplicables le atribuyen. En fin, dicha fórmula puede significar el hombre que se consagra exclusivamente a la defensa del Derecho, vale decir, a impedir o combatir toda violación de las normas jurídicas, venga de donde viniere. En todos los casos, el derecho es tomado como motivo fundamental del obrar humano».[20]

 

Las simientes de esta categoría conceptual, las encontramos directamente en el pensamiento del profesor Rudolf Von Ihering. El espíritu de su doctrina abarcaba dos rasgos fundamentales: el egoísmo disciplinado y la acción resuelta. En Ihering, la voluntad es siempre dirigida por una causa: el fin que persigue. Y ese fin no puede ser otro que la adaptación del individuo a sus condiciones de existencia; en último termino, a los actos útiles. El egoísmo ha sido cultivado por la naturaleza en el corazón del hombre y la historia solo ha sacado de él el sentido moral y el sentido del derecho. «El egoísmo es el producto de la naturaleza; el hombre moral es el producto de la sociedad. Entonces, derecho y moral no son otra cosa que el egoísmo en la forma más alta…»[21]. Por ello, el derecho, según von Ihering, nos eleva a una altura ideal, en la que el cálculo y la utilidad son relegados, y donde el hombre se consagra al servicio de una idea: el sentimiento del derecho.

 

Sin embargo, ubicar la solución del problema jurídico en el sentimiento no ha sido la respuesta más adecuada. Nuestro ensayo es prueba de ello. La creencia en el «homo iuridicus» no puede ser juzgada como respuesta al escepticismo de nuestros tiempos. Esta es una categoría incompleta e inacabada. En la preeminencia del derecho, solo encontramos el riguroso cumplimiento de las normas y no un verdadero espíritu de igualdad y justicia; encontramos legalidad, pero no estamos seguros de alcanzar un profundo significado de la persona humana. «Es precisamente porque quiere ponerse en primer plano los valores del Derecho, inauténtica, porque lo que realmente pone en ese nivel de preeminencia es la negación del amor»[22].

 

Solamente, partiendo desde la esencia de la persona humana podemos arribar a una respuesta favorable al derecho. Como lo señalara anteriormente, no se trata de continuar definiendo nuevos conceptos o abstracciones. El hombre ha enseñado a la historia su condición de "misterio indescifrable". Y este hombre fue quien, a través del derecho, intentó incursionar en aspectos que eran insondables para el mismo. El derecho, elevado al carácter de ciencia, se alzó contra la moral y la religión, autodeterminándose. Así, imperceptible al devenir histórico, agotó sus recursos raudamente. El concepto de sanción sería, y será actualmente, recurrente. Pues un derecho débil y enfermo debe legitimarse por la fuerza. «Por eso no puede haber paz donde impera la fuerza; porque donde impera la fuerza es la muerte la que gobierna, no la vida»[23].

 

La renovación del derecho deberá darse no perdiendo de vista que: «el hombre continúa encerrando mayor misterio que revelación».

 

III)      LA ESPERANZA JURÍDICA:

 RENOVACION DEL DERECHO

 

 

                                         Finalmente, pienso en la anécdota motivo de mi ensayo. No podría culpar a aquel profesor. Él, también, ha sido determinante en mis reflexiones. En aquel entonces, no pude apagar la conflagración de mis dudas. Empero, la verdad, filia temporaris, no tardaría en develarse a mis ojos. El derecho, como creación humana, perdería el carácter de deidad que, sigilosamente, muchos juristas le habían asignado. Su noble y altiva lucha, orientada a legislar todo fenómeno, pronto se transformaría en una voraz ambición por alcanzar la incógnita del hombre.

 

Y era previsible que esta situación así se desenvolviera. El hombre estaba destinado a expandir sus fronteras, no solo terrenales sino espirituales. El saber, apetito natural del hombre según el Estagirita, le llevaría a elevarse cada vez más en esta búsqueda por consagrarse en lo Eterno. Arte, religión, ciudades y leyes son algunas de las tantas expresiones humanas que hacen del hombre una propia divinidad. Y, quizá, mejor lo expresara el ensayista inglés cuando decía: «Lo que hay más natural en el hombre es lo sobrenatural»[24].

 

Inmerso en la historia de este hombre eterno, surge el derecho. Su tímido advenimiento no se debe a su desconocimiento sino, más bien, a las condiciones particulares de cada pueblo. Así, el profesor Gustav Glotz, en la "Ciudad griega", recuerda que en la justicia ateniense subsistía la movilidad e inseguridad del derecho que aplicaba. Quizá por su ánimo filosófico, no poseía un espíritu sistemático pero el derecho ateniense estaba animado por un sentimiento de humanidad[25]. En Roma, su idiosincrasia pragmática cimentó la República, posibilitando la expansión. Pronto, la necesidad de legislar sobre otros pueblos facilitó el crecimiento y sistematización del derecho. Empero, desde entonces, la ciencia jurídica comenzaría a recorrer su largo camino hacia la despersonalización.

                                        

Entonces, como ahora, el derecho arrastraría este espíritu escéptico hasta nuestros días. Acompañando el nacimiento del derecho, este sentimiento de duda encarnó en una lucha de pasiones, donde las conductas egotistas desbordaban a los incrédulos. A toda luz, la justicia humana se presentaba al orbe como lábil y contingente. En poco tiempo, los procesos históricos demostraron que la justicia no se basta por sí sola. Incluso, podía conducir a su propia negación si no se le permitía al amor configurar la vida en sus diferentes dimensiones. La conclusión sería diáfana: únicamente, en el amor de una justicia plena se mantiene viva la esperanza del derecho. Allí, «el amor al prójimo y la justicia son inseparables. El amor es, ante todo, una exigencia de la justicia, es decir, un reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo»[26]

 

Hoy, como entonces, los crédulos advertimos el escepticismo en el derecho: no porque lo desdeñamos sino porque lo comprendemos; no porque lo aborrecemos sino porque lo amamos. Y la creencia, no es otra cosa que depositar la fe en una justicia realizable a través del prójimo. Creer, en materia jurídica, no solo significa dejar de lado el escepticismo ingénito, sino, también, alimentar el concepto de la persona humana, muchas veces ignorado e incomprendido. Creer, significa avanzar en la construcción de una nueva esperanza donde exista menor número de leyes pero un mayor sentido de la caridad. Y «…no se trata tanto de la caridad consistente en exigir la justicia para sí mismo, cuanto de la caridad de trabajar por hacer la justicia, atendiendo constantemente a todas sus exigencias»[27]. Pues la caritas es el oxígeno que debe insuflar todo el sistema jurídico.

 



* Abogado (Universidad de Buenos Aires), Doctorando en Derecho Canónico

[1] HENKEL, Heinrich "Introd. a la filosofía del derecho". Salamanca, Ed. Taurus, 1968, pp. 12.

[2] COLMO, Alfredo, "La Justicia", Bs.As., Ed. Abeledo-Perrot, 1957, pp. 10.

[3] CASTELLANI, Leonardo, "Las ideas de mi tío el cura", Bs. As., Ed. Excalibur, 1984, pp. 141.

[4] ORGAZ, Alfredo, "Los problemas de la interpretación de la ley". En "Nuevos estudios de derecho civil", Bs.As., Ed. Bibliog. Argentina, 1954., pp.297.

[5] IHERING, Rudolf, "La lucha por el derecho", Bs. As., Ed. Valette, 1992, pp.78.

[6] ROBIN, León, "El pensamiento griego", México, Ed. UTHEA, 1926, pp. 56.

[7] BREHIER, Emile, "Historia de la filosofía", Bs. As., Ed. Sudamericana, 1944, T. II, pp. 348 y ss.

[8] LEGAZ Y LACAMBRA, Luis, "El derecho y el amor", Barcelona, Ed. Bosch, 1976, pp. 125.

[9] COSSIO, Carlos, "Teoría egológica del derecho", Bs. As., Ed. Abeledo-Perrot, 1963, pp.19 y ss.

[10] METZ, Johann B., "La fe, en la historia y la sociedad. Esbozo de una teología política fundamental para nuestro tiempo", Madrid, Ed. Cristiandad, 1979, pp.179.

[11] RAHNER, Karl - WEGER, Karl, "¿Qué debemos creer todavía?. Propuesta para una nueva generación", Santander, Ed. Sal Terrae, 1980, pp.14

[12] METZ, Johann B., "Mas allá de la religión burguesa", Salamanca, Ed. Sígueme. 1982, pp. 62

[13] ROSS, David W. "Aristóteles", Bs.As., Ed. Sudamericana, 1957, pp.336 y ss.

[14] RADBRUCH, Gustav "Filosofía del derecho", México, Ed. F.Cultura Económica, 1951 pp.

[15] Ob cit. N°14

[16] RISOLIA, Marco "Grandeza y desprestigio de la ley" Bs.As. Ed.Abeledo-Perrot, 1961, pp. 48

[17] PORTALIS, Jean-Etienne, "Discurso Preliminar", Bs.As. Ed. Abeledo-Perrot, 1959, pp.28

[18] BENNÀSSAR, Bartomeu. "Pensar y vivir moralmente", Santander, Ed. Sal Terrae, 1988. pp.49

[19] MONDOLFO, Rodolfo "Heráclito". Bs. As. Ed. Siglo XXI, 2004 pp.XXX

[20] DEL VECCHIO, Giorgio "Derecho y vida", Barcelona, Ed. Bosch, 1942, pp.69

[21] REY, Abel "Ética", Madrid, Ediciones de la Lectura, 1914, pp.221.

[22] LEGAZ Y LACAMBRA, Luis, "El derecho y el amor", Barcelona, Ed. Bosch, 1976, pp. 221.

[23] MOLTMANN, Jürgen "La justicia crea futuro. Política de paz y ética de la creación en un mundo amenazado". Santander. Ed. Sal Terrae, 1992, pp.61.

[24] CHESTERTON, Gilbert "El hombre eterno" En "Obras completas", Ed. Janes. 1957, T.II, pp.1533

[25] GLOTZ, Gustav, "La ciudad griega", México, Ed. UTHEA, 1957, pp.217

[26] ARRUPE, Pedro "La iglesia de hoy y del futuro", Santander, Ed. Sal Terrae, 1982, pp.727

[27] CALVEZ, Jean Yves, "Fe y justicia", Santander, Ed. Sal Terrae, 1985, pp.167