| Editorial ¿CERRAMOS
AUSCHWITZ? |
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Los pinos, acariciados por un viento dulce, filtran los rayos de un sol cansado de invierno, que ya atisba sonriente la llegada de abril. El ambiente, sereno y profundo, se llena de trinos, cantos de cientos de aves que van de una rama a otra, que sobrevuelan los prados verdes. Prados en los que ellos se posan, pero tú tratas de no pisar. Porque están atiborrados, aún hoy, tantas décadas después, de cenizas humanas. Hubo un tiempo en que este paisaje agradable de Birkenau fue el escenario de un horror sin límites, de un espanto inimaginable. Los antepasados de estos pájaros que hoy saludan en tonos variopintos al ocaso que se anuncia, observaron sin saberlo la tragedia de innumerables miembros de esa curiosa, impredecible, especie humana. Niños, mujeres, hombres, ancianos... Ingresando en edificios cuyas ruinas hoy gritan en hormigón su pena. Para salir transformados en aire, en acre humo, a desparramar su universo de sueños truncos.
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No creo que fuera simplemente una ironía del acaso, sino la voluntad malvada de los nazis, movida no sólo por razones estratégicas, también por su profundo desprecio de Polonia y los polacos, lo que los llevó a la broma sucia de instalar, en medio de este panorama hermoso de las cercanías de Cracovia, donde las altas colinas, en cuyas laderas redondas las casitas de colores se agrupan (no demasiado) alrededor de magníficas iglesias con cúpulas brillantes o negras, esa fábrica de muerte. La vista del viajero que recorre el tranquilo camino que discurre desde la ciudad del dragón, a las orillas del Vístula, no tarda en acostumbrarse a mirar hacia arriba, a través de bosques, en procura de castillos, de templos barrocos o de hoteles de descanso monumentales. Murallas almenadas que recuerdan una Edad Media movida y poderosa. Residencias que han quedado, admirando los valles esmeralda, de una belle époque embebida en la nostalgia. |
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Y de repente, Auschwitz.
Hoy, este símbolo del exterminio es un museo, un conjunto de
exposiciones, algunas permanentes, otras no, y hay además
bibliotecas y archivos.
Un grupo tras otro. Algunos llevan auriculares, por medio
de los cuales reciben las informaciones de sus guías, que
hablan despacio. No molestan, van como sombras. Otros contingentes ahorran en tecnología y el cicerone
les grita. |
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Prefiero la soledad. El riesgo de perderme alguno de esos detalles que
dan lustre a los guías, asombrando a los turistas, no me
asusta. Quiero tomarme mis tiempos. |
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Mi soledad parece molestar a algunos. En las vastas extensiones de Birkenau, en los senderos sombreados en que ayer circulaba la muerte, los contingentes de jóvenes israelíes de campera blanca son legión. Están por todas partes. Son adolescentes. Más parecen de día de picnic que de visita a una sucursal del infierno. De un infierno que exterminó, en muchos casos, a sus parientes. Pero eso fue hace mucho tiempo, en un mundo tan distinto... Unos hombres de pelo muy corto y espaldas anchas, vestidos de oscuro, que se comunican por teléfonos portátiles, los custodian. Les resulto sospechoso. Son muy obvias sus miradas recelosas. Hablan, en hebreo veloz, entre sí. Finalmente, uno no se contiene. Se me acerca. Me pregunta en inglés: "¿Usted está con nuestro grupo?" Me molesta su tono impertinente, su actitud de propietario. Ni siquiera estamos en Israel: esto es Polonia. Ya noté que los grupos israelíes actúan a sus anchas, como si tuvieran un derecho especial de uso del campo de la muerte. Ocupan en masa los lugares, el monumento, las salas. |
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¿Es una colosal advertencia contra el antisemitismo, nada más? Entonces, estaría fuera de lugar el horrendo paredón, a cuyos pies hoy se depositan innumerables ofrendas votivas. Ese muro gris en que fueron fusilados sumariamente infinidad de polacos católicos, opositores al proyecto hegemónico de los nazis, en mil maneras (entre ellas, por supuesto, la de ayudar a los israelitas). A pocos metros, en celdas lúgubres y herméticas, una de las cuales vio morir, sacrificándose por otro prisionero, al franciscano Maximilian Kolbe, canonizado no hace mucho (y a quien, dicho sea de paso, varios acusan de antisemita), los alemanes probaron las primeras cámaras de gas. Con detenidos polacos no hebreos. ¿Entonces? |
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Es indiscutible que la mayor parte de los seres humanos asesinados aquí cayó a raíz del antisemitismo. Pero si Auschwitz fuera hoy sólo una colosal advertencia contra el odio a los judíos, realmente su sentido actual quedaría muy reducido. "¡Nunca más!", dicen unas flores que un grupo de israelíes ha dejado en la sala donde los prisioneros seleccionados para trabajar, aquellos pocos que no irían de entrada a las cámaras de gas, eran obligados a desvestirse para ser rapados, bañados salvajemente con chorros de agua helada o hirviente, y tatuados con números. Pero... ¿Nunca más qué? ¿Nunca más la persecución de los judíos? ¿O nunca más la discriminación, la violencia, contra cualquier grupo humano? ¿O nunca más la falta de respeto, la creencia en la supremacía inherente a una religión, a una etnia, a una nacionalidad, a una cultura determinada? |
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Porque cualquiera habría pensado que, caído el Reich, liberados los campos de la muerte, restaurados sus sobrevivientes, en lo posible, a su dignidad de personas, terminados los pasos de ganso de la raza superior y los discursos histéricos del líder, nuestra especie se daría un infinito abrazo de paz y de respeto. Que, con lágrimas en los ojos, en profundo silencio, las miradas bajas, las mujeres y los hombres del orbe se dirían, unos a otros, en todos los idiomas: "¡Qué horror lo que hemos hecho!" Y se prometerían solemnemente no volver jamás a incurrir en nada ni remotamente semejante. |
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Y casi
pareció que lo hacían. Allí estaban las flamantes Naciones Unidas, la Declaración
Universal de los Derechos Humanos... Poco duró el espejismo de cordura. Regresaron las supremacías, los colonialismos. Mostró el racismo su salud envidiable, resucitaron los delirios eugenésicos, ahora alimentados por la tecnología biológica... Hubo nuevos genocidios: Ruanda, Sudán, Yugoslavia. Los indígenas sudamericanos siguieron padeciendo postergación y hambre. La mortandad lacerante del África se incrementó sin mayor escándalo. La
pobreza mundial aumentó, las diferencias se hicieron abismales, la
dignidad humana se tornó una viñeta dorada en la que nadie puede
seriamente creer. Y a menudo las propias víctimas de ayer
demostraron haber aprendido cómo ser verdugos a su vez. La coherencia es difícil. Quizás sea algo imposible de lograr realmente. Pero puede servir como tendencia. Tratemos de ser coherentes, de ser menos hipócritas. Sobre todo en temas como estos. No cerremos Auschwitz. No olvidemos el Holocausto. Pero dejemos, de una buena vez, de construir o tolerar holocaustos nuevos. Ricardo Rabinovich-Berkman |
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