MÓNICA PINTO,
PRIMERA MUJER DECANA
DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UBA

 

Desde mi ingreso como alumno de grado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, allí por el turbulento año de 1978, cuando Argentina ganaba mundiales y desaparecía personas, me impactaron principalmente dos factores: el machismo (disimulado con la presencia de algunas profesoras, pocas de ellas catedráticas) y un conservadurismo formalista terco, rayano en lo patológico, que llevaba a la imposición de sacos y corbatas para los exámenes, entre otras cosas. Como yo era alumno también de Filosofía y Letras, estas características se me hacían especialmente insoportables. Además, siempre he sido informal hasta el extremo, y me confieso empedernido feminista. 

 En mucho menor escala, me golpeó la presencia del antisemitismo. Ya desde el primer año, me tocó una cátedra de Economía Política cuyo titular declaraba, con voz ronca: "Yo no tengo nada contra los judíos, pero soy antisionista a muerte, y lo normal, lo lógico, lo esperable, es que todo judío sea sionista". Uno de sus libros, que debíamos leer, mostraba la caricatura, al estilo de la propaganda nazi, de un israelita crucificando a la Argentina. En el examen final, casi deletreando, con un cierto sabor maligno, mi apellido paterno, me interrogó sobre el régimen económico del nazismo. Me la había visto venir, así que tenía el tema preparado, y salí airoso. Pero lo terrible es que esas cosas pasaban (y siguieron pasando cosas de ese tipo después) y nadie decía nada. Eran normales.

          Muchos son los indicios que permiten pensar que hoy, más de treinta años después, todo aquello es cosa del pasado. De un pasado bien muerto, de triste (pero necesaria) memoria. Hoy a ningún profesor de la Facultad se le pasaría siquiera por la cabeza exigir de sus alumnos el uso de saco y corbata para los exámenes. Muy probablemente, si alguno lo hiciera, debería enfrentar el justo ataque del Centro de Estudiantes (una excelente realidad, éste último, que en aquellos feos días no existía). La pesada e inútil formalidad, empaquetamiento, que caracterizara a esta Casa entre las de la Universidad, se ha diluido en buena hora. Reina la amplitud ideológica, y cada vez son más las profesoras que ocupan cátedras.

          Indicio entre indicios de los mejores tiempos presentes ha sido la asunción, este mes de marzo, del Decanato (es decir, la conducción de la Facultad), por primera vez en sus casi dos siglos de historia, por una mujer. Eso no es todo: se trata de una profesora proveniente del área de los Derechos Humanos, tradicionalmente postergada, cuando no despreciada francamente por docentes de las materias clásicas, las "codificadas". Y peor aún: es la más joven en acceder a este alto cargo en mucho tiempo. ¿Y el colmo? ¡Es judía!

            Los dos decanatos anteriores, y muy especialmente ese período realmente dorado de ocho años en que el Dr. Atilio Alterini llevó con maestría las riendas de la Facultad, tuvieron, a mi ver, una importancia decisiva en la preparación de este momento. La historia ha dado un giro, puertas nuevas se han abierto. La Dra. Pinto no llega al gobierno de la dórica Casa de la Avenida Figueroa Alcorta por ser mujer, ni por ser de origen hebraico. Llega, no caben dudas, por sus méritos, por su impactante currículo. Ya ha sido Vicedecana y ha dirigido con éxito la Editorial de la Universidad. Es una investigadora reconocida en el mundo entero. Por eso llega al Decanato, y con lista única, ampliamente apoyada y votada, acompañada por un profesor prestigiosísimo como lo es el Dr. Alberto Bueres. Pero pudo llegar. Eso es muy valioso.

             Ser mujer no le asegurará el éxito a Mónica Pinto, como ser negro no le hizo a Obama menos decepcionante gran parte de su gestión hasta ahora (especialmente en política exterior). Quizás sea al revés: tal vez constituya un compromiso mayor. Máxime en un país presidido por una mujer que, con o sin razón, es altamente cuestionada. En realidad, debería ser un dato irrelevante, y es posible que con el tiempo lo sea. Por lo menos en países donde las exponentes del sexo fuerte no son obligadas a vestirse de negro y quedarse en casa, o cubrirse con burkas, o sufrir la extirpación de parte de sus órganos sexuales.

              A veces, nuestros tiempos dan comezón, preocupan, hasta meten miedo. Otras veces, instilan una sonrisa de optimismo, no de ingenuidad estúpida, pero de esperanza. Éste de la asunción de la Dra. Pinto como Decana en Derecho de la UBA, es uno de esos momentos auspiciosos. Ricardo Rabinovich-Berkman