Editorial

¿Y CÓMO
SE INDEMNIZA
POR PERDER
EL MUNDO?

 

   
    El 20 de abril de 2010, la plataforma de extracción marina de petróleo "Deepwater Horizon" (algo así como "Horizonte del Agua Profunda"), perteneciente a la mega-corporación de sede británica British Petroleum, que la operaba por medio de un contrato con Transocean Limitada, otra súper-corporación, basada en Suiza, estalló. Como resultado de la explosión, generada por un problema del taladro, murieron trece personas y resultaron heridas unas 17 más. La plataforma semi-sumergible operaba con bandera de la República de las Islas Marshall, un estado supuestamente independiente, asociado a los Estados Unidos (que se encarga de su defensa y mantiene ahí una base de misiles). Poco auspiciosamente, el archipiélago micronesio en que este país se asienta, es la región del mundo más contaminada por radiación, porque allí se probaron bombas atómicas y de hidrógeno norteamericanas. La perforación, al momento del desastre, se concretaba en aguas estadounidenses, a 66 kilómetros de la cosa de Luisiana, en una profundidad de aproximadamente 1.500 metros.

     La explosión dejó libre una fuga de petróleo, que comenzó de inmediato a derramarse desde el fondo del mar en el Golfo de México, en proporciones sin precedente. Teóricamente, esta filtración colosal pudo ser sellada recién el 5 de agosto, más de tres meses después de abierta. Las consecuencias ecológicas y ambientales son de una magnitud incalculable e impredecible, y afectarán directa e indirectamente a millones de personas en diferentes puntos del globo, además de los estragos en fauna y flora. La región del desastre en sí está severamente dañada, pero los efectos ya se diseminan, y es de suponer que lo harán más aún, por la presencia en esa área de huracanes y por la cercanía de la Corriente del Golfo. Además, no existe certeza total de que la falla haya sido cerrada, ni de que su bloqueo sea duradero. Y la verdad es que, a lo largo de ese angustiante trimestre, parecía que ninguna tecnología disponible pudiera resolver el problema.

      British Petroleum es una de las diez corporaciones más poderosas del orbe, y la tercera entre las petroleras después de Exxon y Shell. Desde su creación como "Compañía Anglo-Persa", lleva más de un siglo dedicada a estos temas. Transocean Ltd. es la principal firma que existe dedicada a la perforación en alta mar. Con más de 25.000 empleados y 142 plataformas, se presenta como insuperable en pericia y capacidad dentro de su materia. Los Estados Unidos de América son el país más poderoso del mundo, y de la pequeña República de las Islas Marshall ya hemos dicho algo antes. Tales los protagonistas iniciales de este drama cósmico: cuatro personas.

     ¿Personas?

     Cuando a mediados del siglo XIX Friedrich Karl von Savigny reflexionaba acerca de las "personas jurídicas" privadas, no parecía tener dudas en un punto esencial: su no existencia real. Los veía como "seres ficticios", "que no existen sino para fines jurídicos". Sus resabios románticos no le permitían formular el mismo juicio en relación con las personas jurídicas públicas, que le parecían de "una existencia natural o necesaria". El gran jurista alemán, constructor de la teoría moderna de la persona jurídica privada, le tenía bastante prevención. "El hombre, por el solo hecho de su aparición corporal", le resultaba titular de derechos. En cambio, "cuando la capacidad natural del hombre se extiende ficticiamente a un ser ideal, el signo visible falta y la voluntad de la autoridad suprema puede sólo suplirlo creando sujetos artificiales".

     Dos eran los factores que Savigny daba por sentados para que esos seres ficticios fueran creados (porque, a su criterio, sólo el poder público podía crearlos -y disolverlos- y jamás los particulares por sí solos). Que las corporaciones nunca tuvieran mucho poder y que cumplieran con una finalidad de interés general. Es decir, que fueran buenas para las únicas personas realmente existentes, y a las que debían estar siempre sometidas y supeditadas: los seres humanos. "La persona jurídica debe su existencia a un privilegio concedido por la autoridad suprema; este privilegio no se le ha concedido sino para un fin justo".

     Y es aquí donde ambos factores se vinculaban estrechamente. Porque la medida básica del poder de una persona jurídica privada estaba en que jamás fuese superior al del estado. ¿Por qué? Porque, justamente, ese estado sería la autoridad encargada de juzgar si la corporación servía o no a la utilidad general. Y en caso de no creerlo así, podría, lisa y llanamente, destruirla. Sin remordimientos, porque las personas jurídicas privadas tendrían derechos vinculados a la propiedad y el uso de bienes, pero, ciertamente, no derechos humanos, porque nada de humano tienen. En el escenario actual, a la dimensión del estado creador de la corporación deberíamos sumarle la consideración de los estados en o sobre los cuales las actividades de ésta se desarrollan, o que los afecta. Porque ya no vivimos, gracias a Dios, teóricamente, en el mundo de imperios universales declarados y sanguinarios de la segunda mitad del siglo XIX.

      Savigny era consciente de que las mismas grandes ventajas que la persona jurídica tenía sobre la persona humana, su capacidad de acumular un capital impresionante y su longevidad prácticamente ilimitada, eran al mismo tiempo los factores que la hacían tan peligrosa. Crear una corporación privada, especialmente una con fines de lucro, era en su creencia algo extremadamente riesgoso, que debía hacerse en la estrictísima medida de lo imprescindible para la comunidad toda, y siempre bajo un estrecho y permanente control del estado. El gran romanista estaba seriamente asustado de las posibles consecuencias de esta humanización ficticia de algo inexistente. De algo sin Geist, sin espíritu, sin corazón, sin esa "ley moral en mí" que tanto admiraba al viejo Kant.

      "Jamás he tomado el desayuno con una persona moral" (es decir, jurídica). Esta famosa frase, atribuida por algunos a León Duguit, por otros a Gastón Jèze y por otros a Georges Rippert, entraña en su sencillez toda la profundidad dramática del problema.

      Durante el siglo XX, un ramillete de razones diversas fue diluyendo las ideas que guiaran a Savigny, y al unísono se fueron relajando los controles. Hubo quienes sostuvieron que la creación de corporaciones era, en definitiva, una facultad de las personas, emanada del sacrosanto derecho de propiedad privada, y toda interferencia del estado importa una violación de tal prerrogativa. Otros llegaron a sostener la naturalidad de las personas jurídicas (el estado, para ellos, se limitaría, cuando mucho, a "reconocerlas"). Y al calor de estas ideas, las corporaciones se multiplicaron y crecieron, en número y en poder. Terminada la II Guerra Mundial, el mundo se fue cubriendo de mega-corporaciones multinacionales, basadas en los países más poderosos pero volcadas sobre los más débiles, ávidas de lucro, imparables.

      El pánico de Savigny se había hecho realidad. Nadie había comido nunca con una persona jurídica, pero las personas jurídicas se estaban comiendo a todos. Ciegas, libres del bien y del mal, herederas supremas y finales del mundo del hombre, las mega-corporaciones se dieron a satisfacer su famélica sed de ganancias con una explotación del planeta (y de sus habitantes) sin precedentes. Los estados fueron superados. El poder de las grandes personas jurídicas los excede. Los emplean, a menudo, como trebejos a su mezquino servicio. Pero no les temen, porque son más fuertes que ellos. Friedrich Karl se revuelca en su prusiana tumba. "Yo les advertí", se queja, en su alemán hegeliano.

      La más importante empresa de perforaciones submarinas del mundo, al servicio de una de las tres principales compañías petroleras que existen, cometió un error incomprensible, por estar trabajando mal en las aguas controladas por el país más poderoso del planeta. Una supermoderna plataforma de propiedad de la primera corporación, registrada en un estado minúsculo de una debilidad pasmosa, que ofrece bandera de conveniencia y no tiene capacidad para imponer absolutamente nada a una entidad como aquélla, estalló y causó el mayor desastre ecológico de los últimos tiempos, cuyas consecuencias totales aún se ignoran.

      A la hora de la verdad, Estados Unidos ha demostrado ser menos poderoso que British Petroleum.

      ¿Y ahora? El presidente Obama clama: "¡Nos van a indemnizar!"

      ¿Y cómo se indemniza por perder el mundo? ¿Cree el señor presidente que todo se valúa en dinero?

      Toda la teoría de la indemnización está basada en la patética mentira de que los daños pueden repararse.

      ¿Qué daños son los que realmente pueden ser reparados? Sólo los muy pequeños, los baladíes, los intrascendentes. Los otros, los que verdaderamente cuentan, no tienen arreglo posible, y el dinero, no importa cuánto sea, toma un color de burla, de irónica farsa que sólo puede cerrar bien en el cerebro obtuso de algún jurista rábula cuya sensibilidad humana se ha secado en los pasillos grises de los tribunales, al golpe de las leyes repetidas de memoria, cual letanías huecas, y de las frases latinas que alimentan la soberbia de las togas sin alma. British Petroleum podría quebrar mil veces, y no conseguiría reparar el daño que ha causado.

      British Petroleum, a través de Transocean Limitada, cuando sucedió el desastre, estaba perforando el fondo del mar en busca de petróleo. ¿Para qué? Por dinero. Para obtener lucros, que es para lo que ambas corporaciones existen. Teóricamente, el Reino Unido debió haber controlado si la petrolera, cuya personalidad jurídica ha creado, estaba o no satisfaciendo un interés público de una manera correcta. Ciertamente, no lo hizo. Teóricamente, la República de las Islas Marshall debió haber controlado el uso y las condiciones de explotación y destino de la plataforma Deepwater Horizon, que llevaba su bandera. Obviamente, ni lo hizo ni podría haberlo hecho, porque carece de los medios en tal sentido. Teóricamente, la Confederación Helvética debió haber controlado si la corporación Transocean Limitada estaba realizando tareas dedicadas a un objetivo de interés común, y de un modo adecuado a tal fin. Claramente, no lo hizo. Teóricamente, los Estados Unidos de América debieron haber controlado la forma y materia de los trabajos que se concretaban debajo de sus aguas territoriales de supervisión exclusiva. Bien se ve que no lo hicieron.

     A veces he escuchado decir, en países del Norte, que la selva del Amazonas debería ser retirada a la soberanía de los estados que la poseen, y administrada por las Naciones Unidas, porque se trata de estados subdesarrollados cuyo control de semejante recurso natural es un peligro para la humanidad toda. Más allá de la sandez de este argumento, parece que, si lo aplicásemos al pie de la letra, ya deberíamos retirarle a los Estados Unidos la supervisión de sus mares (y de sus demás recursos de interés global) porque está demostrado que son ineptos para cuidarlos y su incapacidad genera grave peligro al planeta entero.

     El noble país de Abraham Lincoln está obsesionado con los inmigrantes hispanoamericanos, que al parecer le resultan de una peligrosidad espantosa (aunque las cifras dicen que constituyen un espaldarazo notable en su economía). Los estados fronterizos se están dedicando a sancionar leyes racistas que avergonzarían al viejo abogado cuáquero, que ofrendó la vida por la igualdad. Las ejecuciones no cesan, prefiriendo siempre negros y latinos. Muros ridículos y alambradas hitlerianas se erigen en los límites australes del supremo protector de los derechos humanos universales. Un sheriff exótico que parece salido de una mala serie de los años sesenta, ha montado un campo de concentración en el condado de Maricopa, que además ofrece visitas guiadas, al mejor estilo del Theresienstadt nazi. Y, mientras tanto, dos de las más "desarrolladas" compañías del "primer mundo", que de latinoamericano no tienen nada (salvo, posiblemente, mano de obra), les hacen un desastre de proporciones cósmicas, allí mismo, delante de las costas de esos mismos estados tan temerosos de los chicanos y la carne de la mar, un cataclismo que diez millones de hispanos, todos juntos y a un mismo tiempo, no hubieran conseguido lograr.

     Y esto nos lleva a una reflexión más, que será la última, porque el asunto es tan jugoso que más que para un editorial da para un libro en varios tomos. Si la tercera compañía petrolera del mundo, con más de un siglo de experiencia, trabajando en conjunto con la más importante empresa perforadora submarina, todo ello en la zona de control del país más poderoso del globo, pudo (pudieron) ocasionar una calamidad como ésta, ¿qué seguridad podemos tener en cualquier otra perforación petrolífera submarina que se realice en cualquier parte del planeta? ¿No ha quedado suficientemente demostrado que esta es una actividad que el estado de la tecnología no permite aún realizar sin altísimos riesgos para toda la vida en la Tierra?

     Esta vez, según dicen, con enormes esfuerzos y tras varios meses de derrame cuyas consecuencias fatales aún se desconocen en su total magnitud, se pudo cerrar la grieta. ¿Tendrá el mismo "éxito" la solución del próximo desastre? ¿Se dan cuenta que puede ser el último, significar el fin de nuestra existencia como especie, o por lo menos la muerte indirecta de millones de seres humanos? ¿Eso, cómo se indemniza? ¿Algún abogado me lo explica, por favor? Porque yo soy doctor en derecho, pero a esa clase me parece que falté.

      Creo que el terrible episodio del Golfo de México debe llamar a la mesura y a la meditación urgente. Las perforaciones marinas en busca de petróleo, a profundidades en que una abertura no pueda ser cerrada con total tranquilidad, deben suspenderse hasta que realmente exista la tecnología adecuada de solución de accidentes. Es más, por analogía debería revisarse el estado en que se encuentra realmente, en todas las actividades de alto riesgo ecológico, la tecnología de emergencias, controlándose con efectividad a las corporaciones que encaran estas obras. Claro, que vendrá el problema de ponerle el cascabel al gato. ¿Cómo controlar a corporaciones que son mucho más poderosas que los propios estados encargados de controlarlas?

     ¿Puede un sistema como el del mundo actual, un sistema de capitalismo ilimitado, dominado por las mega-personas jurídicas , sobrevivir por mucho tiempo?

     Esa, quizás, es la gran pregunta de preguntas que nos lanza el presente. Y creo que la respuesta, como diría Bob Dylan, está soplando en el viento... O mejor, en este caso, flotando en el agua.

      Ricardo Rabinovich-Berkman