Editorial

Las guerras de Dios

 

En pleno siglo XXI se declaran guerras, se realizan ataques, se lanzan campañas agresivas, por motivos religiosos. La sandez de quienes ofenden por medios públicos las creencias de otros, haciendo mofa de sus figuras sagradas o de su visión de la divinidad, se conjuga con la de los que responden con llamados a la violencia y al odio. Estas convocatorias, a su vez, encienden mayores reacciones, desatan miedos, alimentan prejuicios. Separan al entramado social y abren tajos indelebles donde reinaba antes la coexistencia.

 

Algunos aducen que la religión no puede ser nunca causa verdadera y profunda de una guerra. Que ésta siempre tiene por motivación real la economía. Y es normal que los factores económicos estén imbricados en los cimientos de las acciones belicosas. Pero no podemos desconocer la importancia que en efecto poseen las cuestiones religiosas en muchos enfrentamientos armados. Eso era muy claro en famosas campañas antiguas, como la de los hebreos para conquistar Palestina (al menos, en su versión bíblica), medievales (característicamente, las Cruzadas) y “modernas” (como las Guerras de Religión).

 

En la conquista de América, especialmente en las áreas de penetración ibérica, el elemento religioso se esgrimió hasta el hartazgo, porque era la única justificación sostenible a los ojos de la Europa de entonces. Sin embargo, el trasfondo económico de la expansión era tan obvio que, desde temprano, voces alzadas de este lado del océano (como las de Montesinos y de las Casas) y del otro (Soto y Vitoria, por ejemplo) pusieron en franca crisis ese enmascaramiento católico. Que los aborígenes no se lo creyeron, lo podemos intuir de muchas de sus actitudes, pero nos surge explícito de la Nueva crónica y buen gobierno de Waman Puma (Felipe Guaman Poma de Ayala). Lisa y llanamente, este altivo hombre andino mostraba cómo, si de enseñar a ser cristianos se trataba, estaban los indios más en condiciones de ser maestros que alumnos.

 

En la medida en que el racionalismo caló en la cosmovisión europea, los argumentos religiosos de soporte de las guerras fueron callando. No porque hubieran desaparecido. Era evidente que seguían allí. Estaban en el fondo tácito, y algunas veces expreso, de muchas de las contiendas que se derramaban por el mundo. Podían identificarse las religiones de los enemigos con credos primitivos y salvajes, como en el caso del África subsahariana. O subsistir enfrentamientos entre sostenedores de posturas religiosas excluyentes (cristianos “ortodoxos” y  de otras denominaciones, o cristianos y musulmanes, etc.). Los símbolos del culto no desaparecieron del campo de combate. Los ejércitos eran bendecidos por sacerdotes, las cruces o las frases del Corán iban a menudo a la vanguardia. En las gestas emancipadoras americanas del siglo XIX, las advocaciones de María aparecen bastante (recuérdese como Belgrano hace “generala” a la Virgen de la Merced en Tucumán).

 

Sin embargo, las proclamas guerreras de base religiosa se soslayan más, como si dieran algo de vergüenza. Eso se hace más evidente tras el triunfo del positivismo con el Origen de las especies de Darwin, que se publica en 1859 y se difunde durante la década siguiente. Las manifestaciones religiosas abiertas se tornan casi incompatibles con el hombre de ciencia. Y los gobernantes y altos militares de las grandes potencias (con la excepción notoria del Imperio Ruso) se visten de científicos e intelectuales, aunque no lo sean. Hasta la creencia en Dios, que parecía intocable, se marchita ante el embate de Nietzsche y las ideas de Marx y Engels. La guerra se hace aduciendo superioridad racial, necesidad de espacio, exigencias económicas descarnadas, supremacías culturales. Pero no predominios religiosos.

 

La II Guerra Mundial tiene aspectos religiosos, pero no son esenciales. Los ideólogos nazis, en su obsesión antijudía, aclaran que no atacan el credo israelita, sino que su persecución es biológica. Santa Edith Stein, como tantos otros conversos, caen bajo la esvástica, ciega a sus creencias. Quizás la posición pública del Vaticano, al no llevar adelante el camino iniciado por la encíclica Con ardiente inquietud de 1937, ni excomulgar a Hitler, ni interdecir a ninguno de los sacerdotes que adhirieron al ideario nazi, ni clara y enfáticamente oponerse a las medidas racistas, contribuyó a ese laicismo de la conflagración. Además, mal podía aducirse una lucha del cristianismo contra otra cosa, cuando del lado de esa otra cosa combatía ni más ni menos que Italia, y del lado del cristianismo militaba la Unión Soviética. Hitler no se dejó llevar por el paganismo de algunos de sus ideólogos. Nunca abandonó el catolicismo de su Austria natal. Se alentó la “limpieza” de los factores judaicos del credo cristiano. Se fomentó la visión de Jesús y María como “arios”, ajenos al pueblo de Jacob. Pero nada más. En el caudillo germano, Odín y sus valquirias tenían bien delimitada su esfera de acción: la ópera de Wagner. La cruz gamada no parece haber tenido para él connotaciones religiosas, sino culturales y étnicas.

 

En la Guerra Fría, el maniqueísmo lleva al lado capitalista a exacerbar la visión de los países del otro lado como represores de todo lo religioso. Algunas actitudes de Stalin, especialmente las adoptadas con relación a los países de la “cortina de hierro”, y sobre todo a la católica Polonia, dan base para esta posición. En 1959, la invasión china del Tíbet, con su saldo de matanzas de lamas y destrucción de conventos, agrega leña al fuego. Por su parte, ya el temprano cine soviético de Eisenstein, mostraba a los clérigos (sobre todo a los católicos, pero sin perdonar a los ortodoxos) como criaturas tenebrosas, traidoras y egoístas, aliadas de la clase dominante. Gente siniestra de cuyo yugo era un alivio haberse emancipado. El pope torvo y cobarde del Acorazado Potiemkin, los horrendos monjes católicos que esperan invadir Moscovia junto a las tropas polacas en Iván el Terrible, los curas que bendicen el asesinato a sangre fría de niños rusos en Alexandr Nievsky, son facetas del diseño que, para el pueblo soviético, se desea pintar de la religión y sus cultores.

 

Pero, ni siquiera así, la Guerra Fría llega a plantearse como confrontación religiosa. Las cuestiones de culto regresan a las banderas, del lado islámico, con la partición de Palestina, propuesta por las Naciones Unidas en 1947, que generaría el Estado de Israel al año siguiente. Aquella, que fue sólo una recomendación, debería ser estudiada con más calma. Votada favorablemente por lo sustancial de ambos bloques (sólo Yugoslavia se abstuvo del lado socialista, y el Reino Unido del lado “occidental” –los seis países latinoamericanos abstencionistas y Cuba, que votó en contra, no pueden ser incluidos en la bipolaridad, en ese momento–), la propuesta fue aceptada por no pocos sectores palestinos árabes, a pesar de resultar notablemente favorable a los judíos (muchos de los cuales la rechazaron, por lo menos parcialmente).

 

A la intervención de los países árabes, casi al instante del arrío de la bandera británica (mayo de 1948), la idea fuerza del Islam como unidad le era completamente funcional. El sionismo, nacionalista, forjado al calor del romanticismo tardío europeo (Herzl, su creador, venía del nacionalismo alemán), esgrimía la reivindicación de Palestina como hogar ancestral judaico. A este reclamo, por laicos que fueran muchos de sus portavoces, no hay cómo drenarlo de su carga religiosa. La estrella de David y el candelabro de siete velas, escogidos como símbolos políticos, son emblemas del credo hebreo. Jerusalén, que la propuesta de la ONU dejaba bajo administración internacional, fue reclamada por ser la capital ancestral de Israel, sede del destruido Templo.

 

La guerra religiosa reaparece en aquella contienda. Implícita del lado judío, se hace expresa en los ejércitos musulmanes. Es, en rigor de verdad, un renacer muy raro, porque los israelitas jamás habían sido enemigos, como grupo (más allá de casos aislados) de los mahometanos, y las antiguas guerras religiosas de éstos se habían dado contra los cristianos, católicos y ortodoxos. En esas conflagraciones, poco habían intervenido los hebreos, aunque a menudo sus simpatías estuvieran del lado de la medialuna más que del de la cruz. Las situaciones de odio entre los seguidores de Moisés y de Mohammed habían sido escasas y breves, y los ejemplos de logros culturales comunes eran, en cambio, impresionantes, desde las obras de Maimónides hasta la Alhambra.

 

Podría sumarse otro frente, casi contemporáneo, y también indirectamente generado por el colonialismo británico: la guerra entre Pakistán y la India, cuya primera faceta estalla en 1947, con motivo de otra partición hecha con poco estudio previo. Allí, las banderas religiosas, especialmente del lado mahometano (Pakistán), son también muy evidentes.

 

El renacimiento de la guerra de religión es, pues, eminentemente islámico, y como tal queda. No es, sin embargo, característica exclusiva del mahometismo. La idea de que el dios de un grupo combatía con él era común entre los pueblos antiguos. Pero esto no implicaba una visión unívoca de la religión. Para los griegos y romanos, por ejemplo, todos los cultos merecían respeto y despertaban interés. Tampoco poseían la noción de “salvación” después de la muerte, por medio de unas prácticas determinadas (creencias que sí se pueden rastrear embrionariamente en Egipto).

 

Los hebreos, en cambio, se declaran como el único pueblo que ha celebrado un convenio con el único dios que existe. Todos los demás son ídolos y quienes creen en ellos se equivocan. Sin embargo, el deber de los israelitas frente a ellos se limita al testimonio, no se les impone el proselitismo. Una persona puede integrarse al pueblo hebraico, como Urías el Hitita, el infortunado esposo de Betsabé, pero no un pueblo entero como tal. El único caso en tal sentido es el de los jázaros, que se convirtieron en masa al judaísmo. Empero, esto ocurre recién a mediados del siglo VIII, y quizás fue visto como una incorporación del pueblo jázaro (que parece haber sido multiétnico) al de Israel. Sin menoscabo de su importancia (baste recordar dos aspectos: que la independencia jázara, basada en gran medida en su religión, salvó las espaldas de Bizancio por dos centurias, y que gran parte de los judíos asquenazis descienden de los jázaros conversos, y no de los antiguos hebreos), es un hecho aislado.

 

Cuando el judaísmo se hace cristiano, la idea del alma y su imperiosa salvación se afinca cada vez más. Por otro lado, surge el deber de evangelizar y convertir a todos los seres humanos, por el bien de ellos mismos, y para cumplir la finalidad divina de la historia. La batalla de Puente Milvio (312) marca un hito. Los historiadores antiguos evocan, con parcial coincidencia, el sueño de Constantino en que recibía la indicación celestial “con esto vencerás” y se le mostraba un símbolo religioso cristiano (el “ji-ro”, la cruz o el staurograma). Al día siguiente, empleando ese signo (en los escudos, o en una bandera) habrían salido al encuentro sus tropas de las de Majencio, derrotándolas por completo.

 

Es posible que el sueño de Puente Milvio sea una construcción hagiográfica posterior, pero ese triunfo místico del hijo de Santa Elena (que no era cristiano) marca el pasaje del Dios de Israel (que tanto había guerreado, según el Antiguo Testamento, junto a los ejércitos hebreos, en la campaña de conquista de Palestina) a las tropas romanas. Cuando, unas décadas más adelante, el Imperio se vuelva definitiva y militantemente cristiano, esa identificación se hará muy sólida. El emperador será el representante de Dios en la tierra, encargado de velar por la preservación y expansión de su fe verdadera, y sus milicias serán el brazo armado de esas tareas.

 

Cuando el Islam trae, pues, la idea de la “guerra santa”, ésta no es ninguna novedad. Se trata del tercer eslabón en una cadena que se iniciara en Israel y pasara por Roma. Un concepto judeocristiano y “occidental” como pocos. Es más, cuando se proclama la restauración del Imperio, bajo Carlomagno, tres focos coexisten de supuestos detentores del privilegio de luchar con el Dios de Abraham al lado: los ortodoxos de Bizancio, los católicos del Sacro Imperio y los musulmanes. Estos tres focos entrarán en conflicto siglos después en las Cruzadas. Y toda la conquista de América por España y Portugal es hecha en nombre de Dios (y constituye la mayor expansión territorial de todos los tiempos).

 

La presencia de la guerra religiosa en nuestra época es, pues, triste e inesperada, pero no exótica ni ajena a nuestras propias raíces históricas ni a la cosmovisión judeocristiana. Actitudes soberbias esgrimidas por el colonialismo europeo y norteamericano la han alimentado, y el pésimo manejo, por todos los sectores involucrados, de la partición de Palestina (y de la India y Pakistán) le cortaron las amarras.

 

Los perros de la guerra, una vez sueltos, son difíciles de calmar. Será necesario un difícil y artesanal trabajo de construcción del respeto mutuo, del conocimiento (y reconocimiento) de los otros, de aprendizaje de la coexistencia, para, a largo plazo, acallar de nuevo los estandartes religiosos. Pero no parece que ello haya de concretarse bajo una sustitución de primacías, reemplazando las creencias teológicas por monopolios tecnológicos positivistas o por autocracias políticas, sino en base a una profunda asunción de la riqueza inherente a la diversidad humana, que incluya la aceptación del universo del culto como una de las dimensiones más características de nuestra especie, y que, por lo tanto, más respeto merece.

 

Dios, en sus diferentes advocaciones y nombres, podrá dejar entonces, de una buena vez, los campos de batalla a los que se lo ha conducido, y regresará feliz a bendecir la paz y los sueños tranquilos.

 

Ricardo Rabinovich-Berkman