Editorial

SI HAY SOLUCIÓN, ES MUNDIAL


            Si se mira la Tierra desde la luna, según dicen (yo nunca lo hice, porque no estuve en la Luna), a simple vista sólo se puede distinguir una construcción humana: la Gran Muralla China. Parece que eso no es verdad. Pero hubiera sido interesante, porque fue una construcción bastante inútil para los fines con los que se la hiciera, que eran los de rechazar a los nómades del Norte, entre los cuales destacaron los mongoles. El esfuerzo fue colosal, la muralla impresionante, pero los mongoles pasaron igual. Conquistaron China (Dinastía Yuan) y la gobernaron por siglos. De hecho, la condujeron a momentos de notable brillo cultural. Con el tiempo, la Gran Muralla se fue transformando en una “maravilla”, como el Taj Mahal, las Pirámides de Egipto, y otros edificios cuyo objetivo se perdiera en la noche de las eras. Y entonces, por primera vez, finalmente le sirvió a China, y muchísimo… Como atracción turística.

            Una de las grandes diferencias que se notan de inmediato (también me lo dijeron) entre un ser humano y otro primate, como el orangután o el chimpancé, es la rapidez con que estos últimos aprenden. La resistencia de nuestra especie a ganar con la experiencia, incluso con las experiencias más traumáticas, es conmovedora. Todas las guerras que hubo hasta ahora terminaron en desastres, muerte, destrucción… Y sin embargo, seguimos marchando al combate, en fila y marcando el paso, como idiotas irrecuperables. Ese es sólo un ejemplo. Hay miles. “El que se quemó con leche, cuando ve una vaca llora”, dice un refrán popular. Pero lo debe haber escrito un bonobo o un gorila. Porque la humanidad es capaz de quemarse y volver a quemarse y volver a quemarse… y volver a quemarse aún después.

            Hace poco, un juez argentino propuso erigir una muralla en la frontera con Bolivia. Originalidad pasmosa. Debe haber estado inspirándose en Israel, cuyo muro anti-palestino ha sido objeto de dos apariciones cinematográficas sabrosas en 2013. Una, en la reciente película Omar (Abu-Assad), donde se muestra cómo un joven palestino enamorado lo trepa y lo salta a diario con simpática destreza (y es de presumir que no sea el único) para ver a su amada hebrea. La otra es tan patética como desopilante, y constituye uno de los poquísimos momentos chispeantes en una de las peores películas de la historia: Guerra Mundial Z (Marc Forster). Allí sucede que, en virtud de la pandemia de zombificación que se ha extendido por el mundo, los palestinos se han convertido en muertos ambulantes. Congregados de su lado de la pared, se desesperan por cruzarla, ya no por razones políticas ni religiosas, sino al simple efecto de comerse a los vecinos, que se les han vuelto de pronto muy apetitosos. Estos, a su vez, entonan cánticos judaicos, que les dan poco beneficio, ya que no tardan los zombis arábigos en descubrir una ingeniosa manera de pasar la muralla. El futuro se insinúa, con una ironía que merece felicitaciones y aplausos de pie: convertidos en zombis descerebrados, palestinos e israelíes conseguirán, por fin, la paz tan anhelada. Ya se ve: Dios escribe derecho en renglones torcidos.

            Los israelíes levantan un muro porque ven a los palestinos como enemigos. Peor es el caso de los estadounidenses, que les erigen una muralla enorme y feísima (la china, por lo menos, es bastante bonita) a sus propios aliados y socios, los mexicanos. Hemos de reconocer que se trata de una conducta bastante rara. Ya existe el “Derecho Internacional Público”. Quizás debería existir, también, la “Psiquiatría Internacional Pública”.

            A veces se confían las gentes en murallas naturales. Cordilleras enormes, mares muy anchos, desiertos impasables. O, simplemente, descansan en los muros generados por las distancias. La guerra de Siria queda muy lejos, se dicen, sonriendo. Las epidemias africanas suceden del otro lado del Atlántico, se consuelan. Es cierto, es indiscutible, que en China la dignidad humana se encuentra escrita en papel higiénico. Pero eso sucede en latitudes remotas, ņa qué preocuparse aquí?

            ņY qué sucede? Que es mentira. Que el mundo, Guea, Arda, Pacha, Terra, Haretz, Ara, Orbs, este barco en que estamos navegando juntos, esta nave sin reemplazo, es más pequeĖa de lo que creíamos. Y lo que acontece en un rincón, más tarde o más temprano, repercute en todas las esquinas. Eso se nota mucho más ahora, pero viene pasando casi desde siempre. Antes, las velocidades de comunicación de las oleadas eran mucho menores. Pero existían, incluso, como lo sostienen autores de la talla de Joseph Campbell, desde la más remota prehistoria. Algunos, sin saber que hacían parte de la especie que tiempo después se llamaría a sí misma, en un alarde sin medida, “homo sapiens sapiens”, salieron una tarde de África y se expandieron por el mundo. Pero no dejaron de estar en contacto.

            ņCuál es el gran corolario de todo esto? Que el mundo es uno. Curiosamente, estoy escribiendo esto a 10.000 m de altura, en un avión, perteneciente a una corporación supranacional con fines de lucro, que lleva escrito en el exterior de su fuselaje esa misma verdad, “one world”, pero con fines completamente distintos… Como en el insuperable tango Cambalache, del eterno Enrique Santos Discépolo. Porque si digo que el mundo es uno, es para recalcar que los problemas hay que resolverlos a nivel planetario, y para todas las personas (y para los demás animales también, aclaro).

            La migración inédita de refugiados a Europa (un continente que sólo existe como tal por razones de hegemonía histórica, porque geográficamente es apenas una península más del Asia, de dibujo caprichoso) pone en evidencia la verdad lacerante, contundente, de la unidad de nuestra especie. La guerra debe ser erradicada del mundo entero, no de unas regiones. La pobreza de unos no puede coexistir con la opulencia de otros. Ni de personas ni de países. No importa cuán alejados estén. Todo niĖo humano debe ser un hijo de la humanidad.

            Nuestra especie debe asumir, de una buena vez y para siempre, el pasado (que sea pasado, por fin, no presente ni futuro), su ayer horrendo de explotación, de imperialismo, de soberbia cultural y de discriminaciones. Hemos daĖado el tiempo pretérito, que en todas las lenguas se conjuga con sangre y tristeza. Construyamos, pues, unos verbos futuros de paz. Sin cerrar los ojos del recuerdo a las amarguras de un antes vergonzoso, abramos los párpados a horizontes de amor, de reconocimiento del otro, de fraternidad. Dejemos que la luz enceguecedora de un porvenir de solidaridad, que nos aproxime a la igualdad de oportunidades anunciada por los profetas de todos los credos y por los visionarios de todas las ideas sociales, encandile nuestros ojos cansados de odio.

            ņHay un maĖana para nuestra especie? No lo sabemos, nadie conoce la respuesta. Ningún humano, por lo menos (quizás los delfines lleven siglos departiendo al respecto). Pero parece que hay una certeza, tanto como puede haberla. La de que no hay soluciones parciales, restrictas, limitadas, excluyentes. Esas falsas recetas sólo traerán un saldo terrorífico de refugiados, de hambrientos, de destructores. La esperanza, si existe, es mundial, planetaria, íntegra.

            Lo otro… lo otro son murallas chinas.

 

Ricardo Rabinovich-Berkman