La relación entre lo jurídico y la ficción a la luz de Kafka[1]

 

Verónica Lescano Galardi[2]

 

Introducción

 

Realidad y ficción suelen presentarse de un modo muy general como términos y conceptos opuestos y antagónicos en tanto que se asume a la segunda como una entidad carente de realidad concreta. A este respecto frecuente es destacar la ausencia o presencia de tres evidencias para sostener la existencia o no de ficción. Primera de ellas, es que la realidad comporta una concreción material. La segunda, el lenguaje transfiere informaciones verdaderas o falsas  sobre la realidad. Y, finalmente, la tercera un sí auténtico solamente se fundaría en una realidad verdadera y no en artificios.[3]

Por ello el análisis que realizaremos sobre la ficción girará en torno a dos sentidos: 1. la relación entre Estado de Derecho y ficción en Kafka. 2. La visión que aporta Kafka a la filosofía política contemporánea.

 

1.             El Estado de Derecho: realidades y ficciones en Kafka[4]

El Estado de Derecho como realidad histórica

 

El desarrollo constitucionalista tuvo a nivel mundial y durante el siglo XIX un fuerte despliegue. En este momento, y precedido por  la aparición de la máquina a vapor y la consiguiente eclosión del industrialismo que catapultó a Inglaterra como el líder del decimonónico y la producción de las revoluciones francesa y la norteamericana, en su conjunto, todos estos acontecimientos convertidos en hitos, mostraron la tendencia de la modernidad en la faz de organización político-normativa, basada en el asentamiento de los principios democráticos y constitucionalistas en la mayoría de los nuevos estados modernos que iban viendo la luz.

Ante los excesos del ejercicio del poder que había durante siglos antecedido y marcado la historia de la humanidad, se generaron diversas posturas tendientes a establecer límites a la praxis política que permitiera al conjunto de individuos que componía cada sociedad de esos estados modernos, no ser sujetos pasivos de aquellos abusos. En este sentido,  se construyó y estatuyó que la norma, como manifestación limitativa del obrar humano, fuera la encargada de titularizar el llamado Estado de Derecho en el cual, una determinada unidad política se mantuviera dentro de cánones preestablecidos y preferentemente escritos y acumulados en las llamadas normas fundamentales y/o constituciones. De esta forma, la constitución pasó a tener una función específica en cuanto a ser el freno a las potenciales prácticas excesivas y extralimitadas del poder. El principio de los estados nacionales se expandía por gran parte del mundo sustentado en las garantías explícitas y escritas en un cuerpo con rango fundamental y superior a toda norma estatal. La constitución, de esta manera, se convertía en la manifestación racional por antonomasia llamada a regir el ejercicio del poder, principalmente político, y que otorgaba protección al pueblo entendido como soberano.[5] El modelo de  Estado auto restringido por una norma fundamental habría de garantizar y, aparentemente, zanjar las consecuencias negativas de la contingencia humana fortaleciendo, de este modo, el sistema democrático. No obstante, la Primera  Guerra Mundial fue el punto de inflexión y de quiebre al constitucionalismo y al Estado de Derecho puesto que ése conflicto bélico había venido a interrumpir el proceso organizacional normativo racional y respetuoso que había establecido un tipo de relaciones entre el individuo, la sociedad y el Estado.  

A partir del aĖo 1914, aquel tipo de organización limitativa del ejercicio de poder de la unidad política, había sido desplazado por otra concepción del aparato estatal y de aquel ejercicio que implicaba centrar toda la atención en la función ejecutiva, se conformaba en la imposición de regímenes totalitaristas muchas veces presentados como salvadores y la reorganización institucional de cada unidad política que pasaba de tener como eje al pueblo soberano a otro tipo de soberano, frecuentemente construido en la figura unipersonal de un líder. Esto dará como resultado la anulación de la Constitución como plexo regulador socio-jurídico y político, para catapultar renovadas manifestaciones del despotismo y del absolutismo, las cuales se había procurado enterrar con la Revolución Francesa y sus movimientos sucedáneos.[6]

Al igual que en el periodo histórico absolutista europeo, cuyos máximos niveles de expresión fueron alcanzados entre finales del siglo XVII y hasta 1789 (como fecha modélica de la terminación del absolutismo) esa forma totalitaria y autoritaria de ejercer el poder anulaba cualquier modo de libertad y la posibilidad de su práctica. Por esto, el criterio de base racional quedaría nuevamente sustituido por el enfoque del más fuerte y del que tenía la mayor capacidad para aplastar cualquier manifestación de racionalidad y de equilibrio consensuado comunitario, concentrándose el poder y la consiguiente capacidad de acción y de decisión, en un sólo tipo de voluntades de número restringido y excluyente. Avasallar la libertad pasaba a ser uno de los principales y característicos símbolos de los totalitarismos que enarbolaban la bandera de la restricción y de la lesión a los derechos fundamentales como si aquello fuera un valor. Habría de ser su propio valor. Como etapa de regresión, puso en tela de juicio el futuro que auguraba la construcción de la relación constitucionalista y llevó, particularmente a los analistas del área político-jurídica, a entender que se había ingresado en una nueva instancia crítica. Una gran parte del planeta había ingresado en una profunda y vasta crisis en la que primaba el factor de atraso más que el del desafío y que, directamente, afectaba al proceso democrático retrogradándolo. La crisis calaba en la denominada democracia constitucional y uno de sus manifiestos correlatos fue una profunda crisis del individuo que, seguro de vivir en un Estado de Derecho, comenzaba a avizorar algunos de los innumerables peligros que implicaba el cambio identitario y de lugar en el mundo que la guerra traía aparejada.

La mundialización de la Primera Gran Guerra implicó, entre tantas cosas, que esa autolimitación normativa del Estado (no de uno solo sino de un conjunto de ellos) que se había extendido territorialmente hasta conformar regiones organizadas bajo ese tipo de orden, pasaban a quedar en la inestabilidad ontológica política como estados modernos. Asimismo se generaba un desequilibrio cívico, en cuanto al  ser ciudadanos de cada uno de esos estados, porque lo que se había iniciado era un proceso de destrucción  de la certeza que cada de ellos poseía de vivir como tal. Un cimbronazo estructural existencial se propagaba por territorios propios y cercanos, cercenándosele al estado y  a sus ciudadanos, toda posibilidad de encontrar alivio en un horizonte, aunque  ya más no fuera, proyectado.

Mayor paradoja generó el hecho de que, durante el desarrollo de la Gran Guerra, algunos de los planteos de fondo a nivel político se alimentaba de ciertas preguntas como: ņmantenerse en un estado de derecho, sí o no?, ņpor qué? ņEl Estado de derecho era una realidad avasallada? O, ņel Estado de derecho era, al fin y al cabo, una ficción?

 

Kafka, su tiempo y su obra: paradojas.

Primera paradoja: aparición de la obra.

 

En la breve contextualización histórica que precedentemente hemos reseĖado se escribió una de las obras más significativas en orden a la relación entre derecho y ficción que tuvo el siglo XX. El Proceso de Kafka[7] habría, desde sus primeras páginas, de inscribir el desasosiego, el miedo y la inestabilidad de una mente en la hecatombe ontológica y política que significó la Primera Guerra Mundial.

Se sostiene que Kafka, en sentido estricto, al tiempo de pensar esta obra, sólo habría escrito en una línea de correspondencia directa los capítulos  primero y último durante el ciclo 1914-1919. Sin embargo, El proceso, al igual que la mayoría de sus obras, fue publicada póstumamente en 1925.  Éste, un aĖo significativo tanto para las letras como para el mundo europeo en general. La década del ę20 europea, atravesada por la devastación y los flagelos de la Primera Guerra Mundial, se desarrolló entre superficialidades y rebeldías. Lo escrito: una interminable crisis azotaba a la región. De esta manera se habrían de producir dos reacciones aparentemente opuestas: la exploración y la búsqueda de nuevos territorios, principalmente, mentales, y la experimentación sin frenos. El mundo político comenzaría a pendular entre las dos ideologías que marcarán pocos aĖos más tarde al planeta: la izquierda y la derecha en sus diversas manifestaciones totalitaristas.  La literatura no quedó ajena a esto y en la dificultad de abrirse camino, decidió apostar a una renovación.[8] Consideramos que esta renovación literaria implicaba buscar re-apropiarse de una identidad colectiva e individual de una Europa, que había sido arrasada por el gran conflicto bélico. Kafka será asumido e incorporado en esa búsqueda identitaria como parte no, de una Europa de “aĖos locos”,  sino como un símbolo de la memoria que, aunque individual, se buscaría instalarla para devenir colectivizada.

 

                   Segunda paradoja: Kafka y el tiempo de escritor.

 

Otra de las observaciones que podemos hacer, es el tiempo y el esfuerzo, no intelectual, que le importó a Kafka poder llevar a cabo la obra referida precedentemente, algo que surge a través de sus múltiples notas al respecto como, por ejemplo: «No puedo seguir escribiendo. He llegado al límite definitivo en el que tendré que permanecer otra vez muchos aĖos, luego comenzaré, a lo mejor, otra historia, que probablemente también quedará inconclusa. Este destino me persigue. También estoy frío y confuso, sólo me ha quedado el amor senil a la completa tranquilidad. Y como un animal cualquiera apartado del hombre vuelvo a balancear el cuello y quisiera intentar conseguir de nuevo a F durante el tiempo intermedio. Realmente lo volveré a intentar, si las náuseas que me causo a mí mismo no me lo impiden» (30 de noviembre de 1914).” “«He dejado provisionalmente Un maestro rural y El ayudante del fiscal, pero también incapaz de continuar El proceso» (6 de enero de 1915).”[9]

El dolor físico y mental es un componente que va a atravesar la obra en su totalidad. La ficción literaria se va a convertir, a la luz de sus notas, en testimonio de sus dolencias emocionales y corporales por un lado alimentadas por su enfermedad física y, por el otro, por su sensibilidad mental.  Más que simbiosis, encontramos un pasaje permanente entre vivencia y ficción que se conjugan en una insoportable impresión de no poder escapar a su tiempo y a su fin como escritor. El proceso será, entonces, el titulo de una ficción con eje judicial pero, también, es el resultado de un proceso interno y personal del autor en donde él se coloca en el juez y la parte: «Otra vez sólo 2 páginas. Al principió pensé que la tristeza provocada por las derrotas austríacas y el miedo ante el futuro (un miedo que me parece al mismo tiempo ridículo e infame) me impedirían seguir escribiendo. No ha sido así, sólo una abulia que me asalta una y otra vez y que tengo que superar continuamente. Para la tristeza hay tiempo suficiente cuando no escribo» (13 de septiembre de 1914). «He tomado una semana de vacaciones para dar un impulso a la novela. He fracasado, estoy en la noche del miércoles, el lunes se acaban las vacaciones. He escrito poco y débil» (7 de octubre de 1914).[10]

Nuevamente una paradoja: Kafka, quien escapa de su destino como abogado como  una calidad que no tiene correspondencia intrínseca con él por ser escritor, al tiempo de escribir, genera cargos y juicios contra sí mismo por su magra producción. En tal sentido, ejerce practicando severos juicios contra su persona como abogado y juez. Por ello, nuevamente la ficción ingresa en la pregunta clave de toda la obra: ņcuál es la realidad y cuál es la ficción literaria y personal en y de Kafka?

 

                 Tercer paradoja: Kafka abogado, Kafka escritor.

 

La relación entre el derecho y la ficción envuelven a Kafka dotándolo de su paradójica conflictiva interior. Formado en las leyes, buscará - a poco de recibido alejarse de ese mundo y poder, aunque trabajando en una compaĖía de seguros - abocarse a su real interés: escribir. Si bien el hecho de ser abogado lo colocaría en el mundo jurídico real, en Kafka esa sería la ficción y su “estar a derecho” en un sentido metafórico sería el ser escritor. Esta composición que articula el motor interno del autor se asoma y presenta con especial detenimiento en la obra que nos convoca.

 

El proceso: entre ficciones y realidades

 

“K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por ahora no le interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba más importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero en presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de los vigilantes ––podía tratarse, en efecto, de vigilantes––, que no paraba de hablar por encima de él con sus colegas, le propinó una serie de golpes amistosos en el estómago; no obstante, cuando alzó la vista contempló una nariz torcida y un rostro huesudo y seco que no armonizaba con un cuerpo tan grueso. ņQué hombres eran ésos? ņDe qué hablaban? ņA qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado de Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían en vigor, ņquién osaba entonces atropellarle en su habitación?  (…) Eso no debía volver a ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego. Aún estaba en libertad. (…)”[11]

No bien comienza la obra, Kafka estatuye su concepción de la ficción a través de un interrogante implícito paradójico: ņEl Sr. K vive en un Estado de Derecho o cree que vive en aquel? De acuerdo al lugar en el que se formule la respuesta, quedará también emplazada la ficción. Si nos enrolamos en la creencia del SeĖor K, ciertamente que él vive en un Estado de Derecho por ende, el orden dentro del cual se mueven los desconocidos y le imponen a partir de ese momento a Josef K vivir, es ficcional. En este sentido cobran un valor concreto las palabras: “si era una comedia, seguiría el juego.”

Si deconstruimos niveles de sentido, podemos destacar que Josef, confiado de su status de ciudadano libre y a derecho puede darse, diremos, el lujo de jugar. El juego se abre paso y se instala en la escena marcando la impronta de la relación entre los intervinientes, porque K no puede explicarse lo que está aconteciendo. El componente lúdico ingresa como un modo de dar respuesta a algo que el protagonista no puede resolver: ņqué es lo que está sucediendo?

Desde el punto de vista de la inquietud formal, la pregunta que surge es: ņha lugar a una eventual denuncia para que esos hombres puedan estar en su espacio privado?  Ahora bien, desde la incertidumbre de fondo el interrogante que surge es: ņa qué obedece una imputación que lo torna, ante esos terceros, culpable?

La resolución se torna doblemente paradójica en tanto que, en vez de reaccionar como una víctima y nada más, decide en su interior seguir un juego que, en realidad, es una representación y, por tal, ficticia. Ahora bien, esta creación ficcional que elabora y decide poner en práctica K, también comporta una ponderación jerarquizada de los intervinientes y de sus funciones dado que, desde el momento mismo que su falta de capacidad le impide entender lo que está sucediendo, la decisión que toma el protagonista es la de bajar a la categoría de apariencia aquella realidad concreta que se le acaba de imponer. Y esto comporta una subordinación, no solamente de la situación en sí, sino también de los desconocidos. K no los toma en serio. Incluso más, se siente desafiado y, por ende, se permite subestimar la acción concreta: Aún estaba en libertad  pensará para reafirmarse en esa jerarquía que acaba de establecer.

Kafka propone en esta obra dar su mirada a la ficción en tanto que ésta última se vincula intrínsecamente a la posibilidad o no de acceder al sentido de un mensaje. Más aún, la ignorancia de determinados códigos es lo que impide a K cerrar la construcción del acto comunicativo. La incomprensión de códigos genera la imposibilidad de construir, acabadamente, el acto comunicativo. Y ahí una nueva paradoja entre los dos sistemas presentados de Estado de derecho. Entre Josef K y los desconocidos se construye una red ficcional en la que ambas partes se encontrarán. No bien ingresan los desconocidos, automáticamente, se generan dos niveles de emisión discursiva sin receptor directo: aquel en el que se desenvuelve Josef K: estado comunicativo ficticio (aparente) y el de los desconocidos: estado comunicativo incomprensible.  O sea, que el punto de inflexión a nivel comunicativo lo estaría produciendo la carencia de la homogeneidad del código. “Es inexacto que los dos participantes de la comunicación, aun si pertenece a la misma “comunidad lingüística”, hablen exactamente la misma “lengua”, y que su competencia se identifique con el “archiespaĖol” de un “archilocutor-alocutario” (…)[12]

Una de las críticas que ha recibido el sistema de reducción a unidad del código la ha dado Bourdieu quien sostiene: “el empleo de ese artificio teórico (que es la noción de “lengua común”) desempeĖa un papel ideológico bien preciso: sirve para enmascarar bajo la apariencia euforizante de una armonía imaginaria la existencia de tensiones, enfrentamientos y opresiones muy reales. Negar la existencia de estas tensiones y mecerse en “la ilusión del comunismo lingüístico” significa de hecho un intento de conjugar, por el desvío del lenguaje, las diferencias sociales. (…) El código no es exterior a los interlocutores, sino que su conocimiento es interno (implícito) a ellos: es un conjunto de aptitudes que los sujetos han internalizado. Habiéndose multiplicado por dos el constituyente “código”, los generadores individuales que se obtienen deben insertarse ahora uno en la esfera del emisor y el otro en la de receptor.”[13]

En El proceso, consiguientemente, lo que estaría faltando en el proceso que permite la generación efectiva del acto comunicativo es la inserción recíproca de las esferas del emisor y del receptor. Con ello, la ficción queda estatuida como ocupante de un espacio en el que la interacción brilla por su ausencia.

En otro nivel de análisis, y retomando el aspecto político de la obra pero visto desde los desconocidos, ellos estarían viviendo en un tipo de estado de derecho en cuya virtud se encuentran legitimados para irrumpir en la habitación de K y expresarle su imputación. Instancia que también la avala, aunque involuntariamente, Josef K. en tanto no les comunica que está jugando dentro de una comedia (que devendrá dramática). En esta virtud, la falta de comunicación genera consecuencias políticas, en sentido amplio. Josef K., ciudadano del Estado de Derecho, de los desconocidos acepta su condición de imputado y, por ende, otorga legitimidad a aquel acto. Esta legitimidad que asigna K es la puerta de acceso para que el juego- ficción lo termine destruyendo.

El freno propio del Estado de Derecho lo crea, en su perjuicio, Josef  pues él mismo en su consentimiento ficticio habilita a los desconocidos a actuar en su contra imponiéndole la activación del proceso. 

Retomamos el camino de las paradojas kafkianas,  el orden propio de un Estado de Derecho que instaura la norma ņqué clase de  relación genera con la sociedad? Para que esos límites existan deben ser reconocidos por las autoridades pero legitimados por los ciudadanos. Por ende, el obrar dentro de esos límites normativos puede ser legítimo y no beneficiar al ciudadano. Josef es imputado por un cargo que desconoce; desde su visión, él es inocente. Desde ese Estado de Derecho del que surgen los desconocidos, la imputación y el proceso han sido legitimados por K, consiguientemente ņse podría pensar que están lesionando el Estado de derecho? La ficción construye una paradoja circular de la que K no podrá escapar.

 

Josef K y la Ley

 

En el capítulo En la Catedral K  genera un diálogo de fondo con un sacerdote en el que se planteará la relación del individuo con la Ley en sentido absoluto, por ello está en mayúscula. La afiliación que establece K con la Ley es compleja porque está sustentada en la pasividad del sujeto que la busca. La Ley se presentaría ante los hombres como dentro de un recinto de puertas abiertas pero que está custodiado por guardianes que establecen el momento para poder acceder y las condiciones para ello. En este sentido, a través de un relato de contenido religioso, el sacerdote le introduce a K la reflexión que, si bien lo impacta, no llega a conmoverlo según lo que el religioso está esperando.

En este pasaje nuevamente se troncha el acto comunicativo de fondo. Si bien el sacerdote (que verdaderamente  es el capellán de la cárcel) logra llamar la atención sincera de K, y lo lleva a través del relato a plantearse y cuestionar los roles y las interpretaciones de sus protagonistas, no consigue la declaración, aquella confesión tan esperada a lo largo de toda la obra.

El punto de inflexión de la situación lo asigna una afirmación sobre la confusión que sostiene el capellán que tiene K a partir de lo que lo ilustra con una historia.[14]

Aquella Ley del relato  del abad aparece a los ojos de K confusa, con la misma oscuridad que rodea el ambiente en el que se encuentran:

 “(…) Y ahora ambos se callaban. El sacerdote no podía, ciertamente, distinguir a K en las tinieblas que reinaban en lo bajo del púlpito. En tanto que K lo veía claramente debido a la luz de la pequeĖa lámpara. ņPor qué el sacerdote no descendía? No le había dado un sermón sino simplemente algunas indicaciones que lo agobiarían más que hacerle bien si él pensaba escrupulosamente. No obstante, la buena intención del sacerdote parecía indiscutible. (…)”[15]

Una de las cosas que sorprende a K es la justicia o injusticia del relato. No alcanza a comprender el sentido de fondo. El capellán le explicita que el protagonista de la historia muere esperando acceder a la Ley. ņFue la falta de ley  la que le produjo su muerte? No,  sino su pasividad, su inacción para procurar que la instancia normativa tenga vigor, esté actualizada y, para ello, debía haber entrado, máxime porque se trataba de una puerta para él.

Por otra parte, K se pregunta sobre una cuestión de fondo netamente vinculada a la estructura intrínseca en la que se sustenta el Estado de Derecho concerniente,  no ya a quien establecería el  o los límite/s sino ņcuál es la naturaleza de aquel freno?:  “No, dijo el sacerdote no se está obligado de creer como verdad todo lo que dice, es suficiente con que se la tenga por necesario.

Triste opinión, dijo K, ella  elevaría la mentira a la altura de una regla de mundo.”[16]

Finalmente, el capellán establece la relación de K con la justicia en términos de independencia y autonomía: “(…) yo pertenezco pues a la justicia, dijo el sacerdote. Por ello, ņqué podría desearte? La justicia no quiere nada de ti. Ella te toma cuando vienes y te deja cuando te vas. (…)”[17]

 

2. La visión que aporta Kafka a la filosofía política contemporánea.

 

Sólo a modo de seĖalamiento, El proceso  no es solamente una obra literaria - y por ello un producto de ficción -  sino que, tal como hemos analizado precedentemente, es un conjunto de paradojas en las que aparece una muy delgada línea entre ficción y realidad, entre narración y testimonio, tanto de su época como de su vida personal. La relación entre lo jurídico y la ficción toman carne y, a lo largo de las páginas que conforman el escrito, se va viendo cómo se entreteje una malla entre aquellas dos que en definitiva habrá de dar cuenta de la experiencia del hombre frente  a la pérdida completa de su lugar en el mundo y a la vacuidad que éste tiene. No obstante, la obra reseĖada va más allá y presenta elementos que luego han sido trabajados por la filosofía, específicamente por Bentham, en sus ideas sobre las ficciones.

El utilitarista sostiene que para abordar las ficciones hay que partir de una serie de presupuestos. Para comenzar, se trata de la existencia de una relación de acciones y sentidos, que es lo que permite la estructuración de la utilidad. Las operaciones prácticas del ser humano tenderán, en esta visión, a la obtención de la satisfacción de aquello que se desea y de allí el placer, y su contrario, será el dolor que produce el fracaso de aquella. El segundo presupuesto es que el acto comunicativo oral sea claro, esto es, que los intervinientes lo comprendan. De la mano viene la necesidad de expurgar de la comunicación cualquier elemento que genere confusión, ambigüedad o error. Para ello, la palabra será el elemento sobre el que recaiga la exposición.

En este orden de ideas, la ficción será un tipo de entidad producto de la imaginación y las características o calidades vacías de contenidos o que no se relacionan con ningún elemento específico. Algunos ejemplos de ello: comunidad política, derecho, poder, garantía, juicio, etc., al no recaer sobre nada concreto ni perceptible, son consideradas ficciones. El modo de acceder a ellas es mediante las palabras. Por ende, se genera una relación entre denotación y referencia. Un término puede denotar, y por ello se inscribe en un espacio mental del que la recepta  o de quien la pronuncia dentro de un enunciado pero realmente no tiene referencia.

Retomando las ideas de Kafka, recurrentemente aparece la palabra claridad o su falta y la familia de términos asociados a uno u otro: tinieblas, oscuridad, negro, lámpara, etc..: “ Ellos continuaron paseando, un momento, en silencio; K no dejaba al sacerdote ni un paso porque las tinieblas le impedían ver  la dirección. Desde hacía tiempo, la lámpara que él llevaba en la mano estaba apagada. Él vio destellar un momento, justo enfrente suyo  la estatua de plata de un gran santo que entró prontamente en la sombra.”[18]

El conflicto en la obra queda planteado en la superposición de dos estados de derecho y el conocimiento y legitimación real o ficticia que sus personajes le dan a cada uno de ellos. No obstante, si nos atenemos a las ideas de Bentham, tanto estado como derecho como los campos semánticos que forma Kakfa y sus sub-grupos, están vacios de contenido, de sentido y de significación. El mismo tratamiento recibirá la Ley, ente desconocido que denota pero no refiere, de lo que se explicaría el porqué de la imposibilidad de encuentro entre el protagonista y aquella.

 

Conclusiones

 

El núcleo de la obra lo compone la ficción que ingresa apenas comienza en su primer  capítulo  la obra. K estatuye a aquella al ser incapaz de conocer los códigos comunicativos que están interviniendo. Sólo habría una forma de apropiarse de una realidad, que está siendo construida por terceros, únicamente, aparentando.  Este estado de apariencia se sobre-impone a la propia realidad de K:  por ello, hay dos realidades presentadas desde el inicio de la obra: la realidad de Josef K. y la realidad de los otros. Esas dos realidades no poseen el mismo carácter. La de Josef K.es conocida por él mismo, con esto, él la tiene apropiada porque la conoce y esto le permite vivir en ella. La otra realidad es la que portan los desconocidos, una realidad que no resulta comprensible a K y que, a poco de no poder explicarse cómo se origina pero que la entiende envolvente,  decide recrearla bajo una etiqueta personal que le asigna: que se trata de una comedia que el jugará. Con esto, la decisión del protagonista en inscribirse en una ficción. Y, más allá aún, en una auto-ficción.

Estos interrogantes van a dar inicio al desasosiego de Josef K; éste ha sido  nuestro punto de partida para analizar y contraponer el estado de derecho a la ficción. El articulador entre ambos, el conocimiento. No le preocupa tanto más a K. el proceso cuanto saber porqué razón se está llevando a cabo. El desconocimiento le genera más incertidumbre que la acción judicial misma (en ideas de Bentham sería de las tantas palabras vacías). Algo comprensible si entendemos que conocer la razón de algo comporta la posibilidad, llegado el caso, de defenderse,  de contra argumentar, de probar y. más aún, de demostrar, tornar evidente, racionalmente, alguna situación que genera  error.

Por otra parte, la idea de un Estado de Derecho obedece a sostener que una unidad política para poder existir y, ante todo, perdurar, debe estar basada en la inexistencia de abuso de poder. Esa organización habrá de importar el establecimiento de ciertas pautas que permitan a la habitantes de esa comunidad coexistir y, mejor aún, llegar a convivir (compartir una vida común). Por ende, la factibilidad beneficiosa al conjunto social se tornaría en el objetivo de fondo de una organización político-social en contexto democrático.  En este sentido, estar a derecho y un estado de derecho, son expresiones que  habrán de referir a una relación y, más aun, a una sujeción a un cierto tipo de disposición de componentes. Con esto, a un determinado tipo de orden. El orden elegido mayoritariamente en la historia de la humanidad se vincula a aquel establecido por escrito, la entendida norma. Generalmente, dentro de este género – norma - habrá categorías donde algunos conjuntos sean jerárquicamente más valorados que otros. De esta manera, el orden normativo se torna sinónimo de orden jurídico y éste se convierte en la expresión de un orden jerárquico, así aparece en la cúspide la norma fundamental como conjunto de principios, derechos y garantías, aunque también de deberes que habrán de buscar asegurar y garantizar a quienes decidan someterse a ella, la certeza de ser derechohabientes. En esta construcción humana con especificidad normativa, el derecho aparece como uno de sus componentes marco. El derecho, lo derecho, lo correcto, lo recto se entrelazan, no como un juego de palabras sino de conceptos que construyen aquella cartografía de la cual la norma es su explicitación más directa y, posiblemente, más acabada.

Ahora bien, como toda construcción humana, tiene una estructura de base comunicativa ya que, desde un cierto sentido,  la norma también construye acto comunicativo en tanto intervienen creadores y receptores de un mensaje inscripto en ambientes que interactúan: culturales, psicológicos, políticos, económicos, etc. (postulamos en tal sentido el esquema de la comunicación de Jakobson reformulado por Kerbrat- Orecchioni)[19]

Si una de las maneras de interacción humana se explicita en el acto comunicativo, y uno de los modos de éste último habría de ser la norma y el modo de materialización de ella es en el ámbito del derecho el proceso ņqué sucede cuando se lleva a cabo un proceso sin normas conocidas? ņQué pasa cuando un proceso no comunica porque se autoconstruye en un no-acto comunicativo? ņEs un proceso erigido en la ficción?  ņO el proceso es una ficción per se como entidad no real?

 

Los pasajes analizados marcan  tres tipos de reacción:

Š               La ficción generadora de perplejidad.

Š               La ficción generadora de representaciones

Š               La ficción generadora de tragedia.

 

En todas, el hilo común por el que circula la ficción es un proceso que coloca en un estado de interrogación a quien no conoce el conjunto de códigos con los que opera el productor-creador del acto comunicativo. Con ello, la falta de conocimientos de los códigos llevan al sujeto pasivo (quien estaría recibiendo el mensaje) a colocarse en un interlocutor “como si”. Ante la imposibilidad de detectar los códigos que están interviniendo y, por ende, no comprender el mensaje que se le está emitiendo, el sujeto pasivo decide re-colocarse en esa interacción ficcionando la existencia del acto comunicativo. Y, en este modo de apariencia, el sujeto pasivo no se da cuenta que está consintiendo la ficción como realidad.  La falta de racionalidad para comprender un acto de otro individuo es suplantada por una racionalidad aparente y, en esto, ficticia, pero que al no ser explicitada ni exteriorizada por quien la titulariza queda externamente estatuida como racionalidad real. Esta racionalidad real, consiguientemente, se manifiesta expresamente como receptora y conformante del acto comunicativo lanzado por el emisor que pasa a convertirse en interlocutor. Por ende, la consecuencia que se sigue es que se da inicio a una construcción comunicativa en donde la ficción se ha desvanecido por haber sido sustituida por una realidad (aunque en el interior del sujeto pasivo aquella sea, meramente, una realidad ficcionada). Nuevamente, lo que está en jaque son los códigos y su capacidad de comunicabilidad entre los actuantes.  De tal manera, en este dar lugar al como si el individuo pasivo estatuye a la ficción como su propia realidad y al emplazarla de esta manera en su vida le permite que esa ficción le genere consecuencias no verdaderas pero sí, reales. Josef K es sentenciado y muerto. Cada una de esas ficciones destruye al sujeto pasivo que “jugaba en un como si”.   

Kafka sella la obra con una muerte indigna “como un perro!”  el individuo ha sido rebajado a su mínima expresión, a su suporte animal. K asume en ese grito, que para quitarle la vida, primero le han quitado su racionalidad. Lo han despojado de ser hombre. Sus palabras vacías de contenido, su vida una ficción.

 

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Bibliografía

 

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15 de Diciembre de 2014. Buenos Aires. Argentina.



[1] TRABAJO GANADOR DE MENCIÓN (Categoría B, Docentes) del Concurso de Trabajos sobre “FICCIÓN Y DERECHO”, convocado por el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, 2014/2015. Este artículo pertenece a una investigación independiente que  hemos realizado sobre la ficción en Franz Kafka y Lewis Carroll. Por ello, será motivo de este trabajo el análisis realizado de los capítulos I, El arresto, en la Catedral y el último capítulo de la ejecución de El Proceso de Kafka.

[2] Doctora de la Universidad de Buenos Aires. Argentina (Facultad de Derecho). Especialización en Educación Superior y Tics. Ministerio de Educación de la Nación (finalizado). Abogada (Pontificia Universidad Católica Argentina). Directora del proyecto de docencia e investigación, Decyt 1419 (Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires). Investigadora adscripta al Instituto de Investigaciones en Ciencias jurídicas y sociales, Dr. Ambrosio L. Gioja. (Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires). Integrante del Proyecto de Investigación Ubacyt, Dirección Dr. Tulio Ortiz. Docente regular en Teoría del Estado. (Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires). Docente Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires y  otras áreas en Ministerio de Educación, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Autora de libros y artículos de su especialidad.

[3] Flahault, Franćois- Nathalie Heinich, (2005) « La fiction, dehors, dedans », en L’Homme [En línea], 175-176 | julio-septiembre 2005. URL: http://lhomme.revues.org/1828. Última consulta 01/12/2014.

 

[5] López, Mario, Justo, (1986),  Vivir para la República, Circulo Carpetas, Buenos Aires. págs. 258-263.

[6] López, Mario, Justo, (1986),  ibídem.

[7] Nota: hemos trabajado con tres versiones de El proceso. Dos versiones digitales: en espaĖol: la alojada en el http://www.librodot.com y en francés: la subida a Ebooks libres et gratuits: http://www.ebooksgratuits.com. Y la versión francesa, en soporte papel de Flammarion. Kafka, Franz, Le procŹs.1993.

[8] Boucharenc, Myriam- Claude Leroy, (2014), “1925, l’esprit d’une époque”, en Leroy  Claude (Éditeur)- Myriam Boucharenc (Éditeur), 1925, Presses universitaires de Paris Ouest. págs. 8-11.

[9] Kafka, Franz, (1925), El proceso, (En línea) (URL: http://www.librodot.com. 2002.

[10] Kafka, Franz, (1925), ibídem.

[11] Kafka, Franz, (1925), ibídem.

[12] En Arnoux, Elvira, (2011),  Semiología, Cuadernillo I. UBA. 

[13] Ibídem.

[14]“– Ne te méprends pas, dit l’abbé.

– Sur quoi me méprendrais-je donc? demanda K.

– C’est sur la justice que tu te méprends, lui dit l’abbé, et il est dit de cette erreur dans les écrits qui précŹdent la Loi: « Une sentinelle se tient postée devant la Loi ; un homme vient un jour la trouver et lui demande la permission de pénétrer. Mais la sentinelle lui dit qu’elle ne peut pas le laisser entrer en ce mo-ment. L’homme ce réfléchit et demande alors s’il pourra entrer plus tard. “ C’est possible, dit la sentinelle, mais pas mainte-nant. ” La sentinelle s’efface devant la porte, ouverte comme toujours, et l’homme se penche pour regarder ą l’intérieur. La sentinelle, le voyant faire, rit et dit: “Si tu en as tant envie es-saie donc d’entrer malgré ma défense. Mais dis-toi bien que je suis puissant. Et je ne suis que la derniŹre des sentinelles. Tu trouveras ą l’entrée de chaque salle des sentinelles, de plus en plus puissantes; dŹs la troisiŹme, mźme moi, je ne peux plus supporter leur vue. ” L’homme ne s’était pas attendu ą de telles difficultés, il avait pensé que la Loi devait źtre accessible ą tout le monde et en tout temps, mais maintenant, en observant mieux la sentinelle, son manteau de fourrure, son grand nez pointu et sa longue barbe rare et noire ą la tartare, il se décide ą attendre quand mźme jusqu’ą ce qu’on lui permette d’entrer. La sentinelle lui donne un escabeau et le fait asseoir ą côté de la porte. Il reste lą de longues années. Il multiplie les tentatives pour qu’on lui permette d’entrer et fatigue la sentinelle de ses priŹres. La sentinelle lui fait subir parfois de petits interroga-toires, l’interroge sur son village et sur beaucoup d’autres sujets, mais ce ne sont que des questions indifférentes comme les po-sent les grands seigneurs et pour finir elle dit toujours qu’elle ne peut pas le laisser entrer. L’homme, qui s’est abondamment pourvu pour son voyage de toutes sortes de provisions, emploie tout, si précieux que ce soit, pour soudoyer la sentinelle. Et la sentinelle prend bien tout, mais en disant: “Je n’accepte que pour que tu ne puisses pas penser que tu as négligé quelque chose.” Pendant ses longues années d’attente, l’homme ne cesse presque jamais d’observer la sentinelle. Il en oublie les autres gardiens, il lui semble que le premier est le seul qui l’empźche d’entrer dans la Loi. Et il maudit bruyamment la cruauté du ha-sard pendant les premiŹres années; plus tard, en devenant vieux, il ne fait plus que grommeler. Il retombe en enfance, et comme, au cours des longues années oĚ il a étudié la sentinelle, il a fini par connaĒtre jusqu’aux puces de son col de fourrure, il prie les puces elles-mźmes de l’aider ą fléchir le gardien. Fina-lement, sa vue s’affaiblit et il ne sait si la nuit se fait vraiment autour de lui ou s’il est trompé par ses yeux. Mais maintenant il discerne dans l’ombre l’éclat d’une lumiŹre qui brille ą travers les portes de la Loi. Il n’a plus pour longtemps ą vivre désor-mais. Avant sa mort, tous ses souvenirs viennent se presser dans son cerveau pour lui imposer une question qu’il n’a pas encore adressée. Et, ne pouvant redresser son corps raidi, il fait signe au gardien de venir. Le gardien se voit obligé de se pen-cher trŹs bas sur lui, car la différence de leurs tailles s’est extrź-mement modifiée. “ Que veux-tu donc encore savoir? demande-t-il, tu es insatiable. – Si tout le monde cherche ą connaĒtre la Loi, dit l’homme, comment se fait-il que depuis si longtemps personne que moi ne t’ait demandé d’entrer? ” Le gardien voit que l’homme est sur sa fin et, pour atteindre son tympan mort, il lui rugit ą l’oreille: “Personne que toi n’avait le droit d’entrer ici, car cette entrée n’était faite que pour toi, maintenant je pars, et je ferme.” – Le gardien a donc trompé l’homme, dit aussitôt K. que l’histoire avait vivement intéressé. (…)”

(…)– Tu touches ici ą la thŹse opposée, lui dit l’abbé. Certains commentateurs déclarent en effet que l’histoire ne donne ą per-sonne le droit de juger le portier. Quel qu’il nous apparaisse, il n’en reste pas moins un serviteur de la Loi; il appartient donc ą la Loi ; il échappe donc au jugement humain. Et dans ce cas on doit cesser aussi de le croire inférieur ą l’homme. Car le seul fait d’źtre lié par son service ą une entrée – fět-ce une seule – de la Loi, le place incomparablement plus haut que l’homme qui vit dans le monde si librement que ce soit. C’est la premiŹre fois que l’homme vient ą la Loi, le gardien, lui, s’y trouve déją. C’est la Loi qui l’emploie; douter de la dignité du gardien, ce serait douter de la Loi. En Kafka, Franz, (1925), Óp. Cit.

 

[15] Traducción libre de la autora.

[16] Ibídem.

[17] Ibídem.

[18] Ibídem.

[19] Kerbrat-Orecchioni,C., (1986), La enunciación. La subjetividad en el lenguaje. Hachette. Buenos Aires.