Editorial

POR DOSCIENTOS AĄOS FUTUROS DE DEPENDENCIA (MUTUA)


            “Haga del 23 de junio el Día de la Independencia”, decían carteles en el Reino Unido (denominación que suena casi sarcástica) invitando a votar por el “BREXIT”. Que es como los ingleses (no en vano compatriotas del gran George Orwell, inventor de la ominosa “neolengua”) dieron en llamar a la salida (“exit”, tan parecido a nuestra palabra ibérica para cuando las cosas resultan bien) de la Unión Europea. Lo hicieron. Ganaron. Por una diferencia mínima, pero esas son las rarezas de la democracia (vienen a la mente las urticantes reflexiones de Jorge Luis Borges). Y algunos medios fervorosos festejaron, llamando, en efecto, al del referéndum, “Día de la Independencia Británica”.

Curiosamente, la supuesta independencia del Reino Unido podría llegar a potenciar la independencia de sus partes entre sí (o la desunión del Reino Unido, si se prefiere). Escocia ante todo, donde la intención de permanecer en la Unión Europea era predominante (y parece que había sido un factor esencial en la previa votación sobre la separación de Inglaterra). Es obvio que existe en Edimburgo una sensación de sumisión a Londres. De haberse perdido la historia propia desde el siglo XVIII. Y de un orgullo local que está despierto, entre gaitas, kilts, tartans, escuelas de gaélico y una reivindicación de la cultura de las Tierras Altas. ņE Irlanda del Norte? Huelgan las palabras. Y quizás hasta se pueda hablar de Gales…

En Europa, es verdad, se han atacado en otros tiempos culturas. Se han destruido los símbolos patrios y las referencias tradicionales de los otros. Se han prohibido sus idiomas. Se han cerrado sus escuelas, se ha perseguido su literatura. Y han venido las reacciones a esas agresiones, que suelen adoptar, con diferentes grados, la forma de nacionalismos locales. Estos, a su vez, se vuelven a menudo separatismos. Con más o menos proyectos y respuestas para un hipotético día después, cantidad de regiones europeas (algunas de ellas anteriores estados independientes) alzan sus banderas, recuperan sus lenguas, fundan sus partidos políticos… a veces hasta toman las armas.

El nacionalismo, ese antiguo fenómeno europeo, que Europa ha exportado con tanto éxito que a veces llega a parecer algo universal, como inherente al ser humano, goza de excelente salud. A pesar de las integraciones, los estudios en otros países, los matrimonios mixtos y las uniones supraestatales. Curiosamente, Europa produce o caldea grandes ideas que podrían ser vistas como némesis del nacionalismo. El cristianismo católico, el socialismo marxista... Pero Hitler se manifestaba católico, y Rusia usó al comunismo como herramienta de expansión hegemónica. Parece que el nacionalismo es demasiado inherente a la cultura de Europa.

De este lado del Atlántico, las cosas se ven diferentes.

Desde la frontera austral de los Estados Unidos (que en realidad era mucho más al norte, pero eso ya fue) hasta el Polo Sur, con pocas (y muy respetables) excepciones, predomina la cultura ibérica. Asentada a lo largo de cinco siglos en esta parte del mundo, ha funcionado como amalgama para diferentes componentes locales. Distintas civilizaciones preexistentes a la llegada de los europeos (y sus derivaciones posteriores). Diversas tradiciones africanas preservadas (con esfuerzo y tenacidad admirables) por los esclavos. Innumerables aportes de las corrientes migratorias de los últimos doscientos aĖos, llegadas de Europa, de Asia y de África.

Hubo episodios de prohibiciones idiomáticas, pero fueron escasos y en general poco exitosos. Las culturas se fueron integrando, de maneras no siempre pacíficas y tranquilas, pero integrándose al fin. No se erradicó jamás el racismo, pero se fue construyendo un hábito de la convivencia, incluso de la unión sexual, entre personas muy distintas. El mestizaje se volvió la regla.

Cuando llegaron los fuertes contingentes de inmigrantes, no tardaron en sumarse a esa tendencia. Se fueron mezclando. Hasta grupos que en otros contextos se mostraran bastante cerrados, como los judíos, se abrieron paulatinamente. Tenían, en fin, un antecedente: el de los “cristianos nuevos”. Los conversos (y sus descendientes) que llegaran a las Indias (a veces con declaraciones de “limpieza de sangre” mentirosas) y pasaran a ser pilares de la población de vastas regiones. El Nordeste brasileĖo, la Antioquia, los Cuatro Ríos de Cuenca, el Plata...

Del lado portugués (que por entonces no era tan grande), la independencia fue pacífica. Para la América espaĖola, no. Sin embargo, ambos procesos tuvieron en común su vinculación con las guerras napoleónicas como desencadenante, y su inmediata inserción en el juego de poderes hegemónicos europeos. Quizás ese peso ultramarino incidiera en gran medida en el fracaso de las ideas iniciales, en la región hispánica, de que el resultado de la emancipación fuera un país solo, enorme, único en la historia, federal como los Estados Unidos. Un aborto político catastrófico, que determinara una partición en un rompecabezas demencial.

Un naufragio lamentable que parecemos seguir festejando, en cada uno de los países resultantes, tullidos todos, el día de la respectiva “independencia”.

Después del corte de los vínculos políticos con EspaĖa (que, con la Constitución de Cádiz de 1812, en realidad pasaba claramente a ser una totalidad estatal de dimensiones sin precedentes, y en franco camino hacia el liberalismo), el conjunto americano no resistió. Sus componentes se separaron. La relativa (pero notable en el escenario de aquellos siglos) paz interior que se había disfrutado a lo largo de las centurias precedentes, se diluyó, quebrada por esa cruenta guerra civil disimulada que habían sido las campaĖas emancipadoras.

Las unidades políticas que surgieron medraron en la inestabilidad. Los conflictos internos predominaron en algunas regiones, como el Río de la Plata y Colombia, adquiriendo unos matices de odio inauditos. Estallaron enfrentamientos entre unos antiguos integrantes del todo hispánico y otros, con características sangrientas. Ejércitos de la misma lengua y cultura casi idéntica entraban a saco, violaban, quemaban, destruían reliquias históricas. Los hermanos de otrora se despojaban de tierras y recursos como poseídos de un frenesí famélico.

Como era de esperarse, esas décadas de inestabilidad y conflicto, ora interno, ora externo, ora ambas cosas al unísono, convivieron con fracasos políticos permanentes. Gobiernos autoritarios, constituciones efímeras o demoradas, dictaduras, persecuciones encarnizadas de opositores, parlamentos amaĖados y serviles, tribunales dóciles o soberbios, magnicidios. Los detentadores del poder económico hallaron la oportunidad para hacer la ley y la sentencia, para colocarse las bandas presidenciales unos a otros, y reforzar sus posiciones y sus riquezas. Los indígenas fueron perdiendo lo que aún conservaban. Junto con los descendientes de africanos y con muchos mestizos, se integraron paulatinamente en un proletariado pobre y sometido, proclive al clientelismo político, cuando no al suministro de brazos para fuerzas armadas particulares.

Del lado brasileĖo, un imperio de saudades napoleónicas y folclore romántico, con una onírica nobleza entronizada en palacios franceses, en cuyos bailes de opereta resonaban títulos en lengua guaraní, subsistía en base a la esclavitud. Llevada a un grado, y a unas proporciones numéricas quizás únicas en la historia. Con razón los historiadores luso-americanos hablan, más que de esclavitud, de “esclavocracia”. Una dependencia tal, que la abolición, surgida casi del arrebato histérico de una princesa al mando, trajo la inmediata revolución republicana, cuyo triunfo garantizó la permanencia de los millones de esclavos liberados en una clase paupérrima, liminar, suburbana, servil y sojuzgada. Un estado del que tardaría casi un siglo en ir emergiendo, y cuyas huellas amargas se ven hasta hoy.

En la segunda mitad del siglo XX, muchos de estos países tocaron un fondo escabroso. Mientras en Europa se avanzaba hacia la integración, y el mundo de cultura europea construía la versión definitiva (hasta ahora) de la teoría de los derechos humanos, se enseĖoreaban aquí dictaduras siniestras, apoyadas por las clases dominantes y por los grandes capitales internacionales (que no tienen patria, ni etnia, ni religión), a las cuales fueron muy funcionales los movimientos guerrilleros locales. Matanzas, torturas, violaciones, secuestros y apropiaciones de niĖos, la instalación del miedo, la censura, la destrucción sistemática del pensamiento libre. (Hay que reconocer que EspaĖa, tan afectada como sus herederos ultramarinos por la emancipación, no corrió mejor suerte: se desangró en una atroz guerra civil, y vivió después las largas décadas franquistas).

La mayor parte de la superficie de América del Sur estuvo sumida en aquellas dictaduras. Con diferentes características e intensidad, las padecieron (por orden alfabético) Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Un inmenso continuum, extendido desde las fronteras chilenas, bolivianas y brasileĖas hasta la Antártida, se sumió en las sombras ensangrentadas. Argentina, Paraguay y Uruguay estaban completamente rodeadas, en sus bordes terrestres, por estados dictatoriales. Se establecieron acuerdos entre los dictadores (como en el caso del tristemente célebre “plan cóndor”) y hubo juegos de guerra también (tales los argentino-chilenos). Hubo de todo. Hasta el enfrentamiento armado de Argentina con el Reino Unido. De todo.

Paulatinamente, en la década de 1980, estos países fueron emergiendo de su fase dictatorial, quizás en gran medida gracias a las burguesías cansadas y no militantes, más que a las luchas partidarias de los proletariados (esta es una afirmación políticamente incorrecta, pero estoy dispuesto a defenderla). Las persecuciones, las masacres, las violaciones masivas a los derechos fundamentales, sumadas a las actitudes de solidaridad entre los pueblos y (en el caso argentino) a las posturas adoptadas durante la Guerra del Atlántico Sur, ayudaron a revisar los conceptos de soberanía e independencia (proclamados tan absolutos e imperiosos en la región siempre) y a comenzar tímidamente a pensar en procesos de integración.

Integración al estilo europeo, porque es obvio que el modelo transoceánico influyó dramáticamente. Pero con una diferencia sustancial. Porque de este lado del océano, no se trata de integrar, sino de reintegrar. El tema no es unir, sino reunir. Europa nunca fue una unidad, y cuando hubo tentativas funcionaron a la fuerza, de modo parcial y no por mucho tiempo (el Imperio Romano no abarcó a toda Europa, aclaremos). En cambio, América hispánica sí fue una sola patria, por siglos y sin necesidad de sujeción militar activa. Y la cultura brasileĖa es ibérica también, y extremadamente concordante con la espaĖola, con un idioma que, si ambas partes hablan despacio, se entienden bastante sin necesidad de traducción.

La Unión Europea (que es bastante parcial y limitada) fue una empresa titánica. El BREXIT muestra cuán lejos se encuentra de ser definitiva. Las respuestas nacionalistas que repican desde otros países de la Unión, amenazando con sumar sus “exits” al británico, reafirman esa inquietud. Los procesos independentistas internos (CataluĖa, Euskadi, BretaĖa francesa, Occitania, etcétera), la aumentan.

En Iberoamérica, en cambio, lo incomprensible es la inexistencia de una unión.

Pero seguimos festejando unas independencias discutibles, fecundas en sangre. Alzamos banderas que, a menudo, se diseĖaron al calor de guerras fratricidas. EnseĖas que recuerdan triunfos baĖados en sangre de amigos. Que lideraron ejércitos en batallas del mismo idioma, donde en los campamentos de una y otra banda se cocinaban idénticas comidas y se rezaban iguales oraciones.

Cantamos con fervor himnos necrófilos. Cantos marciales compuestos para ensalzar victorias de entrecasa y para amedrentar a vecinos tan semejantes a nosotros que, vistos de fuera, no se nos distinguen. Repetimos conductas atávicas y discursos prefabricados, sazonados con desfiles de militares y tanques de objetivo poco claro. CeĖimos escarapelas y nos calzamos sonrisas de un orgullo maquillado, evitando tenazmente mirar a nuestro alrededor y ver la realidad a la que hemos llegado.

No digo que la emancipación americana haya sido algo malo. Tampoco me atrevo a considerarla buena.

Fue, y basta. Pero no me parece algo obviamente positivo, como la terminación de las dictaduras militares. Ni tampoco algo indiscutiblemente perverso, como el nazismo. Creo que se trata de temas a ser debatidos con libertad y espíritu crítico, fuera de los cartabones impuestos por las posturas oficiales y hegemónicas locales. Suficientes discursos predecibles hemos escuchado ya. Tal vez sea hora de dejarnos asombrar con la maravilla del pensamiento desenjaulado.

Humildemente, creo que la independencia, y su base nacionalista, pueden ser superadas hoy (y muy especialmente en Iberoamérica) por un deseo de interdependencia. Para ir reconstruyendo, con respeto mutuo, la unidad que hace dos siglos se quebrara. Y ahora incorporando las dos grandes realidades idiomáticas, la castellana y la portuguesa.

Tal vez sea el día de dejar de insistir en unas independencias que, al fin y al cabo, nunca existieron. Porque, en realidad, la independencia es imposible entre los seres humanos, y quizás para todas las demás criaturas también. Tal vez sea momento de predicar, de lleno y con todas las fuerzas, la dependencia recíproca.

Un mundo complejo se presenta. En él, dudo que el EXIT sea la respuesta. Para nosotros, en Iberoamérica, insistir en la independencia huele a suicidio. Llegamos vivos, pese a todo, tras dos siglos de aducida independencia. Quizás, si nos esperan dos siglos más (al menos), sólo lleguen por la vía de la dependencia mutua.

 

Ricardo Rabinovich-Berkman