SER O DEBER SER, ÉSA ES LA CUESTIÓN

 

Héctor Gonzalo Ana Dobratinich (Argentina)

Segundo Premio, Categoría Docentes,

Concurso Internacional “FICCIÓN Y DERECHO” 2016

(Departamento de Ciencias Sociales, Facultad de Derecho, UBA)

 

 

“Facundo, genio bárbaro, se apodera de su país; las tradiciones de gobierno desparecen,

las formas se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes”.-

Domingo Faustino Sarmiento

 

 

Lucio V. Mansilla ha realizado la gran hazaĖa. La excursión a los indios ranqueles[1], que le ha llevado dieciocho días, es la imagen que representa las nuevas ideas de expansión y consolidación de la República Argentina. Los relatos que van introduciéndonos en ese mundo desconocido, lejano y extraĖo, avanzan al igual que la política del momento bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento[2], autor de “El Facundo”. La obra literaria realizada bajo una forma aparentemente superficial y pintoresca, está colmada de pensamientos políticos, filosóficos y jurídicos, cuentos breves, notas personales y charlas de club. Sin embargo, esa multiplicidad fragmentaria goza de unicidad sobre el modo de observar el universo ranquelino. Esta unicidad no solo se presenta a nivel estético sino conceptual. El autor da cuenta de que aquella dicotomía civilización-barbarie, no está tan acabada y terminante tal como lo consideraban algunos de sus precursores. Mansilla se propone una conciliación de dicha dualidad, al mismo tiempo que profundiza sobre la realidad inmediata que lo acecha y de un modo u otro, lo afecta. Hay una intención clara de penetrar sobre las relaciones humanas a fin de entender la condición del “indio[3] y por sobre todo dejar de negar su realidad. Sus cartas representan “la gran carta” difícil de vencer, la experiencia de haber ido, vivir, observar participativamente e inmiscuirse en el mundo simbólico diferente y desconocido para el relato discursivo oficial.

El militar y escritor Lucio Victorio Mansilla nace el 23 de diciembre de 1831[4]. Su entorno lo obliga implícitamente a continuar dos carreras que sabrá llevar de manera conjunta. Por un lado, la carrera castrense. Su padre fue el coronel Lucio Norberto Mansilla[5], de participación reconocida en grandes acontecimientos bélicos de la historia argentina, entre ellos la Guerra de Independencia o la Batalla de la Vuelta de Obligado. Su madre, Martina Agustina Dominga del Corazón de Jesús Ortiz de Rozas López de Osornio de Mansilla[6], hermana del político y militar Juan Manuel de Rosas, admirada no solo por su belleza, lo que le valió el apodo de “la belleza de la federación”  sino por su activa participación en actividades de beneficencia. Por otro lado, la carrera de escritor. Eduarda Mansilla[7], su hermana, es considerada una de las más destacadas escritoras argentinas del siglo XIX, que le valieron el reconocimiento de personalidades como Domingo Faustino Sarmiento o el francés Victor Hugo.

Estos dos caminos, se verán plasmados de forma superior en su gran obra Una excursión a los indios ranqueles. Claro que entender la escritura en los hombres del 80 (1880) es pensar que no es una actividad que se da solitaria y exclusivamente sino que se conjuga con una multiplicidad de actividades que su autor realiza[8]. No ha de sorprendernos que los escritores también reúnan en una misma persona la calidad de políticos, filósofos, militares, periodistas, profesionales o diplomáticos. La tarea final no es ser escritor, sino que acompaĖa a las otras ocupaciones sociales que están obligados a cumplir, sea en la función política o en las charlas de club.  Esta miríada de estímulos lo llevan al autor a producir texto polimórficos, llenos de una multiplicidad de perspectivas vivenciadas. En este orden de ideas, los viajes van a tener una fuerte impronta, y Mansilla será uno de sus exponentes de ese “hombre de mundo”[9]. Una excursión a los indios ranqueles se gesta a los 39 aĖos del autor, campaĖa que tendrá la duración de dieciocho días pero que tanto a los personajes participantes como a los lectores nos parecerá una historia de meses, aĖos, décadas. La narrativa dócil y suelta, por momentos detenida en explicaciones, hace que nos dejemos llevar por un viaje por momentos amistoso, por momentos amenazante. Un ambiente en el que siempre subyace esa tensión entre lo que pensamos y lo que verdaderamente va a suceder en cada encuentro con los ranqueles. Lo más interesante de esta obra, ya no es el lugar desde donde se escribe o desde donde se narra sino el lugar que ocupa el lector.

 A diferencia de otras producciones literarias en las cuales nos preocupamos por conocer el autor, su contexto, intenciones e ideología, así como la importancia de conocer exhaustivamente todo el espacio narrativo, la escritura de Mansilla interpela al lector. Dependiendo en qué posición se encuentre el lector va depender la lectura que haga del libro. Y ello es así, porque como sujetos aparentemente sociales que somos, el encuentro con una cultura totalmente diferente puede hacernos dejar la lectura a medias, darnos ese frío helado de pavor por lo que pueda llegar a suceder frente a las intenciones ocultas de los ranqueles o esperar en cualquier momento un desenlace totalmente distinto al esperado. El libro nos interpela frente al otro, al cual creemos conocer pero del cual no estamos dispuestos aceptar muchas de sus “incivilizadas costumbres”[10]. El preciso detalle que el autor da a sus relatos nos hace introducirnos en el fantástico mundo de los ranqueles, no solo como lectores sino como sujetos afectiva y sentimentalmente comprometidos.

Una excursión a los indios ranqueles, nos intima no solo como sujetos sociales sino como actores jurídicos. Nos cuestiona hasta donde estamos dispuestos a ampliar nuestras concepciones culturales que indefectiblemente tendrán implicancias jurídicas. Esa dualidad que aún no ha sido superada de civilización-barbarie. En el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, Martín Fierro de José Hernández, o Fausto, Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta Ópera de Estanislao del Campo y Luna Brizuela, esa dualidad temática estará puesta en la figura del gaucho, atomizada por los textos y apoyada en voces de autoridad que exponen: “se nos habla de gauchos... La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos”[11].

En este mismo derrotero discursivo, el Fausto de Del Campo nos dará una translúcida imagen del modo en que construye la figura de un determinado sujeto. Sus líneas relatan la dificultad de poder distinguir lo real de lo ficcional. Las vivencias de los individuos sujetas a estos dos ámbitos sin poder ubicarse exclusivamente en uno solo. La metaficción en la que se envuelve a Anastasio el Pollo y Don Laguna, permitirá dar cuenta de las condiciones contextuales en las que se ven inscriptos los gauchos dentro del saber, el conocimiento, el derecho, el poder y su lugar en la sociedad. Pensar en el gaucho es adentrarse en un universo lleno de múltiples consideraciones y marcado por una complejidad de circunstancias. El punto de vista desde donde se lo mire, va determinar casi obligadamente, el modo en que se lo va tratar. El texto literario plasma un contexto desde su tiempo y espacio, dando cuentas de las múltiples representaciones de todo el entramado social, vertical como horizontalmente. Lo literario no solo se encarga de una mera reproducción o la búsqueda de fines estéticos, sino que en su supuesta imparcialidad, hay habida cuenta de una percepción de la realidad, indisociable de la multiplicidades de espacios y saberes que la intervienen, entre los que podemos citar entro otro al universo jurídico. El Fausto de Estanislao del Campo sobrevuela como un claro ejemplo para entender no solo como se producía literatura sino también como se expresaba el contexto social en términos literarios, al mismo tiempo que lo denunciaba y cuestionaba. Sus líneas no solo exteriorizarán el status quo del momento sino que en muchos casos propondrán nuevas perspectivas de entender los fenómenos contextuales. Es así que el gaucho, se muestra inmerso en un tipo de representación particular, que lo liga y estanca en una determinada forma de comprender su entorno.

La ficción literaria da cuentas de la ficción jurídica, no solo como técnica capaz de ampliar el espectro de cosas comprensibles dentro de su discurso, sino también es reproductora de las relaciones desiguales de poder y dominación. Enrique Marí, expone al respecto “(…) las ficciones suministraban un arsenal de técnicas para eludir los obstáculos que la realidad levantaba frente a las acciones humanas, proporcionando una autentica alquimia, una potente herramienta para transformar la realidad (…)”.[12]

Las ficciones jurídicas como reproductoras de relaciones de poder, insertándose en el mundo del imaginario social y simbólico. Allí el derecho construye sus verdades, marca su legitimidad y establece el espacio de lo justo y lo injusto. Fausto, Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta Ópera de Estanislao del Campo conserva la genialidad de demostrar como ciertos sectores sociales de su época, trasladables a la actualidad, son afectados por derechos que en apariencia pretenden incluirlos y hacerlos participe de una historia en la cual creen ser actores principales, pero en realidad son meros espectadores.

 

Siguiendo este mismo orden de ideas, Una excursión a los indios ranqueles agrega de modo explícito y en profundo análisis el tópico del “indio[13]. Las ideas de progreso se están expandiendo y con ellas las fronteras físicas. Mansilla no trata la realidad desde los cómodos asientos de un escritorio bruĖido, por el contrario habla desde la experiencia y ello es un fuerte acercamiento para conocer las circunstancias de vida cercanas. Más allá de la construcción del relato y el punto de vista que adopte Mansilla, el haber estado ahí le da una voz de autoridad difícil de rebatir. Ya no es la crítica desde la teoría y la denuncia heredada, sino el conocimiento con causa positivas.

Entre la multiplicidad de espacios que trata Mansilla, el jurídico será uno muy importante y destacado. El encuentro entre dos formas culturales presenta un choque en toda la órbita de significados y maneras de representación. No solo se dará una diferencia idiomática, que de por sí ya representa una gran abismo, ni una discrepancia de los modos de convivencia o las divisiones jerárquicas, sino también jurídica. Las diferentes formas de entender el universo jurídico entre los expedicionarios y los indígenas son muy interesantes, no solo porque a mismas situaciones cada cultura encuentra diferentes soluciones normativas sino que también nos cuestionan sobre las posibilidades de fusionarlas o establecer jerarquía entre ellas haciendo prevalecer una sobre otra. Este dilema de poder comprender los diferentes sistemas normativos, de participar en ellos y de su aparente inconmensurabilidad, expone nuestras concepciones frente al multiculturalismo y nos interroga en qué posición nos ubicamos, sea del lado de una aceptación de todo tipo de culturas, un relativismo plural o la negación de diferencias y el sostenimiento de un solo relato absoluto e inmutable desde el cual todos debemos hablar y pensar.

Mucha literatura nos pone en esta gran disyuntiva social y jurídica. Un claro ejemplo de ello es el artículo “Las mutilaciones sexuales en las mujeres. Multiculturalismo y normatividad jurídica” de Alessandra Fachi, en el cual se plantea el dilema por buscar una solución en torno a qué normas jurídicas debe aplicar un determinado Estado sobre personas que mantienen distintas prácticas culturales contrarias a las leyes nacionales.

Francois Ost al inicio de su texto “Júpiter, Hércules, Hermes: Tres modelos de juez[14] describe la profesión del magistrado: “No existe de manera evidente ningún otro modelo de referencia, ninguna otra definición unívoca de una profesión que tienda a volverse tal multiforme y pluralista”.  Al igual que el campo judicial y jurídico definido como “heterogéneo y complejo”, las evoluciones en curso impiden “toda la referencia a la idea de un modelo”. Como vemos, el Derecho tiene parte dentro del nuevo contexto pluri y multicultural en el cual vivimos y en el que el fenómeno de la globalización tiene principal participación como intensificador de la relaciones a nivel mundial, capaz de unir localidades lejanas entre sí generando que los sucesos ocurridos en ellas tengan como causa eventos acaecidos a distancias enormes. Boaventura de Sousa Santos expone que es un proceso a través del cual una determinada entidad local amplía su ámbito a todo el globo y, al hacerlo, adquiere la capacidad de designar como locales las entidades rivales. De esta globalidad, se desprende el análisis en torno a los Derechos Fundamentales que no solo importan un ordenamiento jurídico sino también posturas filosóficas, éticas, religiosas, políticas. Ello atomiza el discurso jurídico, desencantándolo de su monismo epistemológico y su limitada posición positivista. Lo introduce, a la vez bajo la lupa de otros saberes que permitirán dar mejor cuenta de su ubicación e impronta como saber trans y multidisciplinario y generar el interrogante de si estamos ante Derechos universales, objetivos e inmutables o en cambio, nos encontramos frente a un Derecho relativo, cambiante y sujeto a toda la estructura cultural de una determinada sociedad.

Es necesario ubicarnos histórico-temporalmente. Caminamos sobre un siglo XXI cuya destacada característica es la fragilidad de las miríadas de relaciones que se hilvanan en constante regularidad. Del desencantado relato moderno nos han quedado un sujeto descentrado, la liquidez de las relaciones interpersonales, no hay progreso lineal ni entronización de la razón. El sujeto está desfragmentado, las ideas alteradas, han caído los grandes modelos, su cuestiona la soberanía conceptualmente, se deja de lado todo intento totalizador a nivel epistemológico, se cuestionan la igualdad, la libertad y la tolerancia. La realidad se atomiza y complejiza y ello lleva a la dificultad a la que se ven expuestos los sistemas de conocimientos para dar razones de ello. La angustia camusiana de que nada se puede hacer frente a la “potencialidad” en contraposición al “acto racional”. Pero ello no necesariamente nos debe llevar a considerar los acontecimientos como malos. Paradójicamente a medida que se descree en los postulados modernistas se mantiene una fe latente en el papel de la democracia, como cauce hacia la diversidad y la amplitud discursiva, funcionando como elemento de crítica a los postulados que buscan ciegamente últimos fundamentos. Uno de los rasgos del posmodernismo, se caracteriza por la superposición y las interferencias constantes de los juegos del lenguaje, en donde participa, entre otros, un Derecho Posmoderno, como una estructura en red que se traduce en infinitas informaciones disponibles instantáneamente y difícilmente matizables. Son juegos del lenguaje, infinitamente complejos y enredados.

Sostener una atomización de los saberes nos lleva a cuestionar sus utilidades y funciones dentro de todo el entramado social. El derecho no siempre ha sido un saber impoluto y ausente de controversias, al igual que la verdad, la realidad social o la ciencia misma, parte desde los individuos como propia construcción. Es un campo pronto a ser ocupado por los discursos potencialmente homogeneizadores. No es un saber dado apriorísticamente sino una herramienta formada por y para el sujeto que fue desarrollándose a lo largo del tiempo y complejizándose en sus concepciones. Los actores jurídicos no son sujetos desideologizados. Sus intereses, pasiones, sentimientos, se involucran en los actos que realizan, no está librado de esta inyección de poder. Ese gran juego llamado derecho, que parece ser muy utilizado por la gran tribu de Occidente, sigue instrucciones que responden a ese propio “juego de lenguaje”. En el latente campo de batalla se enfrentan por un lado, actores como Alan Sokal y Jean Bricmont en crítica al relativismo cognitivo, sostenedor de la idea de que el pensamiento “pretendidamente racional” es comparable a un mito, narración o construcción social. Consideran imposible poner en el mismo pie de igualdad la medicina científica y las prácticas curativas de ciertas tribus. Por el otro lado, los relativistas culturales pondrán el grito en el cielo acusándolos de etnocentristas que quieren imponer sus propios modos eliminando los pertenecientes a una determina sociedad por considerarlos “irracionales”. Si se sigue una línea wittgensteiniana podría decirse que ambos bandos están en un error, el de querer comparar dos reglas de juego totalmente diferentes. La medicina responde a la ciencia y no tiene interés que su aplicación sea un ritual, lo mismo sucede con el chamán que entiende su ceremonia dentro de su cultura simbólica sin pretensiones de explicación científica. La dificultad de compararlos y establecer qué lugar de importancia ocupa cada una pone sobre el tapete la problemática de la inconmensurabilidad y heterogeneidad entre ellos.

Entender el acto de iniciación a la madurez en tribus africanas como la ablación de clítoris es muy difícil desde nuestra cultura. Ellos indican que se debe a razones culturales, religiosas o cualquier otra alejada de la explicación medicinal. Su discurso permite justificar sus actos mientras que la ciencia médica rechazaría in limine esa práctica. Lo mismo podría suceder con el chamán que mella con una piedra y un cuchillo los dientes de las chicas jóvenes para hacerlas más atractivas y satisfacer a los espíritus en tribus de las Islas Mentawai en Sumatra, poniendo en tela de juicio no solo cuestiones del saber sino también ciertos principios aparentemente inconmovibles, como la belleza. Así podríamos continuar con las tradiciones de la tribu Sateré-Mawé de Brasil y su ritual de la hormiga bala o los indígenas australianos en torno a la ceremonia de la circuncisión.

La pregunta gira en torno a saber dónde está el pomerium de “lo normal”, hasta dónde podemos estirar el dedo y acusar de ilegales, antijurídicas, antihigiénico, improbable o físicamente imposible las actitudes de otras tribus. Al hablar de antijurídico los estamos haciendo desde nuestro conjunto de normas y vivencias respecto a estas. Todos esos conceptos son discursos propios de una tribu que la tribu no maneja, contienen otro discurso desde los cuales interpretan su realidad. Se pone en juego el papel representativo del lenguaje. Michel Foucault dirá “las cosas y las palabras van a separarse. El ojo será destinado a ver y sólo a ver; la oreja sólo a oír. El discurso tendrá desde luego como tarea el decir lo que es, pero no será más que lo que dice[15].

La muerte de un habitante de la tribu Pokot será argumentada por sus congéneres como un acto maligno de un espíritu oscuro. El hecho que nosotros les aclaremos que se debió a una gripe y que con determinado remedio se hubiese curado hace que entremos en un conflicto comunicativo, en donde tengamos que hacer una profunda interpretación del sentido de “medicamentos” y “espíritus oscuros” respectivamente. Se puede sumar a ello, la concepción de ciertas tribus que consideran que las personas no mueren sino que desaparecen. Lo que para nosotros puede ser una desesperación para ellos puede ser una aceptación lisa y llana, porque su cultura modela su forma interpretativa. El significado no se confunde con el referente, o con el objeto designado, sino con una definición aceptada o convencional en el sistema de la lengua. Para comprender lo que significa un término ya no basta con saber a qué se refiere, hay que conocer, la lengua en la cual se pronuncia, y en última instancia, ser hablantes de la misma: en resumen, participar de una cultura. Los indígenas yamanas de Tierra del Fuego tienen un verbo para hablar de las cosas que se rompen  y otro para hablar de las cosas que se pierden. Cuando un animal muere, ellos dicen que se rompe, cuando una persona muere dicen que se ha muerto. Sería una ilusión etnocéntrica: para nosotros se trata de un mismo hecho, mientras para ellos se trata de dos hechos diferentes. El mundo “real” está determinado por lo hábitos del lenguaje que orientan nuestras interpretaciones de los hechos.

El Derecho como discurso no solo desprende elementos instrumentales o de forma que hacen hincapié en la completitud y consistencia normativa, sino que en él también juegan otros tipos de elementos como la historicidad, la ideología y el poder. Las problemática en torno al derecho y su papel, es decir, sus funciones se deben al esfuerzo y participación de otros saberes que intersectan el saber jurídico. Ejemplo de ello lo hace la sociología y la antropología jurídica que dan cuenta que más allá de los fines conservadores y protectores, se entrevé el progreso, la transformación y la injerencia de la totalidad social. Se constituye así, un saber que se despliega como intersección de múltiples conocimientos. El caso más demostrativo en este campo, cuenta con un intenso trabajo socio-antropológico participante, realizado en el barrio tugurial Pasárgada de Río de Janeiro en Brasil por Baoventura de Sousa Santos[16]. Pasárgada es una población densamente poblada de Rio en la que se ha establecido una compleja red de relaciones sociales entre sus habitantes y en la comunidad como un todo, las cuales tienen origen en contratos y demás negocios jurídicos, tal como el derecho real a la tierra. Ello lo asemeja análogamente a las relaciones jurídicas del derecho oficial brasilero. A la luz de este, las relaciones establecidas al interior del barrio son ilegales y jurídicamente nulas. Pero tales, son consideradas plenamente legales al interior de la comunidad en donde se ha ido generando una práctica y un discurso jurídico diferenciado. Es un derecho paralelo, no oficial  con una intensa interacción, al margen del sistema jurídico estatal.  Es válida solamente la interior de la comunidad  y su estructura normativa se asienta en la inversión de la norma básica (gurndnorm) de la propiedad, a saber, la ocupación ilegal se transforma en posesión y propiedad legales. Su control es llevado a cabo por la asociación de moradores, quienes ratifican las relaciones jurídicas y resuelven las disputas que surgen de ellas. El discurso jurídico de Pasárgada, no reside en la aplicación lógica e univoca de las normas sino que son la aplicación gradual y progresiva de varios elementos aportados por las partes y por la comunidad como es el caso de los vecinos. Si bien hay una referencia al “derecho del asfalto” como intento de dar un marco de normatividad.  La participación del “auditorio relevante” se hace patente en los instrumentos retóricos, tales como referencias bíblicas, lemas, índices. El derecho oficial solo se utiliza como forma organizativa del discurso. Hay un uso de un lenguaje técnico popular en donde no solo se tiene en cuenta lo que se dice sino también lo que se calle. Santos indica que éste lejos de ser un vacío caótico, es una realidad comunicativa estructurante.

El presente caso plantea una serie de interrogantes importantes en torno el “multiculturalismo jurídico”. En primer lugar, nos interpela sobre el modo en que se debe tratar a los derechos extra-oficiales, frente a la dificultad de ser reducidos analíticamente con el fin de liberarlos de connotaciones ideológicas, con el peligro de occidentalizar y distorsionar los estudios empíricos y las posibles soluciones jurídicas al caso; o acaso, se deben utilizar los conceptos y categorías nativos de las sociedades en las que se proyecta el derecho. Por ello, se hace necesario superar el debate de que es el derecho, que es el objeto derecho. A ello se le suma la controversia de nivel antropológico en cuanto se plantea la controversia de establecer si en todos los pueblos, cualquiera sea el grado de su “primitivismo”  existe derecho o no. Ante este panorama, debemos indicar dónde ponemos el límite, lo que está bien y mal, lo correcto e incorrecto, lo verdadero y lo falso, en resumen, lo legal de lo ilegal. Al preguntarnos esto hacemos aparecer los valores, la ética, los principios que marcarán los límites de lo que se debe o no hacer, decir o callar.

Se deben cuestionar los límites que establece el racionalismo, como causa de restricciones unilaterales de los modos de conocer. En el pluralismo cultural se da una postura abierta y flexible, no hay postulados mejores ni peores a los cuales deba aspirar la humanidad. No se pueden despreciar como inútiles sistemas de creencias como la astrología o la medicina alternativa, a los que atribuye un estatus equiparable al de otros, como la ciencia misma. Sosteniendo la concurrencia de elementos no racionales y extra-científicos en la construcción del conocimiento, siendo inexistente el dominio de un único derecho y equiparándolo junto con otros, como la religión, la magia o la mitología. Todas ellas serán partes comprensivas de la tradición, a saber, como un conjunto de actividades colectivas que dan sentido a quienes las practican.

Las sociedades establecen los puntos de partida desde los cuales van a entender y comprender la totalidad que los rodea, sea de manera material personificada en una deidad tal como el caso de los babilonios en la figura del dios Nabu o de forma inmaterial como lo es razón.

En esa postura democrática tolerante encontramos la posibilidad de hacer más participativos a los individuos dando más y mejores herramientas de análisis frente a cualquier situación. Juega un papel muy importante la democracia dentro del discurso jurídico. Este último, constituye e interpela, ambos elementos de pertenencia a la dimensión ideológica.

El Derecho intenta vana e “irracionalmente” buscar una solución en la que pueda contener a todos sus hijos constituidos mediante la interpelación. Pero sin embargo, no todos son sumisos, algunos rebeldes extranjeros no entrarán en la burbuja conceptual, sea porque religan a un dios distinto, porque no se sienten parte del rompecabezas estatal, porque si bien buscan nuevo suelo conservan viejas costumbres. Para ello el Derecho se vale de mecanismos de disciplina, sutiles, opacados, silenciosos, que ocultan los procedimientos. Es la dualidad de la alusión/elusión en una sociedad de la normalización. Los rebeldes extranjeros desconocedores del derecho oficial monopolizado, que no hablan en el mismo idioma deben ser corregidos mediante un proceso de culturización jurídica mediante mecanismos que no impliquen coerción directa sino sutiles elementos de orden. Caso de ello se observa en el principio de la no-ignorancia de la ley; esto es, del principio de que la ignorancia de la ley no puede invocarse para disculpar el comportamiento contrario a sus determinaciones obligatorias. Se obliga al ciudadano el conocimiento del derecho que desconocen. El Dr. Carlos María Cárcova indica el papel de “los hacedores, guardianes y aplicadores de la ley de masas populares cuya ignorancia (el secreto) de la ley es un rasgo de esa ley y del propio lenguaje jurídico. La ley moderna es un secreto de Estado[17]. Este desconocimiento normativo se expresa en el monopolio del saber encriptado, lenguaje cerrado y rituales engorrosos. Es necesaria la opacidad para que el poder pueda desenvolverse en silencio sin ningún tipo de cuestionamiento.

Es necesario pensar las categorías jurídicas desde el Derecho ya que de allí podremos entender como se trata aquello que participa o no del relato. El discurso jurídico construye una red de significaciones en la que todos quedan atrapados en donde le indica que hacer o no, que decir y que callar. Se presenta como discurso hegemónico dispuesto aplicarse sobre las diferentes relaciones sociales, aún aquellas que no se sienten parte integrante del discurso, el Derecho las nombra, las resignifica y le da un “lugar de contención” dentro de su hogar de control. Muchas sociedades conviven  entre un derecho ancestral y un derecho moderno, a causa de los procesos migratorios, las sociedades multiculturales, la nueva lex mercatoria internacional que generan conflictos normativos así como exigen nuevas categorías conceptuales para su comprensión y contención. Órganos estatales, son los encargados de delimitar el alcance de las fronteras conceptuales, las palabra marca los límites políticos. Ta les el caso de la Corte Constitucional al momento de establecer las intenciones normativas de aplicación. El texto “Yo, Ovidio González Wasorna,... y el mito de la protección constitucional del derecho indígena[18] permite observar cómo se este órgano construye el instituto del “aborigen” y para ello va a echar mano de todo los discursos que refuercen y den legitimidad a su construcción, como la ciencia. El discurso jurídico designa las facultades y los límites de expansión de las comunidades aborígenes. La inconmensurabilidad cultural se ve reducida a una simple resolución capaz no solo de entrometerse y ordenar sus vidas de modo obligatorio, creyéndose necesaria, sino también de desconocer la fuerza histórica que poseen dichos grupos. En la pretendida libertad otorgada, la norma y su interpretación resignificante, lo que verdaderamente ha hecho es limitar el radio de acción de las comunidades aborígenes. La paradoja es que se piensan en la libertad desde la opresión.

De esta última, desprendemos nuestro punto de análisis. Las relaciones sociales desde el Derecho nos interrogan sobre el papel que cumplen la igualdad y la diferencia. A hablar de emancipación lo hacemos, no como la eliminación de la diferencias sino como la afirmación del carácter constitutivo de la diferencia. Es la pugna entre universalismo (derecho humanos) y particularismo (diferencias étnicas). El pensador argentino Ernesto Laclau indica que universal y particular es insalvable, “lo que equivale a decir que lo universal no es más que un particular  que en algún momento ha pasado a ser dominante[19]. No hay política neutral ni solución que alegre completamente a todos, tampoco se trata de buscar una moral universal sino que construir prácticas democráticas  supone creencias y discursos compartidos. La democracia carece de último fundamento lo que hace que se preserve como democrática, siempre está abierta a la revisión y al cuestionamiento. El disenso y el consenso son elementos necesarios. El derecho forma parte de esta búsqueda de solución y ello está en resignificar la noción de igualdad. Que el derecho nos interpele y nos constituya como “sujetos”, nos deja librados a una generalidad que desconoce el terreno en donde se está parado. Nos iguala y con ello nos amalgama a las miserias o a situaciones que no nos tocan de cerca. Es necesario, en cambio, que se nos asegure la igualdad de los diferentes, en la oportunidad de participar en la decisión de “cuales diferencias” son relevantes.

El gran problema de las “realidades” que el discurso jurídico constituye reside en que marca las diferencias entre una cultura y la otra al mismo modo que establece jerarquía entre ellas. Es el acto de poder que constituye las identidades y forma relaciones sociales en desmedro de otras. El derecho atravesado por el poder, no es un conjunto de normas correctamente encajadas sino que hacen presentes otros discursos, como el moral, el xenófobo, el de la diferencia, el de la razón iluminista.  Todo ello acompaĖado de mecanismos e instrumentos que articulan el fácil cause de las intenciones de poder. Que el derecho pretenda conservar “la identidad nacional” no es una marca definitiva de fundamentos ontológicos, objetivos e universales sino que responde a construcciones atravesadas por el poder, en donde posiblemente se esconden políticas de migración, por ejemplo. La afirmación de la igualdad lleva consigo la negación de la diferencia, ocultas en soluciones políticas que se proponen[20].

Tal como lo expone la Dra. Alicia Ruiz[21], no podemos limitarnos a la reproducción del discurso iluminista que convirtieron en falaces descripciones del mundo a las ficciones constituyentes del imaginario democrático. Se debe por el contrario, construir desde la “diferencia” una propuesta de ciudadanía que incluya la diversidad sin pretensiones hegemónicas, que tienda a la emancipación y a la no regulación. Es importante el modo en que organizamos los relatos y el uso de los criterios de interpretación para conocer los hechos. La articulación norma y hecho no es neutral y el modo en que vinculemos estos dos fenómenos es crucial para enfrentar toda forma de dogmatismo. Pensar el derecho para la multiculturalidad innegable, importa revisar las piezas centrales del montaje jurídico.

Entender la multiculturalidad no es solo traducirla en términos de xenofobia, de migración o minorías nacionales sino que es entender la afectación que sentimos por la proximidad de los distintos, del “otro” que se nos instala y a su vez nos interpela. Es también la exclusión social, los miedos, el rechazo, en definitiva, el otro más cercano. Sin embargo surge el vacío de comprender, la indeterminación y la impostura por la falta de ubicación desde el punto del cual debemos partir. La angustia camusiana de saber en qué atril está sentado el verdadero conocimiento como lo fue para los egipcios el erudito Imhotep. El hombre nace moldeado en la cultura en la que nace, sujeto a enseĖanzas y experiencias de vida. Lo que hace que mantenga para sí ciertos principios sobre los cuales no va a renunciar. Dichos fundamentos van a ser capaces de adquirir cierto consenso dentro de una determinada comunidad, gozarán de regularidad.

Como hemos dicho, este punto de partida epistemológico, se inserta en el mundo jurídico es pasible de aplicación y elemento que permite la apertura del derecho frente a la realidad social que le demanda respuestas aplicables efectivamente, y no mediante formulas tabuladas que continúan inmovilizando el método y pretendiendo poner al “ius” bajo un cuidado aséptico de todo saber proveniente de un vulgo primitivo y salvaje. Aferrados a estos pensamientos, pensamos desde la dualidad en la que se ha estructurado nuestro pensamiento y ha invadido en planos que van desde el multiculturalismo o el trato de la sexualidad. Frances Olsen en el “Sexo del Derecho[22] demuestra como los hombres desde pares opuestos han proyectado la identidad y han dominado y definido a lo largo de la tradición a las mujeres.  Esa luz racional que se expande e ilumina todo, da muestra de una imposición llevada a cabo desde el binomio poder/saber[23] a través de medios visibles cuya externalización pueden provocar el descontento. La administración de la sociedad por parte de estos legisladores que establecen la verdad, lo que es así y debe propagarse, marca los pares opuestos que son necesarios ya que con dicha dualidad indicarán el lugar de cada uno en el espacio delimitando así la línea en las que tendrán “razones suficientes” para aplicar su dogma correctivo: conocimiento-ignorancia, razón-salvajismo, blanco-negro, bueno-malo, nacional/extranjero. Desde todos los ámbitos aparece un poder fluctuante que establecerá los cánones desde el lugar de donde se hable y que se encontrará en soledad si no hay un aparato que sostenga su discurso sobre pilares como el conocimiento, el mercado, personas calificadas y con autoridad para hablar, el regreso a concepto tranquilizadores, un universo de individuos que comparten sus ideas, metodologías expuestas como exactas, la auto-autentificación. El modo de cómo encarar y saber qué es lo que estamos conociendo verdaderamente o lo que se nos propone no puede ser hecho sin el “otro”. Esta construcción es social pero diferente de una modernidad ilustrada que no concebía una conversación de igual a igual sino que dejaba caer un yunque pesado cuyas ondas expansivas se propagaban sin límites a costa de miseria, desigualdad o hambrunas. Ese “otro” representa la conversación desde la cual se habla,  comunica,  e interpreta que es lo que está sucediendo en la relación poder/saber en la que estamos y en la que también participan, muchas veces de modo opuesto, otras sociedades.

El poder surge desde abajo hacia arriba y en las situaciones micros de la sociedad. Es en los escenarios cotidianos en donde se observan las situaciones estratégicas de dominación. Se hace una obligación una conversación sin trabas, por la tolerancia, por evitar la hipertrofia de las expectativas, saber quitar el velo ante discursos que parecen ser simples y son aceptados por un público apático que los considera “simpáticos” cuando en realidad dan muestra de elementos como: consumo excesivo, gente selecta, lugares seguros, exclusión.

La importancia de la praxis. Siempre presente en el Derecho como medio de cambio, como opción política. Puntapié para generar ámbitos de reflexión, pero ello no será así mientras todo quede en hojas. Se debe impulsar un derecho social, entendible, palpable, que llegue a grandes públicos con perspectivas de amplitud participativa. Esa apertura desde la cual “Mansilla nos enseĖó definitivamente que detrás del mundo de las formas, figuras y apariencias que constituían la armazón esquelética de la sociedad y civilidad argentinas, perduraba un mundo real, hondo y denso -aunque escondido y replegado- de ímpetus telúricos y de fuerzas primitivas poderosas, que sin embargo pretendía ser negado e ignorado por la ficciones dominantes[24].

Esta perspectiva y posición epistemológica nos insta a deconstruir el concepto de cultura. Desde el análisis de los testimonios y discursos coloniales (entiéndase por “colonial” no solo las prácticas de siglos pasados sino las actuales), se observa cómo éstos son intervenidos constantemente por perspectivas poscoloniales surgidas desde minorías participantes en todas las sociedades. Dichos testimonios y concepciones están activamente influenciados por discursos ideológicos de la modernidad, enmarcados en perspectivas que intentan darle un cierto marco de normalidad. Se pretende un trato homogéneo, en un contexto signado por el desarrollo desigual y caracterizado por la participación de una multiplicad de pueblos y comunidades, los cuales nos solo comprenden a etnias minoritarias asentadas en “perdidos lugares del territorio argentino”, sino también a grupos que nos son más cercanos en nuestra realidad diaria. Son los sujetos ocultos, los raros, los que no participan, en definitiva, los que se “invisibilizan” sin dejar que participen en el entorno. Es por ello que en este contexto, todas las posibilidades de cambio y establecimiento de nuevas perspectivas emancipadoras, no se pueden seguir pensando desde discursos que parten del mismo marco teórico impuesto por el discurso dominante, sino que requiere una reestructuración y un cambio radical de las concepciones y símbolos en la cultura.

El signo cultural está vacío de contenido, no responde a un esencialismo apriorístico sino que es un espacio de indeterminación en donde los discursos en pugna buscan poner sus propios límites de significación. Lo interesante del enfoque de esta categoría, es que ya no se observa el discurso desde un plano meramente formal, como un estudio de reglas, principios y mecanismos necesarios y propios del uso lingüístico como elementos de organización y constitución de un texto. Sino que sumado a esta complejidad estética, hay un plano material, difícilmente asequible desde un análisis gramatical, sintáctico o fonológico. En este último plano intervienen los aportes de la semiología, la teoría del discurso, la semántica, el estudio de la aporía, la clausura discursiva, la intencionalidad textual o el análisis de los conceptos cerrados totalizadores, entre otros. Todos estos instrumentos serán necesarios para poder deconstruir los mecanismos utilizados en y por la cultura, en un contexto geográfico-temporal determinado.

La cultura dominante es quien argumenta, es productora de sentido y valor, con pretensiones ahistóricas e intenciones de una supuesta normalidad necesaria e ineludible. Ello conduce a que todo discurso minoritario emergente, no pueda apoyarse en el pasado, tener viabilidad en el presente ni proyecciones futuras. La ruptura o emancipación de la identidad cultural, se hace imposible. Esta se ve representada en el marco conceptual dominante, sin posibilidades de emancipación simbólica alguna que permita una transformación cultural y una perspectiva propia de su identidad.

En este sentido es muy interesante el cuestionamiento que realiza el teórico Homi K. Bhabha[25] sobre el cómo y el que de la cultura, es decir, la producción conceptual. El discurso cultural interviene activamente y refunda constantemente la transformación y conservación de la identidad cultural que se pretende sostener. Es un mecanismo importante que sirve de pilar a toda una construcción de sentido hegemónico.

Esa indeterminación o “ubicación híbrida” como lo llama Bhabha, interpela a la crítica poscolonial, y la obliga a estudiar y analizar espacio-temporalmente la narratividad contenida en la cultura, en un campo dispuesto a ser ocupado, pero no libre de controversias, pugnas de intereses, transacciones de ideas y una miríada de pretensiones. Una de las grandes dificultades, se presenta en saber si es posible pensar en una ruptura del discurso moderno que ha establecido y propagado sus objetos de conocimiento, produciendo con ello un monismo cognoscitivo difícil de corroer externa y críticamente. Los límites del conocimiento cultural van a ser las bases desde las cuales se va a poder entender la cotidianeidad de la identidad. Sin embargo ello no es imposible, porque el signo está así presente, indeterminado y dispuesto a ser ocupado. Los relatos del pensamiento se han, y aún hoy son cuestionados por sus características potencialmente hegemónicas, dispuestas a ocupar el espacio discursivo que queda virginal en la palestra social. La autoridad del discurso, aquella que el discurso establece y desde la cual el discurso se conserva, es el supuesto derecho de un sector iluminado capaz de entender la totalidad cultural en desmedro de los otros sectores, considerados contingentes, oportunistas y cuya absorción al cuerpo social no solo es necesaria sino que también se hace obligatoria.

Los significados pueden ser desplazados desde el lenguaje, que nombra, interpela, constituye y construye identidades propias. Surge así, a decir de Bhabha, el “derecho a significar”. Es interesante el cambio que realiza el autor, porque al establecer esta categoría, al decir “derecho a…”, nos muestra otra perspectiva que influye directamente en el ámbito de la acción. El poder de la palabra reside en el poder de la acción. Al entender que la significación es un derecho, se nos está indicando que, en cada acto del habla, tenemos activa participación en la constitución de identidades culturales, como un proceso abierto a la injerencia de múltiples opiniones. Ello corta transversalmente toda una perspectiva epistemológica sostenida desde la modernidad, basada en la significación como obligación, es decir, como repetición autómata de las representaciones conceptuales, que se consideraban cerradas y universales. El uso de la palabra es el que permite imprimirle la orientación que se desee. Cado sujeto interviniente debe interpretar el mensaje desde su posición y con las implicancias que le ha impuesto el contorno.

El papel que cumple la palabra desde la autoridad le permite encapsularse y protegerse en el espacio del significante. El sociólogo belga Armand Mattelart indica en torno a ello que “quien maneja las palabras maneja el mundo[26]. Tampoco debemos pensar que bajo estas perspectivas el terreno comunicativo sería imposible, dado que cada sujeto responde y posee una realidad complejamente diferenciada de otros que hace imposible toda interlocución. Sin embargo debemos comprender que aquellos sonidos que emitimos y hemos dado en llamar lenguaje, posee una genealogía cargada de poder, de fuerzas en pugna, historia, transformaciones etimológicas, recursos lingüísticos y no son el resultado de simples y arbitrarias creaciones o instrumentos apriorísticamente ínsitos en el sujeto. En torno a ello, Jorge Luis Borges y su capacidad de abarcarlo todo en pocas líneas, hacia el segundo párrafo de su poema “Un escolio” del libro “Historia de la noche[27], expone: “Homero no ignoraba que las cosas deban decirse de manera indirecta. Tampoco lo ignoraban sus griegos, cuyo lenguaje natural era el mito. La fábula del tálamo que es un árbol es una suerte de metáfora”.

Pensar desde una perspectiva crítica es iniciar la indagación, separándose del antagonismo fundante de la ilustración, en donde el punto de referencia se ponía en concepciones pretendidamente objetivas como motor colonizador, en toda referencia temporal, búsqueda de continuidad, progreso y deseos de humanismo.

El análisis poscolonial pretende dejar de lado la pretensión de un punto de observación privilegiado y normal, como patrón racional occidental que marque la dualidad y lo diferencie de lo externo, “lo otro” problemático y anómalo. La nueva perspectiva poscolonial planteada no denuesta la dualidad con la que carga desde la modernidad, pero tampoco puede hacer su análisis desde dichas categorías. Debe en cambio, intervenirlas con nuevos instrumentos que permitan dar cuenta de las intenciones acalladas en dicha dualidad. Ello le permite salir de la búsqueda de justificación y apoyo en una “sociedad en común”, de corte moderno-iluminista. La resignificación de las identidades culturales no buscan el fundamento esencialista de una humanidad global y acabada, sino que construyen dicha humanidad buscando el reconocimiento de cada una de las identidades culturales que en dicho proceso participan.

El proceso de significación de la identidad, hace necesaria su aplicación sobre todos los intersticios del discurso cultural. En este sentido Bhabha propone analizar este proceso de traducción que se expande en todos los niveles en donde participa activamente el lenguaje. Este último tiene un papel cardinal en el proceso del conocimiento cultural y de cómo es posible establecer una nueva narratividad que se aleje de una pedagogía de nominalización imperialista para librarse de todo intento de objetivización y totalización del conocimiento. La función debe ser pragmática, productiva, libre de todo nombre e imposición de categorías. Atomizar los relatos, ampliar el centro, el signo, llevando ello consigo la posibilidad de mantener constante el derecho a significar y traducir la pluralidad de identidades. Es un proceso que no tiene pretensiones de final ni de ser un dispositivo cerrado, sino que se procura establecer el discurso de la diferencia puesto a la revisión constante sin un único vinculo con el pasado como justificativo necesario del presente.

En toda narratividad de la identidad cultural, los conceptos intervinientes llevan consigo impresos horizontes de sentido, entre ellos la humanidad. Ello permite la particularidad de pensar las identidades como un proceso acabado y de establecer límites que demarquen “lo otro”, lo que me es ajeno.

Desde la categoría de la identidad cultural como traducción, se piensa la otredad como aquello que participa en el proceso de formación de la sociedad, estas “parcialidades” o “minorías” tienen una activa participación en la construcción de sentido. Sin embargo, en ese proceso participativo quedan afuera. Su misma implicancia, las alejan de su participación. Ello pone sobre el tapete a las identidades, tanto en la forma en que ellas se conocen, como en la forma en que son re-conocidas. Desde ciertos tópicos discursivos, se pretende dar entidad a estas formaciones sectoriales como si dicho acto fuese la iniciación para participar en el juego de una determinada cultura. Las leyes las reconocen y con ello queda la tranquilidad de tenerlos encuadrados en un determinado espacio. Pero este acto de reconocimiento legal-nominal, no está libre de controversias e implicancias ideológicas. El hecho de que una nominalización las constituya, hace que entren a formar parte de todo un entramado de conceptos que deben aceptar y desde los cuales pensar y actuar. Es la aceptación obligada de un contrato de clausulas cerradas.

La construcción cultural dominante tiene como correlato oculto, la destrucción o eliminación de las minorías que no constituyen parte del todo cultural, estatal o nacional. No necesariamente hay una eliminación física de las mismas, entendiendo la desaparición geográfica, sino que en ese proceso de nominalización. El hecho de no nombrarlos los elimina del discurso, lo que implica la no participación activa en decisiones sociales y su constante estigmatización.

El lenguaje constituye, crea sentido y realidades. El derecho a nombrar entra en pugna con el “derecho de las minorías”. Para poder establecer que es una minoría, primero debe definirse, y quien domine el discurso podrá repartir entidades a discrecionalidad. Esta discrecionalidad no será infundada, sino que responderá a intereses de la autoridad reconocida para nombrar, aquella que considerará que minorías “son acordes” con los lineamientos establecidos. En este sentido, Bhabha indica que “la lealtad forma parte de la definición (mismas) de minoría”. Es decir, serán llamadas “minorías” aquellas que sean nombradas por y desde los intereses del discurso político dominante, mientras que las que quedan por fuera del circulo narrativo, no serán reconocidas como tales, esperando paulatinamente su desaparición discursiva y física.

La identidad de las minorías se ve amenazada por el mismo “reconocimiento de identidad” desde las representaciones políticas dominantes. Este reconocimiento no siempre trae consigo la diferencia y la participación activa en la toma de decisiones de todos los grupos intervinientes en la cultura. Se hace necesario así, destacar la importancia que tiene la identificación de un “ellos” como condiciones de posibilidad de un “nosotros”. La problemática se genera con aquellos que constituyen minorías desde el discurso dominante, aquietando su relevancia en la pugna por los derechos. Al igual que el signo, se encuentran en el medio, híbridos, indeterminados entre su reconocimiento individual y la participación grupal. La oscilación del grupo entre la individualización y la unión al grupo, obligan a “traducir a la humanidad”. Lo que en un principio se pretendió racionalmente definido, hoy demanda una apertura a las emergentes minorías. Es una producción, un acto constante de representación que demanda ampliar el marco de referencia y ubicar en el grupo político las nuevas identidades. Se atomiza, y es necesario que sea así. Su definición será posible en cuanto se la entienda conformada por otros grupos que ella misma ha categorizado.

La humanidad ha creado a su propio monstruo, y lo más interesante, es que ella misma se asusta por su proximidad y cercanía que se le instala y a su vez la interpela. Argumenta desconocerlo, mientras ese monstruo, le demanda en todo espacio y tiempo, el reconocimiento de su paternidad.   

 

“-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-ņEstás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado”[28]

 

 

 

Arnoldo Borges



[1] El 20 de Mayo de 1870, Lucio V. Mansilla publica la primera de las “cartas” sobre la excursión a las tolderías ranquelinas.

[2] Domingo Faustino Sarmiento, presidente argentino durante el período 1868-1874.

[3] Mansilla utiliza el término “indio” para referirse a los Ranqueles.

[4] Buenos Aires, 23 de diciembre de 1831 - París, 8 de octubre de 1913.

[5] Político y militar argentino (Buenos Aires 1 de marzo de 1792 - 10 de abril de 1871).

[6] Buenos Aires, 20 de enero de 1816 - 29 de agosto de 1889.

[7] Escritora (Buenos Aires, 11 de diciembre de 1834 - 20 de diciembre de 1892).

[8] Véase: FUCITO, Felipe; La crisis del derecho en la Argentina y sus antecedentes literarios. Un enfoque sociológico, Capítulo VI - La llamada “generación del 80”, segunda parte, pp. 239-283, Buenos Aires, Editorial Eudeba, 2010.

[9] MANSILLA, Lucio V.; Diario de vieja a oriente (1850-1851) y otras crónicas del viaje oriental, Buenos Aires, Editorial Corregidor, 2012.

[10] En el capítulo nľ 36 de Una excursión a los indios ranqueles, Mansilla da cuentas de las “Costumbre de los indios” que ponen en jaque los conceptos de civilización-barbarie. En los ejemplos, recomendamos ver lo concerniente a los derechos de las mujeres ranquelinas (pp. 309-311).

[11] Carta de Domingo Faustino Sarmiento a Bartolomé Mitre fechada el 20 de septiembre de 1861.

[12] MARÍ, Enrique Eduardo; La Teoría de las Ficciones, Editorial EUDEBA, Bs.As. 2002, p. 266.

[13] Véase: FUCITO, Felipe; “El indio en la literatura de la época. Lucio Victorio Mansilla”, en La crisis del derecho en la Argentina y sus antecedentes literarios. Un enfoque sociológico, Capítulo VI - La llamada “generación del 80”, segunda parte,  pp. 270-283, Buenos Aires, Editorial Eudeba, 2010.

[14] OST, Francois; Júpiter, Hércules, Hermes: tres modelos de jueces, Academia, Revista sobre enseĖanza del derecho, aĖo 4, número 8, 2007, págs.101-130. http://www.derecho.uba.ar/publicaciones/rev_academia/revistas/08/jupiter-hercules-hermes-tres-modelos-de-juez.pdf (visto 14/04/2016).

[15] FOUCAULT, Michael; Las palabras y las cosas, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI editores, 2008.

[16] DE SOUSA SANTOS, Boaventura; Sociología jurídica crítica, Madrid, EspaĖa, Editorial Trotta 2009.

[17] CÁRCOVA, Carlos M.; La opacidad del Derecho, 2da. Edición, Madrid, Editorial Trotta, 2007.

[18] DUQUELSKY, Diego; “Yo Ovidio González Wasorna y el mito de la protección constitucional del derecho indígena”, en Materiales para una teoría crítica del derecho, A.A.V.V., 2ľ edición, Buenos Aires, Editorial Abeledo Perrot, 2006.

[19] LACLAU, Ernesto; Universalismo, Particularismo y el tema de la Identidad, pág. 44. Extraído del link: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:filopoli-1995-5-1C777F7B-79B6-19D3-B6B9-B7F90B382C27/universalismo_particularismo.pdf

[20] Véase: Diario CLARÍN, 09/04/2009, Muro y polémica: divide dos municipios para proteger un barrio, link:

http://edant.clarin.com/diario/2009/04/09/laciudad/h-01894188.htm. Diario LA NACIÓN, 08/04/2009, Disputa por un muro entre San Isidro y San Fernando, link: http://www.lanacion.com.ar/1116460-disputa-por-un-muro-entre-san-isidro-y-san-fernando. Diario PÁGINA 12, 08/04/2009, La muralla contra los pobres, http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-122845-2009-04-08.html.

[21] RUIZ, Alicia; Derecho y derechos: una sociedad multicultural en Idas y vueltas por una teoría crítica del derecho, Facultad de Derecho UBA-Editores del Puerto, Buenos Aires, 2001.

[22] OLSEN, F.; El sexo del derecho, Nueva York, Pantheon, Editorial David Kairys, The Politics of Law, pp. 452-467. Traducción de Mariela Santoro y Christian Courtis, 1990.

[23] FOUCAULT, Michael; Vigilar y castigar, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI editores, 2008.

- Genealogía del racismo, Buenos Aires, Editorial Altamira, 2000.

[24] GUGLIEMNINI, Homero M.; Mansilla, Buenos Aires, Editorial Ediciones Culturales Argentinas, 1961.

[25] BHABHA, Homi K.; Nuevas minorías, nuevos derechos, Buenos Aires, Argentina, Siglo veintiuno editores, 2013.

[26] Véase: ZAMBRANO, Ela; Armand Mattelart: Quien maneja las palabras maneja el mundo, El Universo. http://www.eluniverso.com/2004/08/01/0001/261/EC4CD34F37B549B3BB9F5D051397B608.html  (visto el día 14/04/2016).

[27] BORGES, Jorge Luis; Poesía Completa, Libro Historia de la noche (1977), Buenos Aires, Argentina, Editorial Debolsillo, 2013.

[28] CORTAZAR, J.; Cuento Casa Tomada, Libro Bestiario, Buenos Aires, Alfaguara, 2004.