Editorial

EN EXTREMO PELIGRO DE EXTINCIÓN


            Que un país de amplia mayoría cristiana, míticamente creado por un grupo de protestantes a bordo de un buque que los salvaba de una persecución por razón de credo, en el contexto de una larga y complicada guerra (a la que ambas partes buscaron dar, con gestos y discursos, un sesgo religioso), lance una bomba colosal un Jueves Santo, conlleva un profundo y doloroso simbolismo.

Si esa bomba lleva escrito “MOAB”, las tristes metáforas crecen. “Mother of all bombs (“madre de todas las bombas”) es un nombre que irónicamente recuerda la llamada de Saddam Hussein a la “madre de todas las batallas” (“umm al-maharik”) en 1991. Aunque resulta plenamente falso (no es la generatriz de otras bombas semejantes ni tampoco la más potente), sus siglas coinciden con el nombre del país bíblico vecino de los hebreos. ņPodría a un pueblo tan lector del Buen Libro como el estadounidense habérsele pasado por alto semejante identidad? Más lógico es asumir que fue deliberada.

Los moabitas habrían sido (aún los envuelve el misterio) una etnia habitante de Canaán, la región que hoy se conoce como Palestina en un sentido amplio. Según la tradición bíblica del Éxodo, los moabitas fueron desplazados de su asentamiento, localizado dentro de la “tierra prometida”, hacia el Este, del otro lado del Mar Muerto. Si se prefiere considerar a los hebreos como un grupo cananeo originario, la gente de Moab podría ser casi idéntica, étnica y lingüísticamente, a la de Israel, y la diferencia fundamental sería la religiosa, pues al parecer se mantuvieron politeístas. Los hebreos eran conscientes de esa similitud, probablemente, porque consideraban a los moabitas descendientes de Lot (sobrino del patriarca Abraham) y una de sus hijas (Génesis, 19:37). Más aún: la más famosa hija de Moab habría sido la fiel Ruth, viuda de un hebreo y luego esposa de otro, Boaz, con quien habrían tenido a Obed, abuelo del mismísimo rey David (que portaba, entonces, una parte de “sangre” moabita).

            A nadie escapan los muchos parecidos entre los moabitas bíblicos y los “palestinos” actuales. En sí mismos, y en su relación con los judíos, especialmente los del Medio Oriente (tan “palestinos” como sus vecinos musulmanes y cristianos). Es decir, los que estaban en esas tierras cuando se inició la movilización sionista, que trajo a la región, fundamentalmente, asquenazis (israelitas provenientes de Europa Central y Oriental). Es común, dentro del sarcasmo necrófilo que rodea las guerras, colocar en las bombas mensajes (recuérdese el tristemente célebre acrónimo “JANCFU” de la atómica lanzada sobre Hiroshima) o referencias irónicas al objetivo. ņHabrá algo de esto en la referencia a Moab?

Esperemos que no, porque sería horroroso. Pero la duda, hiriente, está allí.

            A la obscenidad de lanzar una bomba de terrible efecto letal en Jueves Santo, la segunda potencia del orbe no responde llamando a la paz, sino recordando que sus arsenales supuestamente cobijan al “padre de todas las bombas”. Se refiere a la “bomba termobárica aerotransportada de poder incrementado”, unas cuatro veces más poderosa que la MOAB. El carácter patéticamente fálico de estas contiendas (ayudado por la forma de los implementos explosivos) movería a risa, si no fuera porque esas bravatas terminan llevándose vidas y daĖando al mundo.

Lo que surge indiscutible es que las grandes potencias de la Tierra han puesto a su mando a hombres violentos y soberbios, carentes de respeto y ebrios de poder. La democracia, en cualquiera de sus formas, no previene contra el acceso al gobierno de individuos o facciones destructivos y peligrosos. Ambos países no cesan de dar muestras de una vocación imperialista asumida con orgullo mesiánico. Y no mejor panorama ofrece la tercera hegemonía, la enorme y temida China, que continúa avasallando los derechos esenciales de sus propios ciudadanos, si insisten en tener creencias religiosas o políticas diferentes a las oficiales. La colosal fuerza económica de la supuesta “república popular”, desparramada por el orbe, opera como eficaz mordaza de la crítica internacional.

            En tan aterrador contexto, el Medio Oriente presenta un cuadro sangriento inaudito, cada vez más peligroso, y Corea del Norte se yergue como un foco preocupante. África no consigue encontrar caminos. Y Europa, que podría ser el lógico amortiguador de cordura en tan desesperante escenario, se debate entre su disolución interna y su incapacidad para elaborar seriamente la amenaza terrorista y las inmigraciones masivas en ciernes. ņEntonces?

Quizás sea, lo hemos dicho y lo reiteramos, cada vez con más ahínco, el momento de escuchar a América Latina.

A pesar de todas sus asignaturas pendientes, que son muchas, y sus serias carencias, que hacen legión, es la única región del mundo que avanza, tímidamente, en el sendero de la integración y de la concordia. Venezuela aparte (donde se impone una solución democrática, serena y rápida, porque es evidente que el presente estado de cosas arriba a un callejón sin salida), los países de este enorme bloque exhiben ciclos democráticos bastante creíbles y limpios (debates habrá siempre) y hasta procesos de paz espectaculares y completamente a contracorriente del cuadro mundial, como el de Colombia.

La dignidad humana, aún muy lejos del respeto que merece, es una preocupación real y permanente en esta parte del universo, lo que cuaja en no pocas normas jurídicas y decisiones judiciales admirables. La figura misma del primer Papa surgido de América Latina, indiscutiblemente el líder más conducente a la fraternidad que existe hoy en día, es un símbolo más que elocuente.

Tal vez, en esta hora de extremo riesgo de extinción para nuestra especie, deba más que nunca asumir Latinoamérica el papel de vocero de la calma. Para ello es imprescindible comprometernos con la paz interna de nuestros países, quienes en esa región habitamos. Es imperioso mantenernos firmes en el esfuerzo por el respeto cada vez mayor a todos los seres humanos. Es necesario pugnar por llevar adelante los procesos de integración locales, sin hegemonías internas. Sólo un bloque armónico y respetuoso del derecho internacional, podrá intentar verter cordura y mesura en este escenario peligroso.

Y, ņquién sabe? Podría ser que lo consiguiera… 

 

Ricardo Rabinovich-Berkman