UNA MIRADA SOBRE LA CONSTRUCCION DE LA IDEA DE NACION EN ARGENTINA

 

Sebastian Sancari (Argentina)

Mención, Categoría Docentes,

Concurso Internacional “FICCIÓN Y DERECHO” 2016

(Departamento de Ciencias Sociales, Facultad de Derecho, UBA)

 

 

 

1. Civilización y Barbarie

El propósito de este trabajo es revisar, desde el punto de vista socio-genético, una cuestión latente desde los albores de la construcción de nuestra identidad nacional: civilización y barbarie. Una imagen que ha aparecido en el lenguaje político en momentos de confrontación política aguda y a través de la cual se han presentado divisiones sociales bajo la forma de antagonismos irreconciliables.[1]

               El concepto de civilización, en su versión francesa e inglesa, resume todo aquello que la sociedad occidental de los últimos tres siglos ha creído llevar de ventaja a las sociedades anteriores o a las contemporáneas "más primitivas";[2] su apelación responde a una necesidad primaria de dicha sociedad de caracterizar aquello que expresa su peculiaridad y de lo que se siente orgullosa: el grado alcanzado por su técnica, sus modales, el desarrollo de sus conocimientos científicos, y su concepción del mundo.

               En el proceso de creación del Estado moderno adquiere un nuevo significado el componente nacional. La naturaleza de esta operación constructiva de un Estado Nacional, o en otras palabras de fusión de un Estado y una Nación, reside en la creación de un ámbito dirigido a la consecución de determinados fines, que pasarán a llamarse en ese contexto "nacionales". Entre ellos, ocupará un lugar primordial la construcción de la ciudadanía derivada de la nacionalidad entendida como un estatus adscriptivo.

               Debe darse, entonces, un proceso de "reducción a la unidad", en términos de Natalio Botana: "De un modo u otro, por la vía de la coacción o por medio del acuerdo, un determinado sector de poder, de los múltiples que actúan en un hipotético espacio territorial, adquiere control imperativo sobre el resto y lo reduce a ser parte de una unidad más amplia. Este sector es, por definición, supremo; no reconoce, en términos formales, una instancia superior; constituye el centro respecto al cual se subordina el resto de los sectores y recibe el nombre de poder político".[3]

               Esta unidad política a la que alude Botana, dentro del paradigma moderno, es el Estado-Nación. Pues el proceso de génesis estatal-nacional requiere de una nueva forma de legitimación del poder y de la construcción de nuevas identidades.  Esto ha sido puesto de manifiesto por Habermas,[4] al seĖalar que tras la ruptura del Antiguo Régimen, y con la disolución de los órdenes tradicionales de las primeras sociedades burguesas, los individuos se emancipan en el marco de libertades ciudadanas abstractas. La masa de los individuos así liberados se torna móvil, no sólo políticamente como ciudadanos, sino económicamente como fuerza de trabajo, militarmente como obligados al servicio militar, y culturalmente sujetos a una educación escolar obligatoria.[5]

               Al modelo francés de nación concebida como un contrato social voluntario, se le opuso la nación-esencia o concepción alemana de la nación, que tiene sus raíces en el Romanticismo que se desarrolló en la Prusia Oriental de mitades del siglo XVIII, en oposición al Iluminismo y al pensamiento racionalista y enciclopédico que precedió y continúo la Revolución Francesa. Se trata de una corriente de ideas originada en el movimiento político-literario conocido como Sturm und Drang (tormenta e ímpetu) y que aglutinó a figuras como Herder, Goethe, y Fichte.

               El distingo entre ambas visiones de nación es sumamente relevante, porque mientras que la primera va emparentada con la noción universalista de civilización, la segunda va de la mano del concepto de cultura, entendido ésta como el respeto y la preservación del corpus antropológico de un pueblo. En nuestra perspectiva analítica, la construcción ideológica de la nacionalidad a través del arte posee una honda relevancia social, institucional y simbólica. Tal es así que pueden recordarse magníficos ejemplos de involucramiento político mediante la utilización de las categorías civilización/barbarie, a través poesías, cuentos y novelas de la literatura argentina. Veamos dos ejemplos paradigmáticos: Sarmiento, y Borges.

               En su Facundo, Sarmiento utiliza la noción de "civilización" vinculada a la "nación-contrato" gestada en Francia e Inglaterra, poniendo el énfasis en los elementos que, según él, deberían caracterizar a la nacionalidad argentina y que deben ser trasmitidos al pueblo mediante la educación pública. Al respecto, es interesante recordar la descripción que realiza de los patrones de conducta del gaucho, quien parece encontrarse en el estado de naturaleza pensado por Rousseau.[6]

               "Es preciso conocer al gaucho argentino y sus propensiones innatas, sus hábitos inveterados. Si andando en la pampa le vais proponiendo darle una estancia con ganados que lo hagan rico propietario; si corre en busca de la médica de los alrededores para que salve a su madre, a su esposa querida que deja agonizando, y se atraviesa un avestruz por su paso, echará a correr detrás de él, olvidando la fortuna que le ofrecéis, la esposa o la madre moribunda; y no es él solo el que está dominado de ese instinto; el caballo mismo relincha, sacude la cabeza y tasca el freno por volar detrás del avestruz”.[7]

               El análisis de Sarmiento aparece estructurado en dimensiones que oscilan entre la nación real/ideal y la bárbara/civilizada, respectivamente, y en donde -al igual que Alberdi en Bases- el interés nacional va asociado al desarrollo de la civilización europea (no espaĖola) en el territorio nacional. Facundo (Quiroga), tal como es pincelado por Sarmiento, aparece como una representación del odio invencible e instintivo contra las leyes. Probablemente la caracterización más perenne de la "barbarie" que realiza el sanjuanino esté contenida en la siguiente frase:

               "De eso se trata, de ser o no ser salvaje. ņRosas, según esto, no es un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad? Es, por el contrario, una manifestación social; es una fórmula de una manera de ser de un pueblo".[8]

               La “barbarie” es presentada aquí como una entidad incompatible e irreconciliable con la “civilización”. Con reminiscencias del Hamlet de Shakespeare, el esfuerzo intelectual de Sarmiento va dirigido a cristalizar el pasaje desde el valor cultura, ligado a las costumbres y tradiciones populares, al de civilización europea y más tarde, a partir de su obra Viajes, a la cultura norteamericana.[9] Es aquí donde advertimos una de las grandes raíces ideológicas del proceso de “reducción a la unidad” argentino.

               Ya entrado el siglo XX, Jorge Luis Borges expresa su anti-peronismo a través de la remembranza del enfrentamiento del siglo anterior entre unitarios y federales. Por ejemplo, en su Poema Conjetural (1943) se refiere al destino sudamericano y, por ende, bárbaro, que le espera a un caballero civilizado e ilustre: Francisco Laprida. A punto de ser asesinado por los montoneros de Aldao en el aĖo 1829, el Laprida de Borges piensa antes de morir: “zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los guachos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos.” Y sigue reflexionando, en otro pasaje de este excepcional poema: “yo que anhele ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano…”

               En otra muestra de la expresión política a través del arte literario, Borges se refiere a la misma temática en su cuento El Sur (1944) que narra nuevamente el encuentro entre civilización y barbarie. Un personaje que proviene de la civilización y que es director de una biblioteca municipal porteĖa, Juan Dahlmann, encuentra en un viaje al Sur su “destino sudamericano”. Ya hay una imagen del pasado rosista y de su color distintivo, el rojo punzó, en las primeras impresiones de Dahlmann al caminar por la llanura: “El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los aĖos habían mitigado para su bien ese color violento…Sin embargo, en el interior del almacén, Dahlmann encuentra la violencia de verse desafiado por un gaucho a batirse en duelo a cuchillo. No puede rehusarse, a sabiendas que le irá la vida en ello, pero a la vez siente al salir a pelear esa extraĖa alegría que había ya expresado Borges en su Laprida: la realización de su destino en la conjunción con la barbarie: “…sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta (…) Dahlmann empuĖa con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”.              

              

               2. La construcción Estatal-Nacional argentina

               Es cierto que la disyuntiva que nos presentan –a su turno- literariamente Sarmiento y Borges, es bien ilustrativa de las tensiones que aun hoy nos caracterizan como nación. En este punto, resulta muy convincente el análisis que Shumway [10] efectúa sobre la manera en que la sociedad Argentina, desde los primeros días de la Independencia, fue construida sobre una especie de “fisura sísmica” –“la grieta”, para algunos comentaristas contemporáneos- representada en la emergencia de ficciones orientadoras, tan excluyentes que “parecería como si la Argentina no fuera un país, sino dos, ambos llenos de suspicacia hacia el otro, pero destinados a compartir el mismo territorio”.[11]

               Mediante el concepto de ficciones orientadoras, Shumway caracteriza a todas aquellas creaciones destinadas a darles a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional. Un modelo de nación, en definitiva.

               Teniendo por objeto de estudio las ideas argentinas del siglo XIX (durante el lapso comprendido entre 1808 y 1880)  este autor norteamericano ha encontrado que las ficciones orientadoras emergentes se sustentaron en un sustrato ideológico común: la oposición entre civilización y barbarie, es decir, las tensiones entre una minoría “liberal” e ilustrada, inspirada en la Europa no espaĖola y en Estados Unidos, y los líderes (caudillos) representativos de las tradiciones populares y de las masas mestizas.

               La exposición de Shumway se podría resumir en 6 etapas:

               I) Comienza con el enfrentamiento entre Moreno –fuertemente influido por Rousseau, a quien tradujo- y Saavedra en los mismos albores del proceso independentista. Por un lado, el morenismo (no exento de fuertes contradicciones) cuyos ejes axiológicos centrales son: -la constitución de un gobierno representativo fuerte y unificado con base a Buenos Aires, en su rol de líder regional pero vuelta hacia Europa y desinteresada por las necesidades económicas del Interior; -la negociación vista como traición, y el consenso como colaboración con el enemigo; y, -una fuerte presencia del Estado en la regulación de la economía.

               Por el otro, los sectores ligados al Saavedrismo harán hincapié en la defensa de la autonomía provincial, proyectando la necesidad de un gobierno personalista centrado en un rey, dictador o caudillo; portador de un interés paternalista por las clases bajas.

               II) Una vez fuera de escena Moreno, sus partidarios serán los precursores del partido unitario, impulsando el surgimiento de un gobierno fuerte concentrado en Buenos Aires, y de mecanismos institucionales ligados a una democracia procedimental controlada por la elite ilustrada.

               En oposición a ellos, surgirá el partido federal, génesis del populismo. El énfasis estará centrado en la necesidad de un gobierno federal y la democracia sustantiva (radical) e inclusiva de indios, mestizos y gauchos. Según estos sectores, la democracia no se termina en el acto de votar, sino que también incluye igual acceso a la educación y una equitativa distribución de la tierra. Aquí Shumway expone algunas ideas de Artigas y del precursor de la literatura gauchesca, Bartolomé Hidalgo, especialmente su identificación del gaucho como el símbolo genuino de la argentinidad.

               III) Coincide con el apogeo de Rivadavia, como representante de un grupo de unitarios porteĖos provenientes del morenismo: se mantiene el proyecto de conformar el Paris de las Pampas, pues hay una fuerte creencia de que la cultura debe ser importada siguiendo el modelo civilizador Europeo. Con el auspicio de la Sociedad Literaria de Buenos Aires se publica el diario Argos, en cuyas páginas se plantea por primera vez explícitamente el conflicto civilización versus barbarie.

               IV) A la par de la llegada de Rosas al poder, surge la llamada Generación del 37 (el joven Alberdi, Sarmiento, Echeverría, Mármol, Mitre, Cané, entre otros), difundiendo sus ideas opositoras al rosismo en las páginas de la revista La Moda. Siendo su lugar de reunión, el Salón Literario, luego clausurado por Rosas.

               Las deficiencias congénitas de la población mediante la inmigración europea podían ser suplidas mediante la civilización importada del Norte, ya que los pueblos y tradiciones autóctonas (espaĖola, india, africana) eran vistos como enemigas del “progreso”. La principal ficción orientadora era traer Europa al Cono Sur. Es en éste período en donde Sarmiento escribe su principal cuerpo doctrinario, entre cuyas obras se encuentra Facundo.

               V) Aquí Shumway destaca a Bartolomé Mitre como el principal creador de ficciones orientadoras, dado que considera que Galería de celebridades argentinas publicada en 1857, marca el nacimiento de la historia oficial y su panteón de héroes nacionales: San Martín, Belgrano, Lavalle, Guillermo Brown, Gregorio Funes, Rivadavia, José Manuel García, Florencio Varela, Mariano Moreno. Mitre advierte que: “…tenemos otro género de celebridades (…) son los representantes de las tendencias dominadoras de la barbarie, y sus acciones llevan el sello de la energía de los tiempos primitivos”.[12]

               Para Shumway, otra importante ficción orientadora de Mitre indica que Mayo es la expresión de la voluntad popular, tal como fue percibida por los dirigentes porteĖos, entendida por Mitre como una “minoría activa, inteligente y previsora”, que dirigía con “mano invisible” la marcha decidida de todo el pueblo hacia destinos desconocidos.[13] SeĖala el autor norteamericano que a esta corriente se le opuso una tendencia ideológica confusa, en ocasiones populista (en caudillos como Artigas y Güemes), reaccionaria (en el clero conservador y en Rosas), nativista (en la gauchesca de Bartolomé Hidalgo, y Hernández), o federalista y progresista (en Urquiza y el último Alberdi), que puede resumirse bajo el apelativo de “nacionalismo”, para el que hay dos argentinas ocupando la misma área geográfica pero nunca el mismo escenario de poder. Una es locuaz y rica y está en Buenos Aires, la otra es callada y pobre, y está en el Interior. Otras ideas de este “nacionalismo” serían la defensa de la tradición espaĖola y, en materia económica, la oposición al endeudamiento externo y al libre comercio irrestricto.

               En este contexto surgen manifestaciones que remiten al esencialismo herderiano en la poesía de Olegorio Andrade (en expresiones como “brilla en su frente el sello prodigioso de la elección de Dios… ŃEs mi patria! Mi patria. Yo la veo”)[14] y la poesía de Hernández con su oposición al centralismo porteĖo y su defensa del gaucho (base de la sociedad agrícola), al que la sociedad liberal lo ha privado de todo menos de su historia.

               Llegados a este punto consideramos oportuno hacer algunas observaciones respecto del esquema de Shumway. El se refiere a la “invención” de un Estado Nacional como Argentina, pero, sin embargo, no nos brinda mayores precisiones conceptuales sobre lo que entiende por Estado, Nación, y nacionalismo. Esto trae aparejado serias dificultades hermenéuticas en cuanto a la articulación de las “ficciones orientadoras” con cada uno de estos conceptos, de por sí complejos y polisémicos, que deben ser precisados a la hora de analizar procesos de este tipo.

               En el marco del ciclo de “reducción a la unidad” al que se refiere Botana, el concepto de nación puede ser entendido como una entidad ilusoria, ideológica, que es el reflejo en la mente de los hombres de una determinada situación de poder, y que conlleva el desarrollo de un sentimiento nacional basado en la unidad de lengua, cultura y tradiciones.[15]

               Como quiera que esta idea se exprese (nación-contrato, o nación-esencia),[16] la creación de este “sentimiento” nacional nos remite a la noción de nacionalismo moderno, que es una ideología unificadora deliberadamente elaborada para garantizar la cohesión del pueblo dentro del Estado, compuesta por dos creencias centrales:

               -La creencia en la existencia de una nación culturalmente homogénea, unida por la lengua, cultura y/o religión.

               -La creencia en que esta nación homogénea tiene el imperativo moral de rechazar cualquier tipo de dominación extranjera y de constituirse en nación soberana, pues el único gobierno legítimo es el autogobierno nacional. [17]

               La distinción que Shumway realiza entre las ficciones orientadoras vinculadas, ya sea a la tradición “liberal argentina”, o bien al “nacionalismo argentino”, tienen un sustrato común: la existencia de dos tipos de nacionalismos, pujando por dotar de contenido y llevar a cabo el ensamble entre Estado y nación con su propio modelo participativo de integración al colectivo. Así se puede comprender mejor cuando Shumway seĖala la existencia de “dos Argentinas” ocupando el mismo espacio geográfico en pugna por obtener el espacio del poder.

               Una vez consolidado el Estado-Nación (según la doctrina mayoritaria ello ocurrió en Argentina luego de 1880),[18] el mismo opera como una entidad mitológica: la nación conlleva en sí las cualidades de tierra-madre, suscitando -especialmente en los momentos comunitarios- sentimientos de amor tales como los que experimenta la madre de forma natural. El Estado, a su vez, es de sustancia paterna. Dispone de la autoridad absoluta e incondicional del padre-patriarca y se le debe obediencia absoluta. Esta mitología “matripatriótica” genera su propia religión, que conlleva ceremonias de exaltación de sus objetos sagrados -bandera, monumento a próceres, etc.-, y su culto de adoración a la madre-patria.[19]

               El análisis de Shumway, más allá de las observaciones críticas seĖaladas, es muy útil para comprender “hasta qué punto la Argentina moderna sigue en diálogo con su pasado (…) como los fantasmas retóricos de Moreno, Hidalgo, Rivadavia, Sarmiento, Alberdi, Mitre, Andrade y Hernández siguen habitando el país”.[20]

               Trascendiendo las dos concepciones clásicas de la nación antes reseĖadas (nación contractual y nación cultural) es oportuno recordar con Hobsbawm que esta "comunidad imaginada" que es la nación está nuclearmente formada por lazos y sentimientos de identidad colectiva pre-existentes a su misma conformación como Estado Nacional. Si bien la identificación de estos lazos "protonacionales" es compleja, recordar el clivaje entre civilización y barbarie  remite a una dicotomía latente desde los albores de la construcción de nuestra identidad nacional.

              

               3. Los juegos de “Suma Cero” en la cultura política argentina                        

               La Argentina de las “ficciones orientadoras” irreconciliables expuestas por Shumway, que dieron lugar a guerras civiles prolongadas, desavenencias irreconciliables y proyectos de nación excluyentes, ha sobrevivido largamente el siglo XIX.

               Especialmente en segunda parte del siglo XX, la imposibilidad de generar consensos duraderos en las reglas mínimas del régimen democrático ha generado una inestabilidad política que dio lugar a sucesivos gobiernos cívico-militares; esta situación pendular bien podría subsumirse bajo la égida de la confrontación entre peronismo vs. antiperonismo, que Shumway entiende como la versión contemporánea de la vieja fricción entre “liberalismo argentino” vs. “nacionalismo (populismo) argentino”.

               La permanencia de estas dicotomías también ha daĖado la construcción de una cultura política que incorpore a la búsqueda del consenso como uno de sus ejes de funcionamiento principales. De acuerdo a Colombo y Palermo: “…la deslegitimación o exclusión del otro sumada a la invocación fuerte, dramática, a la unidad nacional, presupone un modo de construir el consenso: en términos de identidad o subordinación en lugar de reconocimiento recíproco de legitimidad (…) El radicalismo irigoyenista tendió a estructurarse en el unidimensional enfrentamiento de ‘la causa contra el régimen’. En el peronismo, la Unión Democrática y el ‘Braden o Perón’ dieron verisimilitud a las dicotomías de la época (pueblo-antipueblo, nación-imperio, etc.) (…) “como resultado…de las orientaciones político culturales que nuestra dirigencia dispone, se produce una suerte de dimisión voluntaria, por parte de la misma, a su propia actividad especializada, que da cuenta de una enorme desconfianza de su capacidad para mediar en el conflicto y crear consensos, para generar políticas públicas respaldadas y no sólo acuerdos simbólicos. En este contexto, resulta imposible otorgar a las políticas públicas (…) de la base de sustentación suficiente como para que sean algo más que ‘inocuas’ “.[21]

               Hay una rama de la Ciencia Política contemporánea vinculada a visiones economicistas de la democracia que, partiendo del individualismo metodológico y del presupuesto utilitarista de la racionalidad de actores que buscan maximizar sus beneficios, ha explicado –especialmente mediante la denominada teoría de los juegos- situaciones de “irracionalidad colectiva”.[22]

               Quien mejor ha descripto la irracionalidad colectiva generada por la contienda entre peronismo y antiperonismo ha sido Guillermo O’Donnell en su célebre trabajo Modernización y Autoritarismo, de 1972. Tomando los casos de Argentina y Brasil, analiza el tránsito -según su esquema teórico- del “pretorianismo de masas” a la conformación de un “Estado burocrático autoritario”. Ello sucede en nuestro país a partir de 1966, momento en el cual la participación política pretende ser encapsulada y los sectores sociales representados políticamente por organizaciones altamente burocratizadas bajo estricta supervisación gubernamental.[23] Inspirado en la teoría del racional choice planteada por autores clásicos en la materia como Olson y Downs, O’ Donnell se refiere a las situaciones de “juego imposible” que se dieron en el proceso político argentino luego de la caída de Perón en 1955.

               Partiendo de la premisa de que las “reglas de juego” democráticas recibieron por parte de los sectores dominantes una adhesión limitada y condicionada al no advenimiento de ningún gobierno “inaceptable”, el proceso político pos-peronista es descripto por O’Donnell como una situación de “juego imposible” o irracional, entre peronistas, por un lado, y antiperonistas, por el otro. ņCuáles han sido las reglas de este juego, en el que los militares han jugado el rol del referee dispuesto a hacerlas cumplir?:[24]

               I- Se prohíbe a los peronistas ganar elecciones importantes (es decir, aquellas en las que se dispute la Presidencia de la Nación y la gobernación de las provincias más pobladas)

               II- Si por cualquier razón los peronistas ganan elecciones importantes, se les prohíbe ocupar las posiciones gubernamentales para las que han sido elegidos.

               III- Cualquier partido que ocupe la presidencia debe adoptar las medidas necesarias para asegurar que los peronistas no ganarán la próxima elección importante. Si por cualquier razón ese partido no cumpliere esa obligación, será derrocado.

               IV- Cualquier partido menor, salvo que expresamente lo autorice el referee, será considerado una “fachada” del peronismo, si forma coalición con éste. En tal caso, se le aplicarán a aquél todas las prohibiciones vigentes contra el peronismo.

               ņPorqué sostiene O’Donnell que este juego es imposible (o irracional)?

               Una vez iniciado el juego los peronistas ganarán con seguridad, pero las reglas le prohíben hacerlo. Los otros partidos no pueden ganar si se quedan en el modo antiperonista y la única coalición que para los peronistas tiene sentido formar con ellos es para terminar el juego, dado que el cumplimiento -por parte del partido ganador en las elecciones con los votos peronistas- de toda promesa que afectase el funcionamiento de las reglas de juego provocará el inmediato derrocamiento por parte del referee. Ninguno de los votantes tiene posibilidad de votar racionalmente y todos han jugado un juego fútil en el que nadie puede ganar. Consecuentemente -seĖala O’Donnell- un jugador racional se torna “desleal” (rechaza el juego, o bien no tiene interés en su continuación) e “irresponsable” (dado que todo el mundo pierde, lo único

que puede tener sentido es asegurarse ventajas en el corto plazo).[25]            

Desde el punto de vista axiológico este marco conceptual entraĖa la existencia de dos entidades cargadas de sentido contrapuesto: por un lado, la imagen del ciudadano activo  manifestándose democrática y pacíficamente en el ejercicio de su libertad de expresión - imagen asociada con la perspectiva pluralista, democrático-legal elitista de participación política-; por otro, la “sociedad de masas” como fuente de legitimidad política.

Como ha enseĖado Kornhauser,[26] existe una relación directa entre la manipulación política y el concepto de “masa”, puesto que en su misma definición, la sociedad de masas aparece como una sociedad en la que las elites se hallan fácilmente “disponibles” a la influencia de las no elites y éstas están fácilmente disponibles para su movilización por parte de las elites. Lo que define a la masa, según Giner,[27] no es el número sino su manipulabilidad o alta propensión a ser movilizadas, incluso contra ellas mismas de ser necesario. Para estos autores este modelo de integración social conspira gravemente contra dos de los pilares del ideal democrático participativo: la constitución de organizaciones intermedias y el establecimiento de lazos de solidaridad y participación a nivel local. Dicha carencia del componente asociativo en la actividad participativa se relaciona con un “modo de participación” de los sectores populares de tipo “movilizacionista”, basada en la conexión carismática líder-pueblo.[28]

A partir de la irrupción del peronismo como movimiento de masas, la liturgia asociada a su despliegue político le ha dado un sesgo indeleble a la cultura política argentina, ensanchando notablemente los parámetros de participación ciudadana hasta entonces establecidos. Desde diversas opciones epistemológicas, se ha sostenido que el modelo populista de participación quedó consagrado con el peronismo, destinado por su líder desde su misma génesis al colectivo identificado con los trabajadores, con un sustrato participativo signado por una movilización de masas. En este sentido, cabe recordar lo expresado por Gino Germani que remite a la teoría del caudillaje político de Schumpeter: “la aparición de la masa popular en la escena política y su reconocimiento para la sociedad argentina pudieron haberse realizado por el camino de la educación democrática y a través de los medios de expresión que ésta puede dar. Desde este punto de vista no hay duda de que el camino emprendido por la clase obrera debe considerarse irracional: lo racional hubiera sido el método democrático.” [29]

Parece claro que los términos de la distinción conceptual entre participación y movilización aplicados a la historia política argentina remiten al clivaje entre racionalidad vs. irracionalidad, representada en la dicotomía cultural y política entre ciudadanía/civilización y pueblo/barbarie.[30]

 

               4. Conclusiones

               La antinomia entre civilización y barbarie remite a otra significatividad más abarcante y ordenadora: racionalidad vs. irracionalidad. El otro, el opuesto, será visto siempre como el irracional. En palabras de Feinmann: “…son muchos los teóricos que habrán de inspirarse en (las) páginas de Sarmiento (…) Las muchedumbres…habrán de encontrar dos categorías que explicarán para siempre el sentido de sus actos: espontaneidad e irracionalismo. Si protestan, si se agitan, lo harán por mero instinto, ciegamente, apenas por satisfacer sus apetitos. Los caudillos, por su parte, vivirán ebrios por la omnipotencia del poder, atentos a explotar en su beneficio los resentimientos de las masas (…) Todo será válido para esto: desde la destreza en el manejo del cuchillo o la posesión del caballo más codiciado, hasta la oratoria, las concesiones oportunistas y el vértigo de la propaganda.”[31]

Esta ficción ordenadora posee un evidente sesgo elitista, a partir de la vinculación entre la racionalidad, la ciudadanía y la democracia con las propias posiciones políticas. Bien advierte Held que “cuando los grupos dominantes o las élites políticas intentan legitimar su poder definiendo la idea de un bien ciudadano en términos de sus propias cualidades históricas y culturales, y la forma adecuada de justificación política como la que se adhiere a las reglas del discurso que han establecido, hay un riesgo claro de marginar y silenciar a los demás”.[32]

               El último Alberdi se refería a los hombres de la elite ilustrada porteĖa calificándolos como “caudillos de frac.”;[33] quizás esta frase resuma la amalgama compleja[34] que se ha dado entre ficciones orientadoras en oposición pero que indudablemente poseen patrones de comportamiento en común.

               Personajes históricos como Rosas, Sarmiento o Alberdi, han sido exponentes de manifestaciones socio-políticas y literarias (como la poesía gauchesca encarnada en el Martín Fierro, o el Facundo de Sarmiento) que expresaron lenguajes y valores que nos han identificado como nación a lo largo de nuestra historia, y su apelación debe ser cuidadosamente contextualizada. Mejorar la calidad democrática también significa la existencia de espacios para el conocimiento, la reflexión y el debate de los sucesos y personajes que nos precedieron, enmarcados en los conflictos, prácticas e instituciones que los atravesaron.

 



[1] SVAMPA, Maristella, El dilema argentino; civilización o barbarie, Taurus, Buenos Aires, 2006, p. 10.

[2] ELIAS, Norbert, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, FCE, Buenos Aires, 1993, pp. 57 y ss.

 

[3] BOTANA, Natalio R., El orden conservador, Sudamericana, Buenos Aires, 1985, p. 26.

[4] HABERMAS, Jürgen, Identidades nacionales y posnacionales, Tecnos, Madrid, 1989.           

[5] Quizás el caso más representativo de este proceso sea el francés. Entre 1870 y 1914, se encuentra el período álgido del nacionalismo “etno-lingüístico”, en donde los líderes franceses se propusieron “crear Francia y franceses” por toda el área del Estado francés, a través de medidas institucionales y culturales. El servicio militar universal, un sistema de educación pública, la inculcación del espíritu de gloria y revancha contra Prusia, la conquista y la asimilación colonialista, fueron algunos de los factores que transformaron a los “campesinos en franceses”. Cfr. WEBER, Eugen, Peasants into Frenchmen: the modernization of rural France, 1870-1914. Stanford, 1976, pp. 114 y ss.

[6] Véase en especial: ROUSSEAU, Jean-Jacques, Sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Alianza Editorial, Madrid, pp. 209 y ss. Otro ilustre representante de la “Generación del ‘37”, Juan Buatista ALBERDI, en Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho (1837) también sostuvo la relación entre el modelo de civilización de la nación-contrato y la educación pública argentina.

[7] SARMIENTO, Domingo, F., Facundo, Losada, 1994, p. 254.

[8] Idem, p. 49. Otro ejemplo de descripción de la “barbarie” rosista lo encontramos en la novela Amalia de José MARMOL (1851).

[9] En Viajes en Europa, África y América: 1845-1847, Sarmiento utilizará el ejemplo norteamericano para distinguir entre los conceptos de civilidad y civilización, reservando el primero para la elegancia, cultura y costumbres de los pueblos, y el segundo –inspirado en Estados Unidos- a la aptitud que posee un pueblo para apropiarse, generalizar, conservar y perfeccionar los adelantos tecnológicos disponibles. En: Obras de Sarmiento, T. V, Imprenta Gutenberg, Santiago de Chile, 1886, Voz: “Estados Unidos”.

[10] SHUMWAY, Nicolás, La invención de la Argentina. Historia de una idea, Emecé, Buenos Aires, 2005.

[11] Idem, p. 63.

[12] Idem, p. 210.

[13] Idem, p. 214.

[14] Idem, p. 261.

[15] ROSSOLILLO, Francesco: Voz “Nación”. En: BOBBIO, Norberto; MATTEUCI, Nicola; y PASQUINO, Gianfranco, Diccionario de Política, Siglo XXI, México, 1983; pp. 1024 y 1025.

[16] Como la nación es la ideología de un Estado, debe adaptarse a las exigencias cambiantes de la razón de Estado. “Por eso, cuando Alsacia era objeto de disputa entre Francia y Alemania, la nación era para los franceses el grupo de aquellos que “querían vivir juntos”, mientras los alemanes la definían por la comunidad de lenguas y costumbres”. Cfr. ROSOLILLO, ob. cit., p. 1025.

[17] Utilizamos el término “creencia” en el sentido Orteguiano. En su trabajo Historia como sistema (O.C. Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1958 t. VI, p. 18), luego de definir a la creencia como aquel repertorio de convicciones de un individuo, de un pueblo o de una época; Ortega y Gasset introduce la distinción entre ideas y creencias: "pensamos en lo que nos es más o menos cuestión. Por eso decimos que tenemos estas o las otras ideas; pero nuestras creencias, más que tenerlas, las somos". Para el autor, el elemento decisivo es que, cualquiera sea la creencia de cada uno, las personas que viven en una comunidad se encuentran ante una vigencia social o estado de fe establecida colectivamente: "la idea de Nación, a diferencia de otras sociedades, lleva consigo una fe en la potencialidad del cuerpo colectivo que hace a sus miembros esperar de él grandes cosas. Pero la fe en esas posibilidades no se nutre de lo que en la nación está a la vista, sino de presuntas riquezas escondidas en los invisibles senos nacionales". (ORTEGA y GASSET, José, Europa y la idea de nación, Revista de Occidente, Alianza, Madrid, 1985, pp. 60 y 61). También: KEDOURIE, Elie, Nacionalismo, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1988, pp.54 y ss.          

[18] La nación es una de las más persistentes creencias en el campo de la política y de la cultura, que se construye en la mente y conciencia de los habitantes a través de las decisiones del poder político mediante un conjunto de leyes básicas inmersas en símbolos y en conmemoraciones. Cfr. BOTANA, Natalio, El siglo de la libertad y el miedo, Sudamericana, Buenos Aires, 1998 pp. 100 y ss. Este proceso mencionado por Botana efectivamente se produjo en nuestro país. En Argentina la nacionalidad fue creada mediante una serie de leyes, entre las que se destacan la Ley 1420 de Educación común (1884), que unifica -bajo la impronta de Sarmiento- la enseĖanza elemental en todo el territorio, poniendo especial énfasis en la historia nacional "oficial" y el idioma nacional (único); la Ley 2737 de subvención a las Provincias para la educación primaria (1890); la Ley 4031 de Organización del Ejército (1901), que establece el servicio militar obligatorio; y la Ley 4874 de Escuelas nacionales en las Provincias (1905).

[19] MORIN, Edgar, “El Estado Nación”. En: DELANNOI, Gil; y TAGUIEFF, Pierre André (Compiladores), Teorías del Nacionalismo, Paidós, Buenos Aires, 1993, p. 455. En Argentina, como vimos, Mitre fue el precursor de la historia oficial con su Galería de Celebridades Argentinas.  

[20] SHUMWAY, Ob. Cit., p. 319.

[21] COLOMBO, Ariel H.; y PALERMO, Vicente, Participación política y pluralismo en la Argentina contemporánea, Centro Editor de América Latina S.A., Buenos Aires, 1985, p. 123. A partir del aĖo 2003, la confrontación parece darse entre “kirchnerismo y anti-kirchnerismo”.

[22] Como material clásico de consulta: DOWNS, Anthony, An economic theory of democracy. Harper Collins Publishers, 1957. Y: OLSON, Mancur: The logic of collective action. Public goods and the theory of groups. Harvard University Press, 1965. Para una visión general de esta perspectiva, y sus aplicaciones al proceso político argentino, aparte del análisis de O’ Donnell al que nos referimos en este apartado, ver: ACUĄA, Carlos H: “Algunas notas sobre los juegos, las gallinas y la lógica política de los pactos constitucionales (reflexiones a partir del pacto constitucional en Argentina)”. En: ACUĄA (compilador), La nueva matriz política argentina, Nueva Visión, 1995. También: LODOLA, Germán: “Teoría de los juegos: enfoques y aplicaciones”. En: KVATERNIK, Eugenio (compilador), Elementos para el análisis político. La Argentina y el cono sur en los ’90, Paidós, Ediciones Universidad del Salvador, 1998.

[23] O’DONNELL, Guillermo, Modernización y Autoritarismo, Paidós, Buenos Aires, 1972, p. 102.

[24] Idem, pp. 180 y ss.

[25] Idem, pág. 196.

[26] KORNHAUSER, William, Aspectos políticos de la sociedad de masas, Amorrortu, Buenos Aires, 1969.

[27] GINER, Salvador, La sociedad masa, Península, Barcelona, 1979.

[28] DI TELLA, Torcuato, Sociología de los procesos políticos. De la movilización social a la organización política, El Ateneo, Buenos Aires, 2011, p. 167.

[29] Citado y destacado en: DE IPOLA, Emilio, Investigaciones políticas, Nueva Visión, Buenos Aires, 1988, p. 45. Allí hay un acabado panorama de las diversas perspectivas sobre el significado del peronismo en el sistema político argentino.

[30] FEINMANN, José Pablo, Filosofía y Nación, Legasa, Buenos Aires, p. 136.

[31] Idem, p. 142. Dicho autor se refiere a la racionalidad como expresión de la razón universalizadora occidental. En su comentario sobre el significado del 17 de Octubre de 1945, Ezequiel Martínez Estrada seĖaló: “Y aquellos siniestros demonios de la llanura que Sarmiento describió en su Facundo, no habían perecido. Están vivos y aplicados a la misma tarea pero bajo techo, en empresas muchísimo mayores que la de Rosas (…). Sentimos escalofríos viéndolos desfilar en una verdadera horda silenciosa con carteles que amenazaban con tomarse una revancha terrible.” Citado por SVAMPA, op. cit., p. 322.

[32] HELD, David, Modelos de democracia, Alianza, Madrid., p. 350.

[33] Recordemos que Alberdi bregó por encontrar alguna fórmula superadora de la antinomia unitarios/federales para proceder a la organización nacional.

[34] Alfonsina Storni incorpora poéticamente a los pueblos originarios en la amalgama nacional. Cuando piensa a Buenos Aires como una gran cabeza que “en sus dos ojos, mosaicos de colores, se reflejan las cúpulas y las luces de ciudades europeas. Bajo sus pies, todavía están calientes las huellas de los viejos querandíes de boleadoras y flechas…” STORNI, Alfonsina, Antología Poética, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1946, pp. 71 a 73.