Editorial

ņPORQUÉ “ENSEĄAR” (Y PORQUÉ NO) DERECHOS HUMANOS HOY?
(MUY HUMILDES REFLEXIONES)


            ņSe ha verificado una tendencia hacia un mayor respeto del ser humano a lo largo de la historia? Veamos: el último siglo completo de nuestra especie ha sido, para la nomenclatura cristiana, el XX. Arrojó, sin ir más lejos, según fuentes confiables, unos 20 millones de muertos en la I Guerra Mundial y unos 80 en la Segunda. Es decir, un centenar de millones de personas: la mitad de la población de Brasil y más de dos veces la de Argentina. Eso, sólo contabilizando las dos guerras mundiales, y sin calcular todas las otras conflagraciones que hubo, en una centuria que prácticamente no tuvo un día de paz planetaria. Se calculan 10 millones en la guerra civil china, 8 millones en la rusa, más de 4 millones en la congoleĖa, más de 2 en la nigeriana, otro tanto en la de Vietnam, alrededor de 1 y medio en la de Corea, la de Afganistán y la de Sudán (en cada una), más o menos 1 millón en la guerra civil mexicana, en la etíope, en la espaĖola y en la guerra entre la URSS y Afganistán. A grandes rasgos podemos pensar en 200 millones de muertos en conflictos bélicos, algo así como dos tercios de la población estadounidense.

            Además, en el siglo XX apareció un nuevo concepto de exterminio deliberado y definitivo de pueblos enteros, que daría pie a la figura del genocidio. Es muy probable que en su base incidieran las grandes adquisiciones científicas de la centuria anterior. Como la demografía, la flamante biología darwiniana con su vástago: la eugenesia, la sociología, la medicina moderna y su vertiente social. Todas ellas disciplinas fecundas y repletas de logros excelentes para la humanidad, pero cuajadas de contradicciones prácticas. Así como el genial Darwin daría en 1871 las bases para un nuevo (y virulento) racismo de aspecto académico, el Premio Nobel de Medicina francés Alexis Carrel (1912) propondría en 1935 las cámaras de gas. El genocidio, en su manera “positivista”, se estrenó probablemente en la Turquía de 1915, con el exterminio de alrededor de un millón y medio de armenios (y menor número de otras etnias). Llegaría a su clímax tres décadas después con el Holocausto de los judíos y de los gitanos en la Europa ocupada por Alemania, tras el antecedente intermedio del Holodomor (la masacre por inanición de millones de ucranianos a manos de la URSS). Y se deben aĖadir los genocidios desarrollados en Indochina, África, América Latina, etcétera. Se calcula que 50 millones de seres humanos fueron asesinados en genocidios durante el siglo XX (más que la población actual de EspaĖa entera).

            Tras la derrota del nazismo (de Alemania y de sus aliados, tanto países como grupos) en 1945, frente al horror que se puso en indisimulable evidencia (hasta entonces no pocos habían hecho lo imposible para mirar hacia otro lado) y su obvia vinculación con aspectos muy glorificados por la civilización moderna, desde la nueva experimentación médica irrestricta (en aras del progreso) hasta la industrialización y los medios de transporte (la Shoah hubiese sido impensable sin ferrocarriles en óptimo funcionamiento), pasando por nuestra ya mencionada eugenesia, se esgrimió el concepto de derechos humanos y se lo enarboló como bandera. El célebre Tribunal de Núremberg, a pesar del feo regusto de que sus jueces representaran en parte al estado causante del Holodomor, ex aliado del III Reich, y en parte al país que lanzara dos innecesarias bombas atómicas sobre objetivos civiles, generando deliberadamente las dos mayores matanzas de la historia de nuestra especie, a pesar de las obvias falencias jurídicas de base que afectaban su jurisdicción y de la incongruencia implicada en su empleo de la pena capital, se convirtió en un ícono de lo que nunca más debía pasar.

            Pero siguió pasando. Más allá de la pléyade de hermosos tratados, convenciones y declaraciones que florecieron en el planeta entero, de la constelación de constituciones garantizadoras de las prerrogativas elementales, de los congresos, encuentros, cátedras y publicaciones, siguió pasando. Estallaron nuevas y terribles guerras, de alta mortandad, algunas con empleo de armas químicas o biológicas. Hubo otros genocidios, incluso en países supuestamente muy “civilizados”, como Yugoslavia, en plena Europa. Latinoamérica se tiĖó de sangre, ya fuera al calor de las dictaduras o de guerras de máscara política (a menudo apoyadas, unas y otras, por países). Aumentaron los cursos de derechos humanos en las facultades de derecho, la cantidad de docentes e investigadores (muchos de ellos brillantes) dedicados al asunto, las entidades y organizaciones no gubernamentales… el dinero (hay que decirlo) que se mueve alrededor del tema…

            No así los resultados. La mayor parte de los miembros de nuestra especie sigue viviendo en condiciones de intolerable indignidad e injusticia, sin acceso a las mínimas condiciones de salud, de vivienda, de educación. Sin posibilidades reales de conseguir un trabajo decente. Sin verdadera llegada a los tribunales. La infancia de la mayoría de las hijas e hijos de la humanidad sigue siendo un laberinto de lágrimas, que además tiende a durar poco, porque la muerte llega pronto. La distribución de los recursos de un planeta que daría perfectamente para albergar y alimentar a todos sus habitantes (la mentira de que los recursos son siempre escasos no resiste el menor análisis y debe entendérsela restringida al marco ideológico del liberalismo clásico y a su supina ignorancia del mundo, comprensible en la Inglaterra del siglo XVIII pero no ahora) sigue siendo aberrante. Continúan las guerras atroces (inclúyanse los actos de terrorismo), las masacres masivas, las limpiezas étnicas.

            Entonces, creo, hay que tener muchísimo cuidado en las aulas de las facultades de derecho. Los profesores de derechos humanos deben enseĖar la verdad. Es decir, sin perder (si lo tienen, que no es obligatorio) el optimismo, mostrar a los alumnos la realidad atroz del mundo en que vivimos, a pesar de las normas tan bonitas, las sentencias primorosas, los convenios tranquilizantes y las declaraciones soĖadoras. Si la docencia de los derechos humanos no se planta como una tarea de lucha (metáfora que es en sí un oxímoron, pero vale), corre el riesgo de convertirse en un nuevo opio de los pueblos. Pero este opio, a diferencia del de la imagen marxiana) adormecerá a los sectores que no sufren. Fundamentalmente, a quienes provienen de países o regiones donde las grandes violaciones a la dignidad de nuestra especie suceden muy a lo lejos y sólo se atisban en la televisión, en noticias escandalosas enhebradas con partidos de fútbol, noviazgos de famosos y entregas del Oscar, o en películas inodoras matizadas por espectaculares bandas de sonido.

            Si los derechos humanos no se “enseĖan” (siempre pongo ese verbo entre comillas, porque nunca tuve claro lo que significa) como objetivo difícil por el que vale la pena vivir, si se formulan a los alumnos como una lista seca de catálogo, como un desgrane de normas y conceptos científicos abstractos, como unas banderas etéreas que supimos conseguir, mejor borrarlos de los currículos universitarios. Si se los ha de tratar en las aulas como compromiso de existencia, como surco a ser labrado, como promesa sonriente de callos nacidos del arduo afán, como gran sentido, en fin, de la carrera jurídica, entonces estarán llamados a un sitial de gloria.

Ricardo Rabinovich-Berkman