LA EDUCACIÓN FRENTE A LA INSERCIÓN DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA EN NUESTRO TIEMPO:
INTENTO
DE UNA MIRADA REFLEXIVA
por
Gloria Crespo
“El mundo muestra hoy la desconcertante paradoja de un número cada vez
mayor de gente que se educa y un aumento creciente de la ignorancia. La paradoja
reviste visos de irónica perversidad pues, en parte significativa, la
ignorancia se origina y nutre en la acelerada y enorme producción de
conocimiento científico y desarrollo tecnológico”.
(Gilda de Romero Brest)
Los acelerados cambios que se están
produciendo en los modos de conocer, acceder a la información, pensar, actuar,
enseñar y aprender, resultados en parte, del surgimiento de las nuevas tecnologías,
especialmente de la información y la microelectrónica, constituyen un objeto
de reflexión y preocupación de parte de los todos los sujetos comprometidos
con los resultados del proceso educativo. Es sabido que el caudal informativo
que promueven las nuevas tecnologías amenaza, en principio, con modificar una
de las funciones más tradicionales de las instituciones educativas, como es la
transmisión de conocimientos. Esta realidad obliga a una reflexión sobre los
objetivos e impactos de tal inserción, repecto a la sociedad en general y al ámbito
educativo en particular.
Es indiscutible que en la medida en que
la ciencia y la técnica penetraron en los ámbitos institucionales de la
sociedad, fueron transformándolos, con el consecuente desmoronamiento de las
viejas legitimaciones míticas y religiosas: “ahora se apela a la creciente
productividad y creciente dominación de la naturaleza, que también proporciona
a los individuos una vida más confortable”. Surgen asi los conceptos y los
instrumentos para una dominación cada vez más efectiva del hombre sobre el
hombre, a través del aludido dominio sobre el mundo natural, y respaldada por la racionalidad tecnológica que
legaliza el dominio.
Esta nueva perspectiva puede debilitar o aumentar el
poder del hombre. Históricamente “el hombre es más importante que nunca
frente a su propio aparato”, todo depende de las formas de relación y
comunicación que pueda establecer frente a la ciencia y la tecnología.
Planteada esta breve introducción sobre
el tema que nos ocupa, falta agregar que el marco teórico que sirve de
fundamento para el análisis pretendido, será la Teoría de los Intereses
Constitutivos de Jürgen Habermas, autor alemán del siglo pasado, perteneciente
a la corriente crítica y cuyo pensamiento trajo importantes innovaciones en la
didáctica. Este autor elaboró una teoría sobre los intereses humanos
fundamentales que influyen en la forma de construir el conocimiento.
UN ESPACIO DE REFLEXION:
LA
TEORIA DE CRÍTICA DE JÜRGEN HABERMAS
“La autoreflexión penetra las cosas, porque algo se
torna conciente, de un modo que tiene importantes consecuencias para la práctica:
la penetración analítica interviene en la vida”
Jürgen Habermas
Resulta interesante el análisis que realiza este autor sobre el impacto
de la tecnología en los tiempos actuales. Sin pretención de un estudio
profundo de su teoría, intentaré subrayar las ideas centrales para comprender
los planteos de este trabajo.
Uno de los conceptos fundamentales que desarrolla Habermas es el de interés,
definido por el autor como “...placer que asociamos a la existencia de un
objeto o acción”. Este concepto se relaciona con la idea de que la especie
humana se orienta básicamente hacia el placer y lo que nos proporciona este
placer, es la creación de las condiciones que permiten que la especie se
reproduzca. Tal como interpreta Grundy (1991) la creación de estas condiciones
se enraíza y se fundamenta en la racionalidad.
Inseperablemente asociados al concepto de racionalidad están los de libertad y verdad.
La forma de manifestarse la racionalidad
determinará lo que un grupo social distinga como conocimiento. “Así los
intereses fundamentales por la preservación, no sólo tienen implicancias
cognitivas y prácticas, sino que constituyen también, el conocimiento de
diferentes maneras” (Grundy, 1991).
Habermas
señala tres intereses cognitivos básicos:
-técnicos,
-prácticos
y
-emancipadores.
Además, estos intereses implican tres
tipos o formas de generar y organizar el saber en nuestra sociedad:
-empírico-analítica,
-histórico-hermenéutica
y
-crítica.
Es importante subrayar, que junto a la
constitución o construcción del conocimiento, está la de la práctica o acción,
ninguno por si solo puede asegurar nada, se requiere la interacción de ambos, a
favor del bienestar de la especie y la sociedad.
1.-
El interés técnico:
Se basa en la necesidad de sobrevivir y
reproducir que tiene la especie, tanto ella misma, como aquellos aspectos de la
sociedad humana que se consideran de mayor importancia. Para lograr este
objetivo las personas muestran una orientación hacia el control y gestión del
medio y dan lugar a una acción instrumental regida por reglas técnicas,
basadas en el saber empírico.
¿Qué sucede con esta percepción tradicional, cuando
en los tiempos modernos las fuerzas productivas y el potencial tecnológico
inundan todos los ámbitos? Los hombres se convierten en manipuladores de
instrumentos, se produce una “compulsión por la modernización”, la ciencia
asume un rol principal en interdependencia con la tecnología, “el homo faber
aparece también como homo fabricus, totalmente integrado a su aparato técnico”
(Barco, 1989), las legitimaciones tradicionales se ven resquebrajadas por otras
nuevas, representadas por la “autoestabilización cuasi instintiva de los
sistemas sociales”.
Un verdadero “arsenal” de aparatos,
artefactos, máquinas e instrumentos, junto a la difusión de lenguajes, jergas,
neologismos, signos y códigos, se han instalado en nuestra realidad cercana,
haciéndonos protagonizar aquellos cuentos de ciencia ficción, donde lo
impensable hoy es posible. Detengámonos a mirar a través de la novedad: nuevas
formas de comunicación, autopistas de datos, interactividad, aplicaciones
multimediales... en fin, una lista
inagotable y sorprendente de nuevos saberes, que hoy ponen ¿al alcance de
todos? la ciencia y la tecnología.
Esta realidad que ha iniciado su
convivencia con los seres humanos produce, en primer lugar, la exigencia de
destrezas, habilidades y conocimientos, cuyo empleo son requeridos y esperados
para distintos desempeños, por lo tanto, obstaculizan o posibilitan “las
oportunidades de participar y tomar decisiones en los asuntos públicos, de
interés común y los vinculados con el bienestar, la realización y la dignidad
colectiva y personal” (Romero Brest, 1982).
Podemos observar cómo se levanta, inundando todos los
ámbitos, el valor de la eficacia, término que se traduce fundamentalmente en
“buenos resultados”, competencia y resolución práctica de los problemas,
en el menor tiempo y con el mínimo costo posibles. Por eso la ciencia y la
tecnología son atrayentes: contribuyen a la obtención de buenos resultados. He
aquí que la ignorancia impide o dificulta la posibilidad de ver los
problemas... y las soluciones. Para actuar y participar se requiere el dominio
de un saber, esto es, poseer los conocimientos y la información pertinentes
para operar sobre la realidad.
Respecto a la calidad de la enseñanza y
el aprendizaje, las tendencias actuales de la informática y la electrónica han
impreso un sello de panacea, como si todos los problemas del área, anteriores a
su aparición, pudieran ser resueltos con la incorporación, específicamente de
la computadora, a las intituciones escolares. Los recursos tecnológicos
introducidos en el aula forman además, parte de un variado espectro de
productos de mercado que impone a la sociedad en general y a las escuelas
particularmente, la necesidad de consumo de tales, en nombre de la modernidad.
Este hecho es llamativo en el contextro
educativo argentino donde la tecnología es incorporada a los establecimientos
educativos, entre otras causas, para brindar una imagen modernista de los currículos
y los proyectos. Esta incorporación causa cierta fascinación en la comunidad
que además, se dispone a pagar un servicio considerado sustancial para desempeños
actuales y futuros. Surge, entonces, una especie de acción compulsiva por la
adquisición de equipamientos y programas, sin ninguna planificación racional
que pudiera dar sentido educativo a las nuevas incorporaciones.
La carencia de investigaciones y
proyectos que brinden el marco adecuado a este nueva cultura, trae como
resultado un proceso de vacilación pendular y azaroso que se mueve entre, la
consideración de la tecnología como un campo de conocimiento en sí mismo,
hasta su percepción como instrumento o recurso al servicio de la didáctica. En
medio de estos extremos podemos encontrar un interesante número de
posibilidades ya el panorama se presenta con muchos matices. Lo que ocurre en el
ámbito de la educación, es un reflejo de lo que acontece a nivel macrosocial.
La construcción del homo economicus se
realiza en dos dimensiones de la realidad: en la vida socioeconómica y
cultural, y en la realidad virtual
del espacio cibernético.
La creación de la información instantánea,
en tiempo real y a escala universal
(el espacio cibernético) es la última de las cinco grandes revoluciones informático-culturales
de la época moderna. La primera fue la invención de la imprenta de Gutemberg,
que generó una cultura escrita universal para una élite informativa. El empleo
de la radio en los años veinte, del siglo pasado, hizo aparecer una cultura
auditiva de masas, seguida por la revolución comunicativa de las imágenes
televisivas, en los años cincuenta. La cuarta revolución tuvo por base el uso
masivo de la computadora, a partir de la década de los ochenta, y actualmente,
estamos presenciando la revolución de los multimedia.
Por multimedia se entiende la
convergencia de las funciones del teléfono, de la televisión y de la
computadora en una sola tecnología, que permite la comunicación instantánea
mediante la transmisión de imágenes, datos y voces. Con este último
desarrollo se está creando una cultura cibernética universal en la historia
del hombre. Se trata de un verdadero sistema “nuerológico” mundial
(gigantesca red de emisores y recpetores) que permite al ser humano comunicarse
en tiempo y espacio real o diferido. Su enorme potencial radica en la capacidad
de crear un mundo nuevo, propio y global: la realidad virtual.
La socialización del ciudadano del
mundo a través del espacio cibernético tiene dos vertientes: una cuantitativa
y una cualitativa. En lo referente a la primera, observamos una creciente
extensión de los servicios, que cada día abarcan a más sectores de la población.
En cuanto a los contenidos, el espacio cibernético se presenta como dicotómico,
hay una dimensión para la élite informativa y otra, para los demás sectores
de la sociedad.
La ciencia y la tecnología nos pone al
alcance todas estos recursos, pero junto a esta posibilidad, está la necesaria
percepción del dominio del hombre sobre la tecnología y no del dominio de la
tecnología y de quienes la menajan, sobre la mayoría de los ciudadanos.
2.- El interés práctico:
Si
el interés técnico se orienta al control, el práctico apunta a la comprensión.
No estamos hablando aquí de la comprensión que permite formular reglas para
manipuilar y manejar el medio. Se trata de un interés por comprender el medio,
para que el sujeto sea capaz de interactuar con él. Como también tiene
implicancias morales la cuestión que surge del interés práctico no es : ¿qué
puedo hacer?, sino ¿qué debo hacer?. Obviamente para responder a esta pregunta
hace falta comprender el significado de la situación. Recordemos que el hecho
de dar significado contituye la terea asociada con las ciencias histórico-hermenéuticas,
a través de las cuales, “el acceso a los hechos se consigue mediante la
comprensión del significado, no por observación” (Habermas, 1972).
El saber relacionado con la comprensión
no puede medirse según el éxito de las acciones que surgen como consecuencia.
Se juzga y valora según su significado ayude o no, al proceso de elaboración de juicios, respecto a cómo
actuar de manera racional y moral. Se trata de una acción interna, de un sujeto
situado en el universo, que actúa con otro sujeto, en un proceso de interacción,
que Habermas define como “...acción comunicativa, interacción simbólica. Se
rige por normas obligatorias consensuadas, que definen las expectativas recíprocas
respecto a las conductas y que pueden ser comprendidas y reconocidas por dos
sujetos agentes, al menos” (Habermas, 1971).
Para sintetizar estas ideas, Grundy
define al interés práctico como “...un interés fundamental por comprender
el ambiente mediante la interacción, basado en una interpretación consensuada
del significado” (1991).
Salta a la vista la necesidad de una
reflexión, un examen de los presupuestos de estas nuevas formas de legitimación
del poder, basados en la ciencia y en la tecnología si queremos comprenderlas.
En otras palabras, lo que se percibe como natural y legítimo debe ser sometido
a jucio crítico para posibilitar que el hombre, en el camino hacia la autonomía,
se libere de la restricción ejercida por la técnica: “Lo que dicen que es
bueno ¿es lo mejor para para mi?.
Paradójicamente este
tipo de análisis y pensamiento se ven bloqueados por el mismo imperativo tecnológico,
ya que, cuando los sujetos aprenden a actuar, considerando únicamente el éxito
de sus actos, orientan sus acciones por medios “no lingüísticos, tales como
el dinero y el poder”, anulando los procesos de entendimiento.
En una reflexión conjunta de todos los
sujetos de una comunidad deben
surgir las respuestas a preguntas fundamentales como:
1.-¿Quiénes
pueden acceder a estos dominios? ¿todos?, ¿algunos?, ¿pocos?
2.-¿Qué
legítimas finalidades representan estos avances en la vida de los hombres?
3.-¿Qué
proyectos de capacitación y formación profesional pueden responder a estas
demandas?
4.-¿Qué
instituciones educativas han modificado sus currículos para ayudarnos a
enfrentar este mundo de avances acelerados y contundentes? ¿con qué
significados?
Lamentablemente son reducidos los espacios que permiten
acceder al dominio de las exigencias actuales y a la reflexión sobre sus
alcances y consecuencias. Por tanto, también son pocas las personas que pueden
hacerlo, pero como dice Angulo Rasco, utilizando una metáfora muy
esclarecedora, “como el Caballo de Troya, las preocupaciones públicas y
sociales sobre la calidad, la informática o la iguladades de oportunidades,
llaman la atención por su magnitud, su importancia, su necesidad o su futuro;
pero, al igual que el Caballo de Troya, hay que ser muy cuidadosos y no esperar
que lo que realmente guarda en su interior, y por debajo de de las decoraciones,
engalanamientos y retóricas externas, puedan sorprendernos al llegar la
noche”.
Muchas son las voces que se escuchan en
un intento de dar respuestas válidas a estos desafíos, pero no existe un real
consenso sino ardientes disputas entre “tecnófobos” y “tecnófilos”.
Mientras tanto, siguen vigentes las preguntas sin contestar: ¿qué deafíos
plantea el progreso tecnológico para nuestros proyectos sociales y educativos?,
¿con qué finalidades se deben introducir?, ¿estamos ante un recurso más, o
debemos reconocer que por sus características especiales, las nuevas tecnologías
sobrepasan la frontera de lo conocido hasta hoy?
Como dice Sancho (1994) : “En una dialéctica
entre progreso y deshumanizción se levanta una máquina omnipotente y
omnipresente que ha generado un conjunto de metáforas sociales en torno a su
persona: la computadora como máquina temible, controladora y dominadora de la
persona; la computadora como epidemia y pulpo tecnológico, capaz de acosar
nuestra integridad y violar nuestras costumbres más arraigadas”.
Los entornos laborales, familiares y
recreativos introducen tempranamente a los individuos en el manejo de la nueva
tecnología con evidente eficacia. La escuela por su parte, se enfrenta a la
problemática de modificar sus métodos convencionales para incorporar los
bancos de datos, las redes informativas, la teleconferencia, etc., que imponen
la necesidad de flexibilización de programas curriculares y la iniciación de
los docentes, a fin de explorar las posibilidades que ofrecen estos recursos.
En medio del debate y la duda, no sólo
es importante destacar el impacto que produce en los docentes este
desplazamiento desde la tecnología conocida (pizarrón, textos, audiovisuales)
hacia ámbitos aún inexplorados totalmente, sino que en el fondo de la cuestión,
esos productos minan la autoridad cultural y científica de los docentes y
plantean un conflicto de poderes, ya que un gran número de alumnos llegan con
una vasta experiencia en el manejo de tecnología informática, colocando al
profesorado en inferioridad de condiciones, ya que
que manejan con mayor pericia y menos miedo tales artefactos.
Convertida casi en una empresa, la
educación debe responder con éxito a las demandas de globalización,
interdependencia, modernización, competencia, etc., que justifiquen las
inversiones que se realizan por su causa. La incorporación de la informática
en los currículos o su utilización como recurso, parece responder a esta
imperiosa necesidad de una formación en competencias básicas, “para procesar
conocimientos y centrarse en la capacitación para la resolución de problemas,
y respuestas a situaciones nuevas”. Vuelve a imponerse el valor de la
eficacia.
Por último, el paradigma de educación
para todos aparece como lejano y utópico, ya que los nuevos contenidos y
estrategias que generan los cambios tecnológicos, son casi exclusivos de los
emprendimientos privados. El Estado es aún incompetente para trasladarlos a la
educación pública, y tampoco creo que sea su objetivo.
Desde mi punto de vista la incorporación
de los avances informáticos y tecnológicos en general, pueden tener otros
objetivos más legítimos que se centren, no en la formación de recursos para
la competencia externa, sino en la posibilidad de desarrollo creativo y flexible
que reporte un aprendizaje con sentido.
El espacio informático es, por su
propia naturaleza, un espacio abierto, promueve el desarrollo de la actividad
reflexiva y estimula los procesos metacognitivos. Sin considerarla un fin en si
misma, es importante no dejar de reconocer el gran potencial educativo que puede
brindar, por ejemplo, una
computadora: simulación, dinamismo, interactividad, etc., en la promoción de
un aprendizaje significativo y en la formación de un hombre que pueda manejar
estos saberes para su propio beneficio, y para la comprensión y valoración de
su entorno social.
El despliegue de las nuevas tecnologías
debe estar orientado a mejorar la calidad de los procesos y resultados del
aprendizaje en todas las áreas de conocimiento, a favorecer la construcción de
saberes sustantivos. No debe plantearse solo la formación
de las capacidades tecnológicas de quienes enseñan y aprenden. La
estrechez de esta última concepción, en la peor de las hipótesis, no haría
sino cambiar analfabetismo informático por analfabetismo informatizado.
Podemos estar o no de acuerdo en estas
consideraciones, todo se puede discutir, todo se puede investigar, lo que no se
puede consentir es que la introducción de la informática se deba hacer “tal
como se está haciendo; utilizando los programas y los equipos actuales, sin un
mínimo de reflexión sobre sus orígenes y los intereses que han generado su
aparición y motivan su generalización”.
3.-
El Interés emancipador:
Para Habermas emancipación significa “independencia
de todo lo que está fuera del individuo” y se trata de un estado de autonomía
más que de libertinaje. Por lo tanto la emnacipación
de identifica con la autonomía y con la responsabilidad.
La emancipación sólo es posible en el
acto de la autoreflexión, cuando el sujeto se vuelve sobre si mismo. Sin
emabrgo, no solo constituye una cuestión individual. A causa de la naturaleza
interactiva de la sociedad humana, la libertad individual nunca puede seprarse
de la libertad de los demás.
La persona que no es libre está
objetivada, es decir, la falta de emancipación se vincula con la dependencia de
todos los objetos y con la posibilidad de que los mismos sujetos se conviertan
en cosas. Tanto los intereses técnicos como los prácticos no pueden satisfacer
la orientación humana hacia la autonomía y la responsabilidad. El primero, se
preocupa por el control y considera a los demás humanos y al medio, como
objetos. El segundo, aunque se acerque más a los intereses de autonomía y
libertad, tampoco es suficiente. Si bien busca la comprensión consensuada,
existe la propensión de las personas a engañarse, aunque se llegue a la
comprensión en una exposición y debates colectivos. Además, el consenso puede
convertirse en una forma de dogmatismo en vez de promover la autonomía.
La idea de libertad es trascendental en
la medida de que está implícita en la interacción humana y es inherente al
acto del habla auténtico. Dice Habermas que “...ningún agente puede ser
potencial miembro de una comunidad hablante, sino puede reconocer la diferencia
entre enunciados verdaderos y falsos, pero que un enunciado sea verdadero
significa que todos los agentes estarían de acuerdo respecto a él, esto, si
discutieran toda la experiencia humana en circunstancias de absoluta
libertad...” (1972).
El interés emancipador da lugar a la
acción autónoma, responsable, basada en un saber generado por teorías críticas.
Teorías acerca de las personas y sobre la sociedad, que explican cómo actúan
la restricción y la deformación para inhibir la libertad.
Dichas confirmaciones se
producen a través de procesos de autorreflexión.
En síntesis, mientras los dos otros
intereses se preocupan por el control y la comprensión, el emancipador se
preocupa por lograr que los individuos y grupos puedan tomar las riendas de su
propias vidas de manera autónoma y responsable.
En este universo la tecnología
proporciona también, la gran racionalización de la falta de libertad del
hombre y demuestra, la imposibilidad técnica de la realización de la autonomía,
de la capacidad de decisión sobre la propia vida. Pues esa ausencia de libertad
no aparece ni como irracional ni como política, sino como sometimiento a un
aparato técnico que hace más cómoda la vida y eleva la productividad del
trabajo. La racionalidad tecnológica, en lugar de eliminarlo, respalda de ese
modo, la legalidad del dominio.
Lógica y naturalmente comienza a ser
aceptada esta realidad y la nuevas posiciones, legitimando el orden establecido.
La participación se visualiza como acción de otros protagonistas porque exige
competencias específicas para desempeños también específicos, de los que la
mayoría carece. Como dice Romero Brest, “Ignorar o saber marca una diferencia
sustancial”.
¿Primera reflexión? Ocupados y preocupados por la
eficacia y en la solución de cuestiones prácticas, se pierden de vista los
esenciales problemas de la humanidad, aquellos que no son tan fácilmente
“solucionables”, que no representan “descubrimientos impactantes... porque
no cotizan en acciones de bolsa” (Sancho, 1994), y como se resisten a las
soluciones eficaces, terminan por ser visualizados como perversos, porque se
trata de casos que no se dejan resolver; “van en contra del orgullo del
hombre, recordándole constantemente su condición” (Sancho, 1994). También
con ellos podemos confeccionar una lista interminable: hambre, miseria,
ignorancia, salud, trabajo, suicidio, etc. Evidentemente el panorama no es tan
fascinante como el que muestra el avance tecnológico.
Una segunda reflexión importante gira
en torno de lo que Romero Brest llama “ceguera o incompetencia para descifrar
o comprender las transformaciones de la realidad, que conlleva el avance tecnológico-científico”.
¿Qué significa esta afirmación?
Sencillamente que nuestro rol dentro de este descollante avance parece reducirse
al de consumidores de novedades. Ser generadores y críticos de la información
y del conocimiento no parece estar al alcance de todos.
La dependencia que se genera es clara. ¿Quién puede
tomar decisiones? El propio desarrollo tecnológico impone la necesidad de
expertos que expliquen al resto de los mortales el sentido de las cosas. Pero
estos expertos tienen también su visión del mundo, que a menudo, ocultan bajo
el poder que les da ser considerados como tales. De esta forma, “individuos y
grupos dependen cada vez más de mediadores y desarrollan cada vez menos su
capacidad de deliberación y ejercicio de juicio crítico”(Sancho, 1994).
Como nuestra mirada no alcanza para
sondear y comprender la realidad, una vez más la sociedad de consumo se asegura
una clientela numerosa. Nos convertimos en consumidores de tecnología,
conocimientos, aparatos... sin evaluar lo que adquirimos.
Lejos está la situación de originar
una sociedad, que sea concebida como sistema de interacciones entre seres
humanos, que organizan concientemente su práctica, a través de una comunicación
de libre dominio. Ciertamente son los intereses sociales los que determinan la
dirección, las funciones y la velocidad del progreso técnico. Pero también,
esos intereses definen al sistema social como un todo, que viene a coincidir con
el interés por el mantenimiento del sistema. “La forma privada de la
revalorización del capital y la clave de distribución de las compensaciones
sociales que aseguren el asentimiento de la población, permanecen como tales,
sustraídas a la discusión” (Habermas, 1994).
Aparece como variable independiente, un
progreso basado en la ciencia y en la tecnología disfrazado de autónomo, de la
que depende la variable más importante del sistema: el progreso económico. El
resultado es una perspectiva en la que la evolución del sistema social parece
estar determinada por la lógica de este progreso científico y tecnológico.
“El rendimiento peculiar de esta
ideología consiste en que disocia la autocomprensión de la sociedad, del
sistema de referencia de la acción comunicativa y de los conceptos de la
interacción simbólicamente mediada, y los sustituye por un modelo científico.
En la misma medida, la autocomprensión culturalmente determinada de un mundo
social de la vida, queda sustituída
por la autocosificación de los hombres bajo las categorías de la acción
racional con respecto a fines y del comportamiento adaptativo. (Habermas, 1965).
El problema de fondo es que con la
dependencia tecnológica y sus criterios de valor, se reprime o anula la
necesidad de emancipación por parte de los hombres. Tal es el grado de
dependencia y confusión que asumimos, que no nos atrevemos a pensar en cómo
querríamos vivir si pudiéramos realmente elegir.
Lamentablemente, la educación que
debiera ser un espacio de deliberación y crítica permanente de las nuevas
formas de legitimación científicas y tecnológicas, es el lugar donde se
desarrollan las mayores obstinaciones y donde se neutralizan las verdaderas
ansias emancipatorias.
El espacio donde nos debieran enseñar a
pensar y a deliberar sobre la calidad de los contenidos e información puestas
en las autopistas, es el espacio que incorporó sin racionalidad esta tecnología.
Los actores son los mismos, docentes y alumnos, ambos ante este panorama,
enfrentan el desafío de no ser utilizados ni consumidos por las nuevas tecnologías,
sino de ser personas que pretenden poner al servicio de su educación y de su
calidad vida, todas las ventajas que aquella
implica.
En educación, es esencial la presencia
de la tecnología para llegar con el servicio a todos los ciudadanos, y asi
poder cumplir con el derecho constitucional de enseñar y aprender. Entre las
nuevas estrategias de educación permanenete, está la educación a distancia,
que recrea la posibilidad de acceso a una educación sin fronteras. Esta
modalidad constituye en sí misma, la llamada “revolución tranquila”, ya
que permite que un importante número de personas pueda estudiar y esto, gracias
a los avances de la tecnología educativa. Pero este es un tema que merece otro
espacio y otro diálogo.
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