EL DERECHO
EN EL TEATRO DE JUAN RUIZ DE ALARCÓN

Un jurista dramaturgo,
apasionado por las cuestiones humanas

 

por Ricardo David Rabinovich-Berkman[1]

 

"Quien vive sin ser sentido,

quien sólo el número aumenta,

y hace lo que todos hacen,

¿en qué difiere de bestia?"

La verdad sospechosa, 857

 

"El mudar los pareceres

con causa, de sabios es.

La mudanza es liviandad

cuando, sin nuevo accidente,

le da causa solamente

la propia facilidad".

Mudarse por mejorarse, pp242/243

 

"¡Dichoso Adán, que su amor

gozó sin suegra ni tía!"

Mudarse por mejorarse, p 285

 

 

1. ACERCA DEL TEATRO COMO FUENTE HISTÓRICO-JURÍDICA

         El teatro no es una fuente convencional de la Historia del Derecho. No suele figurar entre las que los profesores mencionan a los alumnos en los cursos universitarios, ni es de las más empleadas por los autores en sus obras. Sin embargo, uno de los primeros testimonios que se suele citar en los manuales de la asignatura, porque corresponde a los más antiguos escarceos de la filosofía jurídica occidental, es justamente una obra dramática: la Antígona[2], del inmortal Sófocles[3]. Y una de las pocas huellas de la existencia real de Sócrates, el maestro del escritor de República y de Las Leyes, nos la da una comedia de Aristófanes, Las Nubes [4].

         Es decir que el teatro, si bien no es una fuente normal, es una fuente importante, más de lo que parece a primera vista. Incluso, sostengo que posee numerosas ventajas, comunes muchas de ellas con otros testimonios literarios propiamente dichos, como las novelas, las canciones o las poesías. Así, su espontaneidad, su frescura.

         Las obras teatrales suelen constituir puertas abiertas a la realidad social pretérita, porque no son ni expresiones legales (con su inevitable carga de instrumentalidad lógica) ni doctrinarias (siempre ideológicas). Porque suelen ser más llanas, más corrientes, y calar más profundo en los verdaderos conflictos humanos que dan tela al tejido de las relaciones inter-proyectuales que interesan al Derecho[5].

         Pero, ¿qué problemas padece el teatro como fuente? Por empezar que, al no constituir un producto jurídicamente elaborado, requiere un tipo y un grado de crítica diferentes, abarcando desde lo propiamente idiomático hasta lo inherente a la ideología sustentada por su autor, cuya subjetividad normalmente fluirá mucho más libre en ese tipo de obras, de lo que lo haría en muestras más científicas.

         Pero eso mismo, tampoco es malo. Por el contrario. Parto como base de que no hay quehacer humano que no sea, en alguna medida, subjetivo, o, en otras palabras, que es imposible que el científico reporte el fenómeno tal cual es: siempre traerá su observación del fenómeno (sentido que evoca la etimología de este último vocablo, derivado del verbo griego feno: dar luz, alumbrar; hacer brillar, encender; hacer ver, hacer visible; mostrar, indicar, señalar, designar; manifestar, demostrar; hacer claro o audible, exhibir, explicar, anunciar, denunciar, hacer conocido, etc.[6]). Esta subjetividad necesaria no es, por cierto, patrimonio exclusivo de la Historia[7].

         Entonces, si lo subjetivo siempre está, por lo menos en el terreno literario es explícito, aceptado, admitido por el propio autor. Es decir, no hay pretensiones vanas o falsas de objetividad, de pureza científica. Un tratadista normalmente se presenta como imparcial, impoluto, y sin embargo, quiéralo o no lo quiera, vierte un producto rebosante de ideología. El legislador, si bien menos enmascarado, a menudo también se procura un disfraz científico. En cambio, el literato opta por vestir a sus personajes, pero se desnuda él mismo.

         Desde el punto de vista estricto de la Historia Jurídica, creo que el teatro más interesante es el llamado de costumbres, que pretende pintar la vida tal cual es. Claro que parto de no considerar al Derecho como un mero conjunto de normas. Mi postura se aproxima más a la del gran Werner Goldscmidt[8] , o, en el campo iushistoriográfico, a la de mi maestro Abelardo Levaggi[9]. Ambos  ven al Derecho como un compuesto tripartito, integrado por las facetas que el primero de los autores nombrados llama “normológica”, “dikelógica” y sociológica, siendo esta última la que se refiere a la realidad social, vivencial, de una comunidad determinada[10].

         Entiendo, siguiendo en gran medida las huellas del profesor platense Carlos Cossio, al Derecho como una ciencia que estudia la problemática de la "interferencia intersubjetiva"[11]. Pero destacando su carácter de ciencia social, cuyo objeto se vincula con la resolución del más grande de los conflictos: la tensión entre la individualidad inherente a cada humano, que se siente uno, único e irrepetible, y nuestra necesaria “gregariedad”, la presencia inevitable de los otros, nuestro complemento proyectual por un lado (sin el cual la existencia misma sería impensable, como lo explica Albert Jacquard[12]), y por el otro nuestro infierno, según la famosa frase de un personaje teatral (siempre el teatro) de Sartre[13].

         Entonces, así como las antiguas leyes nos reportan, en terminología de Goldschmidt, datos del aspecto “normológico” del Derecho pretérito (pero sólo de ese aspecto), y las viejas obras doctrinarias nos hablan del pasado “dikelógico”, entre las fuentes idóneas para llegar a la faceta “sociológica” de lo jurídico de antaño, posee un lugar destacado, allí donde pueda hallárselo, el teatro. 

 

2. ¿POR QUÉ RUIZ DE ALARCÓN?

         ¿Por qué hemos tomado a Ruiz de Alarcón en particular? No sólo por hallarse reconocido como uno de los escritores teatrales del Siglo de Oro español que con más celo y profundidad retrató a su sociedad. Hubo otras dos razones. Una: era indiano. Dos: era hombre de Derecho. Veamos ambos puntos.

 

2.1. RUIZ DE ALARCÓN, EL INDIANO

 

         "Cuando del indiano suelo

          por mi dicha llegué aquí,

          la primer cosa que vi

          fue la gloria de ese cielo"[14]

        

         "Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza nació en el virreinato de la Nueva España hacia 1580". Las evidencias indican que vio la luz en una esquina de la rojiblanca ciudad de Taxco, que se encarama con andaluza simpatía y azteca claridad en las faldas de las sierras.
          En ese sitio (la casa original no se conserva) una placa indica hoy la referencia, y a poca distancia hay una estatua del dramaturgo, no exageradamente feliz. Por su parte la ciudad, una de las más bonitas del orbe, en tardío reconocimiento a su hijo dilecto se ha agregado su apellido, y ahora se llama oficialmente “Taxco de Alarcón”. Con lo que nuestro autor ya no sólo forma parte indeleble de la historia indiana, sino que además integra su geografía.

En 1600 ya se encontraba en la Península, donde ese año se le otorgó el título de Bachiller en Cánones en Salamanca. Es decir que pasó las dos primeras décadas de su vida en el mundo mejicano, embebiéndose de su realidad particular. Allí cursó el bachillerato en Artes, y luego inició sus estudios de Cánones. Allí, posiblemente, en la "casa de comedias" de don Francisco de León, tuvo oportunidad de conocer el teatro.
         Luego regresó a la tierra azteca, en 1608, para permanecer en ella unos seis años. En 1615 ya estaba en España de vuelta, donde vivió hasta su fallecimiento, acaecido en Madrid en 1639
[15]
.

 

 

2.2. RUIZ DE ALARCÓN, EL JURISTA

         Así como Aristóteles era biólogo, y Descartes matemático, pero ambos ganaron fama como filósofos, Alarcón, uno de los más grandes exponentes del teatro hispano clásico, era en realidad un jurista. Obtenido, como viéramos, el bachillerato en Cánones en 1600, alcanza el de Leyes en Salamanca en 1602[16], y sigue estudiando Derecho otros cuatro años. En 1605 termina la licenciatura en Leyes, pero "no solicita la obtención del grado, acaso por lo costoso que resulta en dicha Universidad". Sobre 1607, la Real Audiencia de Sevilla lo había autorizado para el ejercicio de la Abogacía[17] .

         Su vida académica no fue un jardín de rosas. En 1609 la Universidad de México le confirió el título de Licenciado en Leyes. De inmediato pidió el grado de Doctor y se lo dispensó de los gastos de pompa. Empero, jamás lo recibió. Tampoco fue afortunada su vocación docente. En 1609 y 1613 se presentó a oposición para obtener cátedras de Instituta, de Decreto y de Código. Fueron cuatro intentos, y vanos todos ellos. Finalmente, el resultado del último no lo aceptó, e impugnó a sus contrincantes por fraude.

         Su visión de los letrados se muestra irónica en la conversación entre la aguda dama huérfana doña Inés y su leal servidor Beltrán, a la hora del Examen de maridos (que creo es, digámoslo de paso, uno de los diálogos más divertidos que se hayan escrito jamás):

 

"BELTRÁN: Sobre un condado trae pleito.

DOÑA INES: ¿Pleito tiene el desdichado?

B: Y dicen que con derecho;

que sus letrados lo afirman.

D.I.: Ellos ¿cuándo dicen menos?" [18] 

 

 

2.3. RUIZ DE ALARCÓN, EL PRETENDIENTE DE OFICIOS

         A lo largo de toda su vida laboralmente útil, pretendió oficios, como tantos otros de su época y condición. De allí que se perciba un cierto tufillo de autocrítica sarcástica cuando uno de sus personajes graciosos diga, despectivamente, de otro, que:

 

                   "Paréceme propiamente

         en sus aspectos e indicios,

         los pretendientes de oficios,

         cuando ven al presidente" [19] .

 

         No era un hombre de aquellos con quienes, como diría Joan Manuel Serrat, “la vida toma café”. Al conocedor de sus tristes experiencias le sonará amargo este diálogo de comedia, en que los personajes tratan sobre un eventual marido, que será descartado:

 

"BELTRÁN: Pretende oficios.

DOÑA INÉS: ¿Pretende?

         ¡Triste de él! ¿Tenéis por bueno

         para mi marido a quien

         ha de andar siempre pidiendo?

B:      Un virreinato pretende.

D.I.:   ¿Virreinato cuando menos?

         ¡Mirad si digo que es vano!

B:      Tiene, para merecerlo,

         innumerables servicios.

D.I.:   A maravedís los trueco;

         que méritos no premiados

         son litigiosos derechos" [20] .

 

         Las críticas a la forma en que los oficios son proveídos, y las referencias a la corrupción que les es inherente, encuentran siempre una grieta para filtrarse en su obra, a menudo con delicioso sarcasmo. Pero pocas veces como en La prueba de las promesas, en la exquisita escena en que el criado Tristán, que ha devenido, al transformarse inesperadamente su amo en Marqués, influyente secretario del nuevo magnate, recibe a tres pretendientes de oficios, que se presentan “con memoriales”:

 

“Pretendiente 1°:   Merezca en esta ocasión

Que usted, como quien es,

Me ayude con el Marqués.

Tristán:                 ¿Qué pide?

P1:                                          Una comisión.

T.:               ¿Qué?

P1:                       Comisión.

T:                                            Bien está.

¿Fuera de aquí?

P1:                                          En Zaragoza.

T:                ¿Casado?

P1:                                 Con mujer moza

Y hermosa.

T:                                  Negociará [vase el P1].

P2:              Para que una plaza alcance

O el uno de estos oficios,

Me dad favor.

T:                                            ¿Qué servicios?

P2:              He escrito un libro en romance.

T:                ¿Qué?

P2:                       En romance.

T:                                            Bien está.

P2:              Y también fui traductor

De uno italiano, señor.

T:                Señor, no negociará [vase el P2].

P3:              ¿Qué hay de mi negocio?

T:                Ayer,

Dijo el Marqués, mi señor,

Que mostréis vuestro valor,

Si capitán queréis ser.

P3:              Pues, ¿no ha bastado a mostralle

Este talle, esta presencia?

T:                Acá tiene su excelencia

Rocines de mejor talle.

P3:              Señor, si favor me da,

Y negocio, le daré

De albricias mil doblas.

T:                                                     ¿Qué?

P3:              Mil doblas.

T:                                  Negociará”[21].      

 

         El abstruso y reiterado “¿qué?” de Tristán, un sujeto absolutamente inepto para el cargo que le ha caído en gracia, bastaría por lo elocuente. Pero Ruiz no quiere desperdiciar la veta que le brinda el momento. El único de los tres que realmente ha hecho algo de valía (de lo que Tristán no entiende ni jota, por cierto), es rechazado, y en cambio prosperan las peticiones del que tiene “mujer moza y hermosa” (no hay mucho que pensar al respecto), y del que, lisa y llanamente, propone un buen soborno. Bien sabría nuestro autor de lo que hablaba.

         En la misma obra, otro criado, más serio, de nombre Chacón, no encuentra mejor imagen para referirse a la presunción de unas mujeres que esta:

 

“De suerte ha vuelto el juicio

De las dos la vanidad,

Que tienen más gravedad

Que un ruin puesto en oficio”[22].

 

         Antes de esto, el digno Don Illán (personaje tomado de un cuento del Infante Don Juan Manuel) ha pedido un oficio para su hijo, que al parecer realmente lo merece, en estos términos:

 

“Y así, en albricias, señor,

De que tan dichosa nueva

Tuvisteis en esta casa,

Y en fe de vuestras promesas,

Os suplico que el gobierno

De vuestro estado merezca

Un hijo que en Salamanca

Estudió jurisprudencia,

Y está en Madrid pretendiendo;

Porque en ese oficio pueda

Habilitar su persona

Y servir a vuecelencia,

Para que con su favor,

Y dar allí de sus letras

Testimonio, a alguna plaza

Su majestad le promueva”[23].  

        

A nadie escapa que este joven “que en Salamanca estudió jurisprudencia, y está en Madrid pretendiendo” es muy semejante en su situación a Ruiz. Y, en la línea de siempre, como merece lo que pide, se lo deniegan, y se lo conceden a quien no tiene méritos, pero sí otras prendas.

De allí que sea tan notable la situación de Don Pedro en Ganar amigos, pues a este caballero le ofrecen un puesto importante (que lo merece), sin que lo haya solicitado siquiera. Y esto le parece tan inconcebible, que medita:

 

“Darme lo que yo no pido,

No teniéndole obligado,

Cuando sé que a nadie han dado

Cargo que no haya pedido”.[24]

 

Y tanta es su sorpresa, que deviene suspicacia, e intenta rechazar el alto cargo que se le endilga, cosa que hace en este diálogo cómico que no tiene desperdicio:

 

“Marqués:   Esto al servicio conviene

Del Rey.

D Pedro:                        Sin número tiene

Soldados en quien podéis,

Tan bien como en mí, el bastón

Emplear.

M:               Decid, ¿en quién?

DP:             En el señor de Bailén.

M:               Parte a servir a Aragón.

DP:             En don Sancho Marmolejo.

M:               Lleva a Francia la embajada.

DP:             En don Francisco de Estrada.

M:               Está enfermo y es muy viejo.

DP:             En don Fernando Manrique.

M:               Ocupaciones forzosas

Son las suyas en las cosas

Del infante don Enrique”.[25]

 

Don Pedro resulta derrotado por la generosa esgrima del Marqués, que así concluye diciéndole:

 

“Yo, en fin, lo he mirado bien:

No me arguyáis; aceptad

El cargo y mi voluntad,

Y advertid que os está bien”.[26]

 

Pero que se cuide el lector, porque si bien el Marqués realmente no abriga malas intenciones contra Don Pedro, lo cierto es que hay quienes traman matarlo, y el medio es el discernimiento de este cargo militar. De modo que cuando, por una vez, Alarcón parece mostrar que las cosas en esta materia andan derechas, en realidad estamos lejos de eso, y lo que se verifica es una cruel tramoya, que sobradamente justificaba las sospechas de Don Pedro.

         No obstante sus críticas y sinsabores, su obstinación como pretendiente vio al cabo el premio. En 1611 fue teniente de corregidor, y al año siguiente juez pesquisidor de la Real Audiencia mejicana. En los intermedios, ejercía como Abogado. Su relación con el Derecho Indiano se mantuvo a pesar de su regreso a España, pues en 1626 fue designado relator interino del Consejo de Indias, al parecer bajo los auspicios de don Ramiro Núñez Felipez de Guzmán, yerno del conde-duque de Olivares[27]. En 1633 pasó a relator titular. La pugna entre el literato y el jurista se decidió, a la hora de la verdad, a favor del segundo. En efecto, al acceder al Consejo, parece que dejó de escribir obras de teatro. Empero, sólo le restaban, para entonces, los últimos seis años de su ajetreada vida[28].

         En su doble carácter de americano y de hombre de leyes, pues, situado a ambos lados del Atlántico en una época interesantísima del Derecho y la cultura hispánicos, en su privilegiada situación de estudiante de las dos universidades entonces más importantes de ambas partes del orbe español,  en su multifacética ubicación, ya en el ejercicio profesional ya en el cargo judicial o legislativo, este personaje reviste para nosotros un extraordinario atractivo.

 

 

2.4. EN FIN, RUIZ DE ALARCÓN

         Lo cierto es que Don Juan Ruiz fue un verdadero arquetipo de su tiempo, en más de un aspecto. Por cuanto hace a lo personal, "era desgraciado de cara, pequeño y raquítico de cuerpo, corcovado por el pecho y la espalda", y "le llamaban nadador con calabazas, esquilón de ermita, camello enano, costal de huesos, y otras amenidades de tan pésimo gusto"[29]. No puede uno sino imaginarse a ese joven encorvado y contrahecho, un cerebro prodigioso en una estructura ingrata, trepando y descendiendo las callejas desordenadas de la villa natal, al son de las campanas de la iglesia de Santa Prisca, delgada y alta como una adolescente, y de los yunques febriles de los artesanos plateros.

         En realidad, parece que ese aspecto físico, que le valiera pullas de Tirso de Molina, Quevedo, y otros, y hasta provocara en el regidor Juan Fernández estos feos versos:

 

         “Tanto de corcova atrás

         y adelante, Alarcón, tienes,

         que saber es por demás

         de dónde te corco-vienes

         o adónde te corco-vas”[30]

 

no fue sólo cosa de bromas, sino que incidió realmente en su vida profesional. Varela halla que “las taras físicas de Ruiz de Alarcón [...] pudieron ser obstáculo en sus oposiciones a cátedras”. El 1° de julio de 1625, una consulta del Consejo de Indias le halló a Ruiz impedimento “para una plaza de asiento de las Audiencias menores, por el defecto corporal que tiene, el cual es grande para la autoridad que ha de representar en cosa semejante”[31].

         En nuestros días nos asombran estas reacciones, pero así era el clima de entonces. Cobra toda su dimensión así, amarga y llena de encono por detrás de lo cómico, la respuesta que ya transcribiéramos del criado Tristán al pretendiente que se vanagloria de “este talle, esta presencia”: “Acá tiene su excelencia rocines de mejor talle”. “¿Queréis buenos cuerpos?”, parece rezongar Alarcón, “pues ahí tenéis los caballos, ¡superadlos!”. Sin embargo, las permanentes agresiones pasaron en un momento de las palabras a los hechos, y sus enemigos, los mismos de siempre, llegaron a atacar la representación de sus obras[32].

Tal vez por estas cuestiones, don Juan fue un célibe empedernido (lo que no lo privó de ser padre). Siempre presumió de antigua y alta nobleza (aspecto no omitido, inclusive, como veremos, en su obra). Fue enemigo jurado, entre otros, de Lope de Vega, lo que no era poca cosa en ese tiempo. Consciente de su pobre aspecto y del rechazo que causaba, no dudó en autorretratarse y reivindicarse literariamente, creando a ese efecto uno de los personajes más queribles nacidos de su pluma. A quien, por cierto, acababa amando la bella protagonista, prendada de sus dones espirituales, por encima de los apuestos contendientes.

         Su originalidad es paradigmática. "Las situaciones de sus comedias son suyas y muy  suyas, y son nuevas"[33]. En sus obras pintó la vida, tal vez más que otros de sus contemporáneos. De allí que, sin dudas, en esa impronta de lo social, como cosa natural en un jurista, se le filtró (posiblemente un poco queriendo, y otro poco sin intención) el Derecho.

         Tal, pues, la arcilla que hemos tomado para moldear este modesto trabajo. No pretendo la absoluta originalidad, que quede claro, pues ya me ha precedido en esta pesquisa de lo jurídico en Ruiz de Alarcón el profesor Niceto Alcalá Zamora que en 1934, siendo por entonces presidente de la República Española, le dedicó un artículo, intitulado ***, y tres lustros más tarde ampliado en El Derecho y sus colindancias, en el teatro de Ruiz de Alarcón (México, Imprenta Universitaria, 1949) que es, en realidad, una iluminada y feliz, invitación a profundizar en el tema, más que otra cosa. A tal profundización, justamente, es que en esta oportunidad apunto.

 

3. OBRAS EMPLEADAS

         La producción alarconiana es vasta y disímil. Si bien aduce García-Ramón que "Alarcón no fue fecundo", esa apreciación ha de entenderse formulada en comparación con la increíble fertilidad del Siglo de Oro, que vio a figuras como Lope de Vega, que se jactaba de contar su obras por centenas. "Dando por suyas todas las comedias que ahora se le atribuyen, tal vez para recompensarle de las que le robaron publicándolas con ajenos nombres y firmas ajenas, no llegan a treinta"[34] .

         En 1628, aparece en Madrid la Primera Parte de sus comedias, con ocho títulos, a saber:

 

1. Los favores del mundo.

2. La industria y la suerte.

3. Las paredes oyen.

4. El semejante a sí mismo.

5. La cueva de Salamanca.

6. Mudarse por mejorarse.

7. Todo es ventura.

8. El desdichado en fingir.

 

         En 1634, ve la luz en Barcelona la Segunda Parte. Esta vez, son doce las obras incluidas:

 

1. Los empeños de un engaño.

2. El dueño de las estrellas.

3. La amistad castigada.

4. La manganilla de Melilla.

5. La verdad sospechosa.

6. Ganar amigos.

7. El Anticristo.

8. El tejedor de Segovia.

9. Los pechos privilegiados.

10. La prueba de las promesas.

11. La crueldad por el honor.

12. El examen de maridos.

 

         Y faltarían otras cuatro piezas:

 

1. La culpa busca la pena y el agravio la venganza.

2. Quien mal anda en mal acaba.

3. No hay mal que por bien no venga.

4. Quién engaña más a quien

 

         Como se puede ver, estamos lejos del número de treinta de GARCÍA-RAMÓN. Sólo totalizan veinticuatro[35] .  

 

         Para este trabajo, hemos tomado las siguientes obras:

 

1. El desdichado en fingir.

2. Los favores del mundo.

3. Las paredes oyen.

4. Mudarse por mejorarse.

5. La verdad sospechosa.

6. Ganar amigos.

7. El tejedor de Segovia.

8. Los pechos privilegiados.

9. La prueba de las promesas.

10. El examen de maridos.

11. No hay mal que por bien no venga (Don Domingo de Don Blas).

 

         Corresponden a todos los períodos de la división cuatripartita en que suele clasificarse la obra de Alarcón, con énfasis en los tres últimos (obras posteriores a 1613[36]). En la tipificación temática de Henríquez Ureña, son todas "comedias morales", menos La prueba de las promesas (“comedia moral con intervención de la magia”) y El tejedor de Segovia (“comedia heroica”)[37]. Se ubican en la Edad Media la segunda, la quinta, la sexta, la séptima y la octava[38], en tiempo previo al de Ruiz la primera, y "en época contemporánea del autor" las restantes[39] . Desde el punto de vista geográfico, El desdichado en fingir se sitúa en una hipotética Bohemia, y las demás piezas en diversas ciudades de España. Consideramos que se trata de un muestreo de amplitud suficiente a los fines de este estudio.

         No distraeré al lector en referencias innecesarias a los argumentos de las piezas tomadas. Las mismas se harán en la estricta y mezquina medida en que la comprensión de los textos citados lo imponga, y en cada momento, porque aquí no es el dato literario el que nos interesa, sino el jurídico. En “Introducción a la Literatura”, allá por el Primer Año de Filosofía y Letras, nos enseñaba Delfín Leocadio Garasa que "los buenos autores no necesitan de buenos argumentos". Esa regla de oro, que evoca de inmediato a Shakespeare y algunos de sus geniales éxitos, como Romeo y Julieta[40], es perfectamente aplicable a Alarcón, cuya inteligencia, gracejo y dominio del idioma campean por encima de la riqueza de los asuntos, que, con excepciones, no suele ser mucha.

         Empero, si a alguien se le despierta, tras la recorrida de estas páginas, el deseo de abrevar en las obras de nuestro comediante indiano, esa habrá sido una inesperada pera, que en buena hora brotó en el olmo.

 

4. ASPECTOS  “DIKELÓGICOS

         El hecho de que las obras teatrales aporten normalmente ricas referencias al elemento sociológico de lo jurídico, no significa que no traigan también a veces consideraciones de tipo abstracto, eidético, vertidas por el autor a través de sus personajes. Desde Antígona y Creón, exponentes de posiciones filosóficas encontradas, la lista de papeles que han involucrado mensajes de fondo del escritor se ha vuelto tan nutrida, que cualquier intento de volcarla al papel estaría condenado al fracaso.

         Obviamente, esas expresiones sustanciales cobran particular importancia cuando las piezas en que se vierten han brotado de la pluma de personas con una preparación, una inquietud o una experiencia de vida especiales en la materia de que se trata. Tal es el caso de Ruiz de Alarcón, en cuestiones jurídicas, como viéramos al recordar someramente su biografía. No se espere que sus apreciaciones destaquen siempre por originales (aunque a veces lo hacen). Empero, siempre resultan interesantes.

         Dentro del contexto iusnaturalista clásico que era de esperar, campean las cuestiones alrededor de la difícil ecuación ley-justicia-verdad. Sobre todo, como veremos en el acápite siguiente con más detalle, cuando está de por medio el poder político. La justicia como valor inherente al Derecho, dentro de un orden garantizado por la intervención activa de la Divinidad, no se discute. Así, un personaje, ante un resultado favorable que se ha demorado, dice:

 

                   "Por cierta cosa

         tuve siempre el vencer: que el cielo ayuda

         la verdad más oculta: en ser premiada

         dilación pudo haber; pero no duda" [41] .

 

         Con fugaces excepciones, los personajes buenos transmiten un mensaje de confianza en las instituciones jurídicas, como portadoras de la verdad, y únicos caminos que (al menos, en teoría) pueden conducir a la realización de la Justicia:

 

                   "De más de que es caso llano

         que de la justicia es vano

         querer encubrir secreto;

         que al sol nada se le esconde" [42] .

 

         Donde vemos una interesante sinonimia metafórica, que recuerda imágenes prácticamente idénticas, presentes en tiempos muy remotos y culturas muy diversas, como por ejemplo la civilización sumeria[43]. La Justicia, cualidad divina, comparte con Dios el don de la ubicuidad, perfectamente simbolizado por el sol. Así como de sus rayos nada puede escapar, tampoco, en definitiva, puede ocultársele algo a los tribunales, que son la encarnación terrena de la Justicia. Sin embargo, no se espere que extraiga Alarcón el corolario de la confianza en los jueces concretos, si bien tal postura aparece aisladamente en boca de personajes algo ilusos, como la Doña Clara de Mudarse por mejorarse:

 

                   "Que de testigos no huye

         quien justos hechos intenta" [44] .

 

         Este escenario iusnaturalista acusa la presencia de otro término: la razón. Esta no puede sino ser coherente con la verdad y la justicia, como pilares del Derecho. Así lo vemos, por sentido contrario, en esta queja de Rodrigo, héroe de Los pechos privilegiados:

 

                   "¿De modo que la razón

         no ha de ser ley, sino el gusto,

         y que cuando el Rey no es justo,

         quien conserva su privanza,

         viene a dar cierta probanza

         de que también es injusto?" [45]

 

         En el párrafo que antecede, vemos con claridad cómo se establece la relación positiva razón-ley-justicia, frente a la negativa gusto-ley-injusticia, siendo el "gusto" la mera gana de quien posee el poder político, la voluntad del príncipe. Tanto la razón como la gana pasan por el nivel legal. En realidad, el calificado de justo o injusto es el Rey, en su carácter de legislador, según que tome a la razón o al gusto como base a la hora de hacer el Derecho.

         Los tres últimos versos plantean el asunto de Los pechos privilegiados, que es una verdadera joya castellana, pues aborda la grave cuestión de la posición que debe adoptar un privado (llámeselo ministro, obispo, o como se quiera) que se considera a sí mismo justo, ante la obvia injusticia de su señor o superior. Es un tema reiteradamente tratado por la literatura dramática, que sin dudas recibe el combustible constante de la realidad. Figuras auténticas, como los dos Tomases ingleses, Beckett y Moro, fueron fuente de inspiración para autores teatrales. La obra que nos ocupa, como muchas de las de Alarcón, si bien es una comedia, porque termina bien, no deja de pasar a milímetros de lo trágico, por las situaciones que pinta, y la gravedad de los planteos.

         Como el  Beckett de Jean Anouilh, nuestro Rodrigo, amigo y secuaz del Rey, se encuentra de pronto torturado por la alternativa de "conservar su privanza, dando cierta probanza de que también es injusto", o bien desobedecer los improcedentes requerimientos del soberano, incurriendo en su ira y castigo, pero salvando su integridad moral. E igual que Beckett, escoge, no sin zozobra, esa última opción.

         Alarcón no ahorra tintas para pintar la actitud injusta del monarca. Le hace decir:

 

                   "A mi y al Conde y a vos,

         Rodrigo, estimar es justo;

         mas ni tiene ley el gusto,

         ni razón el ciego Dios" [46]

 

         El "ciego dios" sería Cupido, que otras veces aparece descripto con ese defecto:

 

                   "Que por no sujeto a ley

         el amor, le pintan rey,

         niño, ciego, loco y dios" [47] .

 

         Considero un error, pues, que en la edición que he usado prioritariamente (a cargo de la catedrática Luisa Revuelta) aparezca escrito con mayúscula, como por fidelidad lo he vertido. No incurre en esa equivocación la dirigida por García-Ramón[48] .

         O sea que, frente a la ecuación abstracta, eidética, Dios-razón-ley, defendida por Rodrigo, el Rey propone otra, desnuda, durísima, que entiende fundada en la realidad: otro dios, que es ciego-no hay razón-el gusto funda la ley. La posición injusta del soberano se evidencia francamente pagana, y se desliza de lleno hacia el pecado. Es que es imposible, en el contexto ideológico alarconiano, atacar la razonabilidad y la justicia del Derecho, sin cuestionar en el camino a la Divinidad misma, que las resguarda.

         No deja de ser interesante, sin embargo, en la segunda cita, el que "por no sujeto a ley", lo "pinten rey". Pero veremos que esa tendencia a un absolutismo práctico aparece en la concepción de nuestro autor sobre el poder monárquico.

         También se observa la referencia a la razón en una fuerte queja del protagonista de El tejedor de Segovia, obra particularísima a la que me referiré en extenso más adelante:

 

                   "Y solamente pidiera

         lo que aquí habéis intentado

         tan contra razón y ley,

         quien fuera un tirano rey

         o muy gran desvergonzado" [49] .

 

         Y Julia, en Los favores del mundo, emplea razón como sinónimo funcional de Derecho, o de licitud, si se prefiere, al advertir:

 

                   "Si la razón excedieres,

         justicia nos hará el Rey" [50] .

 

         También la razón aparece vinculada a la equidad, y ambas como elementos de interpretación normativa (en este caso, de la costumbre) en este parlamento del caballero Don Juan en La prueba de las promesas, referido al otorgamiento de los tan codiciados hábitos de las órdenes guerreras:

 

“Illan, aunque en tales dones

No pone su majestad

Por su liberalidad

Límites ni condiciones,

Se entiende tácitamente,

Por equidad y razón,

Que para los deudos son”.[51]

 

         La Justicia, por cierto, es atributo y calidad divina. Pero son los hombres los encargados de instrumentarla, como lo expresa el Tejedor de Segovia:

 

                   "No admiréis mi atrevimiento;

         que yo aquí para con vos

         de la justicia de Dios

         soy un humano instrumento.

         Y aunque vale tanto el nombre

         que os da el mundo, viene a ser

         en queriéndole ofender,

         el mayor señor un hombre" [52] .

 

         La bipartición típica de todos los iusnaturalismos, aparece en Alarcón con las características del aristotelismo clásico. Reiteradamente se hace referencia a la "ley divina", junto a la "ley humana". Por ejemplo, don Domingo, uno de los personajes mejor logrados de este autor, campeón al mismo tiempo del honor, de la lealtad y de la vagancia absoluta, y simpático héroe de No hay mal que por bien no venga, al verse enfrentado a otro dilema al estilo del de Rodrigo en Los pechos privilegiados (el Príncipe le pide que lo secunde en un alzamiento contra el anciano Rey), razona de esta manera:

 

                   "¿Por qué la ley humana y la divina

         quiere violar, anticipando el plazo

         que ya limita de la parca al brazo?" [53]

 

         Y el monarca, enterado de la conspiración (que, con ayuda de don Domingo, aborta), enrostra a su propio hijo esta acusación con ecos de Antígona:

 

                            "No se logran,

         Príncipe, intentos impíos,

         que al cielo y la tierra enojan" [54] .

 

         En Ganar amigos, no tiene desperdicio este intrincado diálogo entre el Marqués, que es aquí el portavoz de la honradez y la actitud correcta, y el Rey, que es en el caso don Pedro el Justiciero (epíteto a partir del cual Alarcón crea un personaje bastante estereotipado, obsesionado por el cumplimiento de las normas –y, en general, por castigar a los delincuentes, reales y presuntos-). El Marqués, que es privado del monarca, le asesora:

 

“Fuera de que, bien mirado,

Alguna vez el rigor

De la justicia, señor,

Cede a la razón de estado”.

 

         Para tratar así de calmar, por el recurso a “la razón de estado”, ese “rigor de la justicia” que hipnotiza a su soberano, deseoso en ese momento de disponer sin más la pena capital sobre un militar delincuente al cual, en cambio, el privado propone mandar a conquistar Granada. Pedro, sosegado, reconoce: “Es así”, y entonces el buen Marqués se explaya:

 

“Pues siendo así,

¿Dónde podrá la razón

Derogar la ejecución

De la ley mejor que aquí?

Con justa causa lo infiero,

Porque no es más conveniente

Castigar un delincuente

Que ganar un reino entero[55].

Demás de que no os priváis

Así de cumplir con todo;

Que el castigo de este modo

Diferís, no perdonáis;

Y pues que con ausentarle

El delinquir cesará,

Allá aprovecha, y acá

No daña el no castigarle”[56].

 

         Postura pragmática que clarísimamente entraña con la idea, bien afincada en el Derecho castellano, del perdón de la pena de muerte cuando puede el criminal ser usado con público provecho. De allí que, con este sabio argumento, el Marqués consiga convencer a Don Pedro[57], quien finalmente expresa, con sabiduría, su deseo:

 

“Teneros siempre a mi lado;

Que pues el mundo me ha dado

Renombre de Justiciero,

Por merecerle mejor,

Sin que el exceso me dañe,

Es bien que en todo acompañe

Vuestra piedad mi rigor”[58].

 

         Eso opina de sí el Rey, pero pronto lo confirma en forma elocuente la noble dama doña Ana, que le implora clamando por justicia, así diciendo:

 

“Los oídos y las puertas

Ha de tener siempre abiertas

Un Rey que justicia guarda.

-Rey poderoso y sabio,

Recto, noble, católico y prudente,

Castigo del agravio,

De la virtud amparador valiente,

A quien, por ser tan justo y tan severo,

Propios y extraños llaman justiciero”[59].

 

         Pocas veces se hallará un texto literario de la época que tan claramente enumere las virtudes que se esperaban de un monarca (y que doña Ana da por sentadas en el rey Pedro, lo que justificaría su tan bello sobrenombre). Y véase esta exclamación que la desairada (y no en extremo cultivadora del recato) dama Celia del Desdichado en fingir, lanza a su esquivo amado, que la ha seducido con promesa de matrimonio:

 

“Al fin, ¿qué habéis de engañarme?

No ha de ser de esa manera;

Que hay Dios, leyes y justicia”[60].

 

         Y otra vez regresa la cuestión del Rey y las leyes en este exquisito diálogo de Ganar amigos,  entre el galán Don Diego y su gracioso criado Encinas, alrededor de un pregón que ofrece a éste, si se entregase a las autoridades, que lo buscan por homicidio, el perdón y una recompensa suculenta:

 

“Don Diego: ¿Del pregón

Te fías?

Encinas: Pues ¡qué! ¿dirás

Que es engaño?

D.D.:                             Sí.

E:                                  En los reyes

La palabra es ley.

D.D.:                             No hay ley,

Encinas, que obligue al Rey,

Porque es autor de las leyes.

E: Cuando en público se obliga,

Empeña su autoridad”[61].

 

Nótese que Encinas, que es hombre más llano que Don Diego, no discute la proposición de su amo, sobre que “no hay ley que obligue al Rey, porque es autor de las leyes”, pero la lleva a otro terreno, el del honor: cuando el monarca emite una norma y la pregona, queda obligado frente a su pueblo a cumplirla, pues de lo contrario se dañaría “su autoridad”. No deja de ser interesante esta castellanísima relación entre el fundamento del poder, y de sus límites, y la idea del honor del soberano.

          Ya volveremos sobre este tipo de planteos, dentro del concreto contexto del poder político, en el punto siguiente. Para acabar con éste recordemos la presencia, que no podía faltar, de referencias a los grandes principios morales, guía del Derecho en un ensamblaje iusnaturalista clásico como el de Alarcón. Estos predicados vienen muy a menudo vertidos por mujeres, generalmente las protagonistas. Doña Ana, por ejemplo, la viuda codiciada de Las paredes oyen, previene de este modo sobre aquello de que "el fin justifica los medios":

 

                            "por el mal medio condeno

         el buen fin: todo lo igualo;

         en que verás que lo malo,

         aún para buen fin, no es bueno" [62] .

 

         Y Jacinta, en La verdad sospechosa, una de las más divertidas comedias alarconianas, inspiradora de Corneille, nos regala un aserto bueno de recordar en nuestros días, cuando tanto se ha insistido e insiste, a fuer del sacrosanto "derecho a la información", y si es informatizado, mejor:

 

                            "Pasar por donaire puede,

         cuando no daña, el mentir;

         mas no se puede sufrir

         cuando ese límite excede" [63] .

 

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[1] Mi acercamiento histórico-jurídico a la obra de Juan Ruiz de Alarcón se inició con el trabajo publicado en II Congreso Argentino de Americanistas 1997 (Bs.As., Soc. Arg. de Americanistas, 1998, pp 332-366), y continuó en dos comunicaciones a sendas Jornadas Nacionales de Historia del Derecho Argentino. Agradezco una vez más a mi esposa Ester Orlandi, que, además de su apoyo de siempre, me ayudó en la búsqueda de ediciones confiables de las obras de Alarcón, y en la transcripción de mis fichas.

[2] v. por ej. Levaggi, Abelardo, Manual de Historia del Derecho Argentino (castellano - indiano / nacional), Bs.As., Depalma, 1986, I, p 31, y también mi propio Un viaje por la Historia del Derecho con documentos (Bs. As., Quorum, 2002).

[3] Inmortal en todo el sentido de la palabra, porque sólo un inmortal puede ser censurado por el gobierno de su patria dos mil quinientos años después de su muerte, y la triste Dictadura de los Coroneles prohibió Antígona en Grecia hace pocos lustros

[4] Armstrong, A.H., Introducción a la filosofía antigua, Bs.As., EUDEBA, 1993, p 51

[5]  En nuestro Derecho Romano (Bs. As., Astrea, 2001), hemos empleado profusamente las fuentes teatrales, justamente por eso: son los testimonios que mejor reportan la realidad social.

[6] Diccionario manual griego (griego clásico – español), Barcelona, Vox, 2000, p 615; cf. Feyerabend, Karl, Langenscheidt´s Pocket Greek Dictionary, Classical Greek - English, Maspeth, Langenscheidt, ?, p 399

[7] He desarrollado este tema de que la “no objetividad” científica es general, y no sólo de la Historia o de las “ciencias sociales”, y su vinculación con el “principio de Heisemberg” en Un viaje...

[8] Goldschmidt, Werner, Derecho internacional privado (Derecho de la tolerancia), basado en la teoría trialista del mundo jurídico, Bs.As., Depalma, 1982, pp 3-26

[9] Manual ..., pp 9-12

[10] Este tema en Un viaje..., y asimismo en nuestro Derecho Civil, Parte General (Bs. As., Astrea, 2001, pp 3 ss

[11] v. Cancela, Omar J. - Rabinovich, Ricardo D. - Rollan, Raúl J., Instituciones de Derecho privado, Bs.As., Astrea, 1988, p 10

[12] Este ínclito genetista y pensador, comentando la frase de Sartre que citamos a continuación, hace notar que “los otros no son nuestro infierno porque son otros; ellos crean nuestro infierno en tanto no aceptan entrar en relación con nosotros”. Y lanza su propia versión de la máxima: “yo soy los vínculos que tejo con los otros”. Dice: “Cierto, solo, yo podría existir, pero no podría saberlo. Mi capacidad de pensar y de decir yo no me ha sido proporcionada por mi patrimonio genético; lo que éste me ha dado era necesario, pero no suficiente. Sólo he podido decir yo gracias a los tús escuchados. La persona que devengo no es el resultado de una caminata interna solitaria; ella sólo ha podido construirse estando expuesta a las miradas de los otros. No solamente esta persona es alimentada por todos los aportes del aquellos que me rodean, además su realidad esencial está constituida por los intercambios con ellos; yo soy los vínculos que tejo con los otros. Con esta definición, no hay más corte entre mí y el otro” (Jacquard, A., Petite philosophie à l’usage des non-philosophes, (París, Calmann-Levy, 1997), pp 15/16 (traducción nuestra, hay versión castellana)

[13] “El infierno son los otros” (Sartre, Jean-Paul, A puerta cerrada, Bs.As., Orbis, 1983, p 186). Ver: Fatone, Vicente, Introducción al existencialismo, Bs.As., Columba, 1953, passim.

[14] García en La verdad Sospechosa, BsAs, Losada, 1980, p 42 (en adelante, La verdad...)

[15] Henriquez Ureña, Pedro, Biografía, en La verdad..., p 7 (de esa nota sacamos muchos de los datos biográficos vertidos aquí)

[16] Sabría, pues, por qué hizo decir a un letrado, en La verdad sospechosa (pp 51/52):

 

                        "En Salamanca, señor,

            son mozos, gastan humor,

            sigue cada cual su gusto;

            hacen donaire del vicio,

            gala de la travesura,

            grandeza de la locura;

            hace al fin la edad su oficio" 

 

[17] Revuelta, Luisa, Resumen cronológico de la vida de D. Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581?-1639), en Los pechos privilegiados, Zaragoza, Ebro, 1977, p 6 (en adelante Los pechos...). También de esas breves notas se han tomado elementos para este Capítulo.

[18] Teatro de J. R. de Alarcón, París, Garnier, 1884, (en adelante, Teatro...), El examen de maridos (en adelante, El examen...), p 407

[19] El examen..., p 359

[20] El examen..., p 405

[21] La prueba de las promesas, en Teatro..., II, pp 536-8

[22] La prueba de las promesas, pp 536-8

[23] La prueba de las promesas, p 481

[24] Ganar amigos, en Teatro..., p 287

[25] Ganar amigos, pp 288/9

[26] Ganar amigos, p 289

[27] Varela Jácome, Benito, Estudio preliminar, en Obras escogidas, La verdad sospechosa; Las paredes oyen; No hay mal que por bien no venga, Barcelona, Bruguera, 1974 , p 11 (en adelante Obras...)

[28] Según Varela Jácome (sin mención de fuente), “también se dedica a los negocios mercantiles y consigue cierta holgura económica, con coche, criados y dinero” (ob. cit., p 11)

[29] García-Ramón, Estudio crítico acerca de las obras dramáticas, en Teatro..., p VII

[30] En Varela Jácome, ob. cit., p 12

[31] Varela Jácome, ob. cit., p 12

[32] Fernández-Guerra, Luis, Juan Ruiz de Alarcón, Madrid, 1871, p 291

[33] Teatro..., p VIII

[34] Teatro..., p XIII

[35] Varela Jácome, Benito, Estudio preliminar, en Obras escogidas, La verdad sospechosa; Las paredes oyen; No hay mal que por bien no venga, Barcelona, Bruguera, 1974, pp 13/14 (en adelante Obras...)

[36] La verdad..., p 14

[37] La verdad..., p 16

[38] Obras..., p 237

[39] La verdad..., pp 13 y ss

[40] Con razón destaca Joseph Papp, uno de los más renombrados comentadores actuales del gran bardo inglés, que "la historia -lo que está pasando en la obra- es la parte más accesible de Shakespeare" (Shakespeare, William, Romeo and Juliet, N.York, Bantam, 1988, p xii, trad. nuestra).

[41] La verdad..., p134. Recordemos las largas luchas personales de Ruiz en procura de los reconocimientos que estimaba justos: la cátedra universitaria, siempre negada, y el cargo público, obtenido por fin.

[42] Los favores del mundo (en adelante, Los favores...), en Teatro..., I, p164

[43] La identificación Dios-Sol-Justicia es, a todos los efectos prácticos, tan antigua como la Humanidad. En la primera cultura cuyos testimonios escritos se conservan, la sumeria, Utu-Shamash, la divinidad principal, era el juez supremo, y se evidenciaba en el disco solar, que, en una imagen pescadora, "arroja sobre la tierra sus rayos", "para atrapar al hombre" injusto (tomado de un Himno de Nínive, Sandars, N. K., The epic of Gilgamesh, an English version with an introduction, Harmondsworth, Penguin, 1988, p 25). Y, siglos más tarde, será también el solar Shamash ("gran Juez de los cielos y la tierra") quien entregue a Amú-Rabí su famoso Código, para que "el Derecho resplandezca en el país" (Castro Dassen, Horacio - González Sánchez, Carlos, Código de Hamurabi, antecedentes históricos y arqueológicos, transcripción, valoración filosófica, Bs.As., Del Jurista, 1982, pp 62 y 65, itálicas mías). En la religión clásica del antiguo Egipto, el supremo dios, Re, identificado con el sol, había delegado en su hija única, Mahat, "la Verdad-Justicia" (Sainte Fare Garnot, Jean, La vida religiosa en el antiguo Egipto, Bs.As., EUdeBA, 1964, pp 31-39), potestad que recuperaría luego, durante la Reforma Amarniana, la divinidad solar excluyente Atón. Es sabido que, a pesar de lo brevísimo de ese período, su importancia en nuestra historia es posiblemente colosal, pues la religión monoteísta de Aken-Atón (Amenofis IV) habría influído definitivamente en la formación del credo básico de los hebreos, por entonces habitantes del Nilo. Se han hallado, en efecto, himnos amarnianos que parecen antecedentes de salmos de David (tal el caso del Salmo 37, en que se dice que Dios "exhibirá tu justicia como la luz, y tus derechos como el medio día"), etc.

[44] Mudarse por mejorarse (en adelante Mudarse...), en Teatro..., I, p 281

[45] Los pechos..., p 40

[46] Los pechos..., p 34

[47] El examen..., p 350

[48] Obras..., I, p 454

[49] El tejedor de Segovia (en adelante, El tejedor...), en Teatro...,  II, p 13 

[50] Los favores..., p 180

[51] La prueba de las promesas (en adelante, La prueba...), en Obras..., II, p 500

[52] El tejedor..., p 98

[53] No hay mal que por bien no venga (en adelante No hay mal...), en Obras..., p 311

[54] No hay mal..., p 328

[55] Se refiere al de Granada.

[56] Ganar amigos, en Obras... p 295

[57] Me llama bastante la atención lo bien que deja Alarcón al rey Pedro, que siempre aparece con el “renombre de Justiciero” (como él mismo dice) y nunca con su otro epíteto, el de “Cruel”, con que le regalaran los partidarios de los Trastámaras. No es normal esa actitud para con el infortunado monarca en la literatura, y menos de esperar en un autor que se enorgullecía de la presencia de su familia en la pléyade de la nobleza que se encumbraría con la dinastía surgida del fratricidio de Montiel. La mirada respetuosa, y hasta cálida, de Ruiz hacia el Justiciero, merecería, creo, estudios ulteriores. Me pregunto, sólo por ocio, si no le resultarían las características de Don Pedro más potables para su cosmovisión indiana, nutrida en una realidad muy diferente de la peninsular, en lo inherente al ejercicio del poder.

[58] Ganar amigos, en Obras... p 296

[59]  Ganar amigos, en Obras... p 297

[60] El desdichado en fingir (en adelante, El desdichado...), en Obras..., II, p 355

[61] Ganar amigos, pp 304/305

[62] Los pechos..., p 233

[63] La verdad..., p 119