EL DERECHO
EN EL TEATRO
DE JUAN RUIZ DE ALARCÓN

Un jurista dramaturgo,
apasionado
por las cuestiones humanas

 

(Segunda Parte)

 

por Ricardo David Rabinovich-Berkman

 


6. EL TEMA DEL HONOR


         Como era de esperarse para su época, abundan en Ruiz de Alarcón las referencias a la cuestión del honor, tan ubicua en el teatro español de entonces. Es bien sabido que resulta imposible entender al Derecho (y a la sociedad toda) de aquellos tiempos prescindiendo de la importancia que el tema de la fama tenía en la cosmovisión hispana.

         Una interesante mezcla de ambos aspectos, el del honor y el de la resistencia al poder político injusto que veníamos tratando en el acápite previo, se observa en esta actitud del Conde de Los pechos privilegiados, que, al verse gravemente afrentado por el soberano, arroja al suelo la espada, en vez de esgrimirla en defensa de su fama, con estos argumentos:

        

                   "Si al Rey debe estimar menos

         la vida, que la opinión

         de justo el soltarla ahora

         me da venganza mayor;

         pues cuanto más agraviado

         más leal me muestro yo;

         me vengo más, pues os muestro

         tanto más injusto a vos" [144]

 

         Obsérvase que se trata de un verdadero duelo de deshonras, en que el Conde, que porta un esquema de valores iusnaturalista y tradicional (deóntico, hemos dicho), prefiere perder el combate en el terreno de la vida, muriendo, pero ganarlo en el de la opinión, al mostrar su muerte la injusticia del Rey, confrontada con su propia lealtad. Esa será la mayor venganza, la más eficaz reparación de su honra agraviada, y la más acorde con su posición de vasallo, que lo inhibe, como viéramos, de ejercer una defensa armada. Esa condición misma, sin embargo, cede como consecuencia de la afrenta, pues el señorío no de derecho al Rey a violar la honra de su súbdito. Así lo explica el Conde:

 

                   "De señor me hice vasallo

         por la ley del homenaje;

         pero su injuria y ultraje

         me obligan a renunciallo" [145]

 

         El honor obsesionaba a los españoles del Siglo de Oro. Y tenían clara y dolorosa conciencia de su fragilidad:

 

          "Es por la desdicha nuestra

el honor tan delicado,

que del intento se quiebra." [146]

 

         Versos que recuerdan a los de Clotaldo en La vida es sueño, de Calderón:

 

                   "Pero si ya ha sucedido

         un peligro, de quien nadie

         se libró, porque el honor

         es de materia tan frágil

         que con una acción se quiebra,

         o se mancha con un aire"[147].

 

         Y en la misma línea están estas reflexiones de Doña Flor, la dama de Ganar amigos:

 

“Que aunque don Fernando, es llano

Que amante secreto ha sido,

El disgusto sucedido

En Córdoba con mi hermano

Fue público en el lugar;

Y lo que entonces pasó,

Para sospechar bastó,

Si no para condenar:

Y esto será impedimento

A la mano que procuro;

Que es el honor cristal puro,

Que se enturbia del aliento”[148].

 

         El honor es, sin dudas, el bien más alto en la escala alarconiana. Es la concepción que flota en toda su obra, y a veces se hace muy explícita, como en este parlamento de Don Diego, el galán de Ganar amigos:

 

“Pues es cosa conocida

Que es más pesada y más fuerte,

En quien es noble, la muerte

Del honor que de la vida!”[149].

 

         También es la postura de la ultrajada Doña Ana, en la misma obra, al quejarse de haber sido violada en su casa por la noche:

 

“El robador en la tiniebla oscura,

Llegó a mi honesta cama.

¡Ojalá fuera triste sepultura,

Y publicara la inscripción sangrienta

Al mundo antes mi fin que yo mi afrenta!”[150].

 

         El tema del honor y su supremacía es muy reiterado en Ganar amigos, porque toda la pieza gira alrededor de las actitudes heroicas exageradas del Marqués, como ya lo recordamos antes. Acusado sin razón, y preso del Rey Justiciero, responde así al caballero que viene a proponerle una huída a territorio extranjero:

 

“Don Pedro, no quiera el cielo

Cuando está toda la tierra

Ardiendo en continua guerra[151],

Que yo vaya a dar recelo

Y duda de mi lealtad,

Por huir cierto castigo,

Buscando en reino enemigo

De mi rey la libertad.

No: muy mal lo habéis mirado;

Que menor inconveniente

Será morir inocente

Que vivir mal opinado”[152].

 

         La contrapartida entre vida y honor luce asimismo en esta estrofa del viejo noble Justino, en El desdichado en fingir:

 

“Mas ya, Arnesto, que la veo

Tan cerca de ser perdida,

Aunque se pierda la vida,

Dar vida al honor deseo”[153].

 

         El ámbito de protección es amplísimo, excediendo con mucho la mera revelación del secreto, y abarcando la referencia a aspectos ya conocidos del sujeto:

 

          "Que aun los públicos defectos

hace, quien los dice, ofensa" [154]

 

         El derecho de defender la propia fama aparece entremezclado con la óptica iusnaturalista clásica, en un riquísimo trozo de La verdad sospechosa, donde el anciano Beltrán, portador de una cosmovisión axiológica tradicional, medita acerca de la actitud a tomar ante una acusación de mendacidad:

 

         "Si afrenta al noble y plebeyo

         sólo el decirle que miente,

         decid, ¿qué será el hacello,

         si vivo sin honra yo,

         según los humanos fueros,

         mientras de aquél que me dijo

         que mentía no me vengo?" [155]

 

         La afrenta, que hace sentirse al Conde con derecho de vengarse, se constituye por el mero decírsele que miente, haberlo llamado mentiroso, sin necesidad de publicidad alguna. Contrapónese esa óptica con esta afirmación de don Juan en Las paredes oyen

 

         "Que me atreva, no te altere,

         pues estoy solo contigo,

         y un agravio sin testigo

         al punto que nace muere" [156]

 

La “intimidad”, por decirlo de algún modo, del honor, su faceta interna, de autoconstrucción de sí mismo en sí mismo, más que en los otros, aparece magníficamente retratada (y estrechamente vinculada al sector social de la nobleza) en este parlamento de Ganar amigos, a cargo del joven galán Don Fernando:

 

“Sin duda mi sangre olvidas.

Ser secreto prometí,

No cobarde; que no había

De aceptar quien nació noble

Cosas que lo contradigan.

No importa no conocerme[157];

Que yo a mí me conocía,

Y la misma sangre noble

Es fiscal contra sí misma”[158]. 277

 

         Más complicada es la situación, en esta misma pieza, cuando en la soledad de la noche el Marqués, en buena lid, tumba y perdona a un caballero, que confiesa ser el matador, también en caballeresco combate, del propio hermano de aquél. Aquí el Marqués da una larga explicación de porqué el hecho de ser el vencido el homicida debe permanecer secreto, y vemos que el conocimiento público sí incide en la consideración del asunto desde la óptica del honor, y en consecuencia puede determinar en el noble la conducta a seguir:

 

“Para con vos quedo bien

Con esto, pues si sabéis

Que sé que muerto me habéis

Mi hermano, sabéis también

Que cuerpo a cuerpo os vencí;

Y si ya pude mataros,

Hago más en perdonaros,

Pues también me venzo a mí.

Para con el mundo nada

Satisfago si aquí os diera

Muerte, pues nadie supiera

Que fue la autora mi espada,

Por el secreto que ofrece

Esta muda oscuridad;

Y en tanto que la verdad

De mi ofensor se obscurece,

No tengo yo obligación

De daros muerte, si bien

La tengo de inquirir quien

Hizo ofensa a mi opinión.

Guardaos, si viene a saberse

Que fuisteis vos mi ofensor,

Porque en tal caso mi honor

Habrá de satisfacerse”[159].

 

         Habiéndolo derrotado, sin embargo, el Marqués le pide a su ofensor que se identifique, garantizándole silencio, pero e  l vencido, que es el galán Don Fernando, se niega a hacerlo, en estos términos:

 

“Marqués: Pues si callar os prometo,

El ser quien soy, ¿no me abona?

Don Fernando: No hay excepción de persona

En descubrir un secreto”[160].257

 

         El honor, como se ha visto, es patrimonio de "noble y plebeyo". Esta concepción igualitaria en punto a la fama, al menos en lo básico y primario, aparece mucho en el teatro de este período. Es bien sabido que se vinculaba al honor con el alma, como forma metafórica de imputarlo, en principio, a todo ser humano. Recuérdese la inmortal sentencia de Crespo en El alcalde de Zalamea:

 

         "Al Rey la hacienda y la vida

         se ha de dar; pero el honor

         es patrimonio del alma,

         y el alma sólo es de Dios"[161].

 

         Si el honor es un atributo del alma, forzoso será concluir que todos los humanos lo poseen, en tanto son portadores de aquella, que les ha dado Dios, y cuya propiedad Este retiene, razón por la que no puede ser agraviada por los mortales. Si bien con cierto dejo humorístico, que surge del contexto de la escena, lo expresa en Las paredes oyen un Duque, que se ha disfrazado de cochero (y, en consecuencia, se expresa como tal, y como si fuera tal). Al ser reprochado simpáticamente por la dama en virtud de sus melindres, le replica:

 

         "¿Es contra ley?

         Alma tengo como el rey:

         aunque este oficio profeso"[162].

 

         El tema de la titularidad del honor, según quién sea el sujeto, se plantea sin bromas, de un modo terrible y violento, en El tejedor de Segovia, en este cruce entre el tejedor y el conde:

 

         "Don Fernando: Tratadme bien, y mirad

que soy, aunque tejedor,

tan bueno...

         Conde:        ¡Qué atrevimiento!

¿Eso me decís a mí? (le da un bofetón)

Matadle.

[...]

         DF: Hasta aquí

ha llegado el sufrimiento" [163]

 

         Como observa un criado:

 

"Sólo pudiera

responder así un señor,

mas no un bajo tejedor" [164]

 

         Se recordará que el conde quería poseer a la prometida del tejedor. La oposición de éste le tenía muy sin cuidado, pues:

 

"Un hombre bajo ¿ha de hacer

competencia a mi afición?"[165].

 

         Pero se equivoca, porque el tejedor (que luego resultará ser un noble) responderá del modo correspondiente a ese grupo social:

 

"Pues aunque me hubiera hallado

acaso aquí, me obligara,

teniendo barba en la cara

y ciñendo espada al lado,

la ley del mundo a no hacer

semejante cobardía"[166].

 

         La "ley del mundo" es la del honor. Podrá objetarse como extraño que un tejedor "ciña espada al lado", pero ese óbice, por una vez, se salva mediante la ubicación cronológica, pues estamos en Segovia y en plena reconquista. El honor de don Fernando lo posee como "hombre", pues:

 

"No se espante:

que un hombre honrado ofendido

es un toro agarrochado,

que en las capas, vengativo,

los rigores ejecuta

que en sus dueños no ha podido"[167].

 

         Creo que el momento más drástico en que se plantea esta cuestión de la titularidad del honor en la obra de marras, es aquel en que los bandoleros, tras desvalijar a Clariana, ordenan a ésta y a su criada que se pongan en marcha con ellos, sin que quepa la menor duda del futuro que les aguarda. Y será el propio tejedor (que no sabe que se trata de su hermana), quien, ante la oposición de la mujer, se asombre, pues ha de ser el noble Garcerán quien la posea, y le pregunte, salvajemente:

 

"¿Qué honor ha de tener una villana,

que no quede ilustrado,

teniendo por galán tal caballero?"

 

         A lo que Clariana responde en el mismo terreno. Es decir, lejos de reivindicar su "honor de villana", resuelve descubrir su verdadera identidad, que es la de una mujer de la nobleza, susceptible en consecuencia de honra:

 

"Y si por dicha el traje os ha engañado,

y le igualo en nobleza acaso, ¿espero

que de mí condolidos,

deis a mi mal piadosos los oídos?" [168]

 

         Esa defensa, en efecto, resulta exitosa. No sólo porque logra ser respetada como noble sino, además, porque el tejedor la reconoce.

         Que el honor depende de la nobleza, se observa también en un trozo de Ganar amigos, donde Don Fernando, que acaba de hacer una promesa a Doña Flor, le pregunta: “¿Confías que cumpliré mi palabra?”, y ella le contesta segura: “Sí: que sé que eres sangre de Godoy”[169]. 235

 

         Hemos destacado el iusnaturalismo clásico que insufla el parlamento del Conde que glosáramos más arriba (obsérvese la referencia a "los humanos fueros"). Empero, nos preguntamos, a sola guisa de hipótesis, si ese esquema Dios nos creó a todos-todos tenemos alma-todos poseemos derecho al honor, no evidencia ya los despuntes del iusnaturalismo racionalista, con su búsqueda de prerrogativas esenciales axiomáticas, transformables en objeto de normas vigentes. Como sea, no podemos dejar de notar, una vez más, la preeminencia que en nuestra tradición cultural castellano-indiana lleva el honor sobre la vida, que impone al derecho subjetivo que defiende a aquél como el primero en la escala jerárquica de las facultades básicas, personalísimas o humanas. La vida sin honra es despreciable en el contexto español:

 

         "Pero con tal condición,

         ni le importó ni le importa

         que no viva con mi gusto

         quien ha de vivir sin honra"[170].

 

         Sin embargo, hay una frase que parecería darse de bruces con todo lo que hemos dicho en punto a la primacía del honor sobre la vida en la escala de valores alarconiana. En Ganar amigos, el criado Encinas, ante las protestas de su noble amo, de que ofrendará su vida antes que su honor en una cuestión de amores, le retruca:

 

“Acaba; que a toda ley

Es bueno guardar la vida”[171].

 

Podrá replicarse que Encinas es un criado, y en consecuencia no porta la cosmovisión de los personajes nobles de Alarcón. Ello sería cierto, si no fuera por que, como vimos, en nuestro autor no se da tal división, y los sirvientes se muestran tan celosos de su honor como los caballeros. Más gollete llevaría aducir que Encinas, además de criado, es un gracioso, muy dado a chanzas y a conductas extrañas. Eso sí es verdad, y tal vez por allí corra la explicación de esta rareza. Pero, aún así, no deja de ser notable que el taxqueño cierre la Escena IX del Acto II con ese comentario, tras el cual ambos personajes se retiran, y cambia el sitio. Es decir, nada contesta el noble amo a su lacayo, cuyo aserto queda así victorioso y clausura la conversación. Esa solución implica una toma de partido por parte del autor, ello es indiscutible. Y llamativo...

         Producida la afrenta (que era cosa fácil de acaecer), el ofendido queda obligado a una búsqueda incansable en pos de la reparación. García, el antepasado de Alarcón que protagoniza Los favores del mundo, ha cruzado el orbe, según afirma, en esa empresa, pues aduce:

 

"Hernando, estoy agraviado,

 y según leyes de honor,

         debo hallar a mi ofensor"[172].

 

         La necesidad de librar combate reparador excede a la libertad del ofendido, se le impone con determinismo griego. No le queda alternativa, aunque afecto y razón le indiquen otra cosa. Tal el caso del Marqués de Ganar amigos, cuando se topa con el matador de su hermano:

 

“Que si las leyes del mundo

Piden la satisfacción

Como fue la ofensa, es llano

Que cuerpo a cuerpo los dos

Debo vengarme, pues vos

Matasteis así a mi hermano[173].

 

         Nótese que “las leyes del mundo que piden satisfacción” no son las normas jurídicas vigentes, sino los principios sociales del grupo nobiliario, fundados en la primacía del honor sobre la vida, y en una visión compensatoria, taliónica, muy germánica, de la reparación de afrentas. Ese deber se extiende a todo el grupo familiar, en un sentido extenso:

 

"Pues si sos deudo también

de Doña Clara, su afrenta

tomaréis a vuestra cuenta

como yo"[174].

 

"A todos toca el remedio:

que a todos toca la infamia,

y son padres de sus deudos

los señores de las casas"[175].

 

         La defensa del honor familiar se vincula con la consideración del apellido genérico del grupo:

 

"¿Somos Girones, o no?

¿Hanos el valor faltado?

¿Estoy sin parientes yo?

¿Quién en Castilla a un criado

de mi casa se atrevió?"[176].

 

         Porque el honor era patrimonio de la familia:

 

"¿Vos sois Manrique? Es mentira;

que no cometen bajezas

los que tienen sangre altiva"[177].

        

         En principio, la restauración del honor dañado sólo puede conseguirse mediante la muerte del ofensor, que aparece, por tanto, como un acto justo. Ya vimos como la calumnia al padre del tejedor de Segovia se limpió con la muerte -a manos de éste- de ambos ofensores. Para mayor claridad, los dos cayeron confesando su delito:

 

"Yo contra ti y tu padre fui testigo;

falso, Fernando, fui, no verdadero.

Orden fue de mi padre"[178].

 

         Explica uno, y añade en su tiempo el otro:

 

"Testimonio os levanté,

de la envidia vil efecto"[179].

 

         La deshonra amerita la muerte, a manos de otro miembro de la familia. Clariana narra las circunstancias en que el futuro tejedor, para evitar que manchase el nombre familiar, resolvió asesinarla, y lo hace sin sombra de reproche:

 

"Mi hermano Fernando,

[...]

Teniendo noticia

de que era mi amante

el conde, y temiendo

mi afrentoso ultraje;

porque en ningún tiempo

pudiese gozarme,

venenos previene

que mi vida acaben"[180].

 

         La propia inmolación también aparece como medio de restaurar la honra perdida. Así arenga don Fernando a sus bandoleros, antes del combate contra los moros:

 

"Al Rey, a la patria, al cielo,

a quien viviendo ofendimos,

obliguemos hoy muriendo"[181].

 

         Hay excepciones. Por ejemplo, el honor de la mujer ultrajada puede limpiarse mediante la boda con el ofensor, si éste es de igual o superior calidad socio-económica. Se satisface el tejedor de Segovia, tras la unión de Clariana con su amante, pues:

 

"De mi honor, y el de mi hermana

quedó restaurado siendo

su esposo el Conde, la mano"[182].

 

         Y reviste particular interés la solución que arbitra García en Los favores del mundo. Alarcón quería hacer de su antepasado un dechado de nobleza. En consecuencia, debía ser un celoso vengador del honor personal, pero no un asesino. De modo que cuando, finalmente, halla a su ofensor y se baten, pero, a punto de matarlo, éste invoca a la Virgen, no duda en perdonarlo. Y se explica:

 

"Mas queda de esta manera

satisfecha la honra mía;

que si ya pude mataros,

más he hecho en perdonaros

que en daros la muerte haría"[183].

 

         En lo que coincide el príncipe:

 

"Despreciarlo es más castigo,

pues que vive a ser testigo

contra sí del vencimiento"[184].

 

         Solución, como se ve, muy semejante a la del Marqués de Ganar amigos frente al matador de su hermano.

         El honor aparece vinculado a las más sagradas cosas en esta exclamación que la ultrajada Celia lanza contra su seductor en El desdichado en fingir:

 

“Persio vil, traidor, sin ley,

Sin cristiandad, sin honor,

Sin vergüenza, sin temor

Ni respeto a Dios ni al Rey”[185]

 

Y se lo observa como una de las bendiciones que brinda la patria, en estas palabras del viejo Illán, en La prueba de las promesas:

 

“Al que honor y de comer

En su patria, el cielo dio,

Como a vos, nunca pensara

Que por servir y rogar,

Sufrir, temer y esperar,

El quieto gozar trocara”[186].

 

         A este mismo anciano, sabio y mago, inspirado en un personaje del Infante Don Juan Manuel, se debe este frío consejo destinado a destruir (heteroconstruir, en mi terminología) la construcción de un galán en los demás:

 

“Y si se ofrece tratar

De don Juan, ponle defetos

Importantes, y secretos,

Porque no pueda probar

Lo contrario: y verás luego

Cómo en un término breve

Se trueca en fuego la nieve,

Y en nieve se trueca el fuego”[187].

 

¡Cuántas veces se ha empleado, y se sigue empleando, ese recurso demoledor a las difamaciones “importantes y secretas”, de las que “no se puede probar lo contrario”, y cuya mismísima intimidad y oscuridad se tornan en magníficas encubridoras de la mentira! Y eso que Don Illán, a pesar de ser un consumado nigromante, no llegó a conocer la televisión ni Internet...

 

 

7. REFERENCIAS AL DERECHO CIVIL

7.1. Referencias a los Atributos de la Persona Humana

 

         Veamos ahora algunas referencias que parecen interesantes a otros aspectos del derecho de las personas. Las primeras, al nombre. Por ejemplo, Don Domingo, el héroe de No hay mal que por bien no venga, lleva el apellido "de Don Blas", que tiene una historia, pues le fue impuesto por su tío (don Blas) como cargo para hacerlo heredero de su cuantiosa fortuna. "¡Qué apellido tan extraño!", exclama don Juan al escucharlo, y le responde Nuño:

 

         "Extraño y nuevo

         es sin duda; mas me atrevo

         a apostar que el más lucido

         linajudo caballero

         deste reino le tomara

         como el nombre le importara

         lo que importa al forastero"[188].

 

         Las menciones al tema de los nombres tienen inevitable relación con el gran tópico del teatro hispano del período: el honor. Una vez más, los apellidos aparecen como símbolos de las familias y de los sujetos que los portan:

 

"Anarda: ¿Es caballero?

Hernando: ¿Tan mal

os informa su apellido?

La Mancha no lo ha tenido

más antiguo y principal.

Y sin el nombre, el sujeto

os pudiera haber mostrado

su calidad"[189].

 

         El apellido tan "antiguo y principal", susceptible de por sí de "mostrar la calidad" de su portador es en el caso, por cierto, el de Ruiz de Alarcón. Semejantes reflexiones caben al apellido Manrique en Mudarse por mejorarse:

 

"La casa de los Manriques,

tan principal como antigua,

me dio el nombre que me ilustra

y la sangre que me anima"[190].

 

         Alarcón, que se muestra proclive a considerar dignos de honor a los que no son nobles, es más restricto en punto a apellidos, a pesar de la obvia relación existente en su cosmovisión entre uno y otros. Sus personajes humildes se muestran muy de acuerdo con esto. Obsérvese este diálogo de Los favores del mundo, entre la noble Anarda y el criado Hernando:

 

"Anarda: Tu nombre

Hernando: Hernando es mi nombre.

Anarda: ¿De qué?

Hernando: Hernando, cerrilmente;

que no le sirve al sirviente

más que el nombre el sobrenombre"[191].

 

         Criterio en todo semejante al que expresa el sirviente Figueroa en Mudarse por mejorarse:

 

"No han de ser desvanecidos

los pobres; que es  muy cansado

un hombre en humilde estado

hecho un mapa de apellidos"[192].

 

Claro que eso no es lo que piensan los “pobres” cuando dejan de serlo. Tal el del gracioso criado Tristán de La prueba de las promesas, que cree (pues es, en realidad, víctima de la magia) haberse convertido en el importante secretario de un grande de España, y se ha agregado el “don”, lo que justifica así:

 

“¿Qué es don y qué significa?

-Es accidente del nombre,

que la nobleza del hombre

que le tiene nos publica.

Pues pregunto ahora yo:

Un hábito, ¿es cosa fea

Ponérsele cuando sea

Viejo un caballero? No:

Luego si es noble, es bien hecho

Ponerse don siempre un hombre,

Pues es el don en el nombre

Lo que el hábito en el pecho”[193].

 

Nótese que el agregado “si es noble, es bien hecho”, no de otro modo. Así que, por un lado, el sirviente Tristán está dando por sentada su nobleza (que es un invento suyo, como muchas de las que andaban entonces por el imperio hispano), y por el otro, Alarcón está poniendo sus límites.

         Hace al estado de las personas esta cita de No hay mal que por bien no venga. Sojuzgada la prevista revuelta del Príncipe, distribuye el Rey mercedes entre los que le fueron fieles y ayudaron al feliz desenlace. Uno de ellos es un criado, y a él también le ofrece el monarca recompensa. Mas le advierte:

 

         "Piensa tú lo que te importa

         según tu estado"[194].

 

         A nuestro autor, el Derecho se le desbordaba del tintero, y se le deslizaba en las imágenes que ponía, casi inadvertidamente, en la boca de sus personajes, aún de los más inesperados al respecto. A veces ese engarce es una taracea de tal calidad, que se requiere un ojo avizor para detectarlo. Obsérvese, por ejemplo, la referencia al concebido (inclusive se usa "concepto", que es más cercano al latín conceptus), al embrión y al aborto en este parlamento de doña Blanca, el el Examen de maridos:

 

"Así mi dueño al instante

que de estas faltas la informan,

del amor en embrión

el nuevo concepto aborta"[195].

 

         Párrafo aparte merece la extraordinaria cuestión de los dementes en El desdichado en fingir, a la que ya hemos hecho referencia desde el punto de vista del ejercicio descarnado e injusto del poder, pero que ahora hemos de retomar, para dedicarnos en particular a los aspectos inherentes al tratamiento de estos incapaces. Recuérdese que Arseno y Sancho son llevados a “la casa de los locos” por orden del Príncipe, que desea sacarlos del camino para poder acosar a la joven enamorada del primero. No hay juicio ni nada semejante. En plena escena, al ver las conductas de los sujetos, el gobernante las interpreta como muestras de insania, y procede sin más.

Es notable que, al hacerlo, mande a su secuaz: “El cuidado encarga de su salud” (lo que al punto despierta los elogios: “¡Qué cristiandad! ¡Qué virtud!”). Es decir, hasta aquí la internación no parecería punitiva, ni por el mero fin de aislar al demente, sino curativa, en sentido amplio, que abarca el “cuidado” del paciente. Respecto de éste, no caben dudas de que se lo conceptúa como un enfermo, pues se emplea la palabra “salud”.

Ardenia, como viéramos, se “consuela” al enterarse del destino de su amado (que ella creía sería la cárcel o la muerte), “pues va donde le veré y hacerle podré regalo”. O sea que, y ello se confirmará después, se asume que los internados pueden recibir visitas y cosas del exterior.

El malévolo Príncipe ordena que le den a Arseno “un saco muy roto y malo”. Más allá de lo peculiar de la instrucción, que se enmarca en el perverso proyecto del gobernante, observamos que al demente se le quitan sus propias ropas, y se le pone un “saco”. Es decir, una “vestidura tosca y áspera de paño burdo o sayal”, según el diccionario[196].  

También manda “que lo pongan en parte que todo el mundo lo vea”, de donde surge una idea de sitio abierto, con ventanas que lo conectan visualmente con el entorno, a través de las cuales el demente observa lo que sucede afuera, y los pasantes cómo es adentro. El manicomio no es un ámbito claustral y misterioso, vedado a los afortunados que no han sido encerrados en él, fecundo para el mito. Tampoco pierde el interno su contacto con la calle, con el mundo exterior[197]. En efecto, una vez instalados los protagonistas allí, serán descubiertos por el criado Perea, pues Arseno “tan cerca está de la calle, que nadie sin que lo vea por ella podrá pasar”[198].

         El sirviente emplea un circunloquio irónico para referirse al manicomio. Es el sitio...

 

“Adonde cuantos nacieron

Son llamados con razón,

Y los escogidos son

Los que menos merecieron”.

 

         Esta riquísima broma, de reminiscencias erasmianas, sin embargo, es dejada allí, y no se profundiza en ella (como así tampoco en las otras chanzas agudas que alrededor de la demencia y de su tratamiento se van arrojando, al voleo, en esta parte de la obra). Porque de inmediato regresa Perea a la dura realidad, y dice:

        

“Y estos escogidos pocos

Son en serlo desdichados,

Porque viven encerrados

En la casa de los locos”.

 

         Y la descripción que hace del estado en que se encuentran los personajes de la pieza, habla claro sobre la situación de los dementes de entonces. Arseno está...

 

“De tosco sayal vestido,

Tras una reja oprimido,

Todo de prisiones lleno”.

 

Y su sirviente Sancho también, “con su saco y sus prisiones”[199]. La propia Ardenia, que antes se sintiera tranquilizada ante la perspectiva del encierro de su amado en un hospicio, al visitarlo se decepciona y exclama:

 

“Que más quisiera no verte,

¡Tantos hierros, tanto saco!”[200]

 

         Pero todo ello hace al aspecto exterior. El otro, el interno, el psicológico, es objeto de las imperdibles reflexiones del inteligente criado Sancho, que se halla experimentando, inesperadamente, tan fea situación:

 

“Triste vida es la de un loco,

Que está todo el día holgando,

Solamente imaginando.

[...]

Solamente revolver

Pensamientos es su oficio,

Que al que tenga más juicio

Bastarán a enloquecer”.

 

         Notable la relación de Alarcón entre el “estar todo el día holgando”, que genera ese permanente hallarse “revolviendo pensamientos” e “imaginando”, y la imposibilidad de mejora de los dementes (pues mal podrían curarse, cuando tal situación “bastaría para enloquecer al que tenga más juicio”). El taxqueño se convierte aquí, por boca del ingenioso sirviente, en un precursor de las terapias ocupacionales, tan en boga siglos más tarde para el tratamiento de la insania.  

         En ese mar de pensamientos vacíos, las fronteras entre cordura y demencia se diluyen, se deshacen, y de repente ya Sancho y su amo no se sabe, ni ellos mismos lo distinguen, si están sanos o están locos. Y entonces es que el criado pregunta a su patrón:

 

“Y tú, ¿qué piensas, señor?

Mas puesto que loco estás,

Mil locuras pensarás”[201].

 

         RUIZ aprovecha hasta el máximo las posibilidades que esa situación exótica le ofrece. Emplea al personaje de Sancho, irónico y certero, para deslizar cantidad de insinuaciones y de incógnitas, que tal vez representen lo que en la época se decía o se pensaba de la vida de los dementes, o lo que realmente sucedía. No tiene desperdicio este parlamento que el sutil criado dirige a Inés, la sirvienta de la amada de su amo, fámula a la que Sancho desea, con fines menos decentes, y con muy escaso suceso. En el hospicio, Arseno y Ardenia hablan de amor, al lado de sus criados, y entonces Sancho murmura:

        

“Pues, Inés, ¿no nos hablamos?

¿De qué nace la hinchazón?

¿No te ha dado comezón

el oír a nuestros amos?

Que yo te juro que a mí

Me la ha dado de manera,

Que a un loco amores dijera,

Si no te tuviera aquí”[202]

 

¿Cómo pasar por alto esta clarísima referencia a los vínculos homosexuales entre los internos del manicomio? El tono jocoso diluye las tintas, y la cuestión se deja en ese punto, pero lo cierto es que Alarcón ha arrojado ya la piedra. Para los criterios del teatro de la época, no podemos esperar más que eso, y ya es bastante.

         Podrá argüirse que hay cosas que, a pesar del paso de los siglos, poco han cambiado. Es verdad, y si no que hablen por sí solos estos versos que pronuncia Ardenia en su conversación con Arseno, en el manicomio:

 

“Con el administrador

Alcanzarlo todo espero;

Que si algo puede el dinero,

Yo lo tengo, y tengo amor.

Saldrás, con la noche obscura

A verme; pero de día

Tu vida importa y la mía

Que prosigas tu locura.

Aquí estarás regalado...

¿No lo has sido estos dos días?

Y en cuenta dos joyas mías

Al mayordomo he enviado”[203].

 

Declaración de la flagrante corrupción del sitio y sus funcionarios a la que Arseno responde, refiriéndose al Administrador: “Bien se ha portado conmigo”. Al parecer, “algo pudo el dinero”, y las “dos joyas” que “al mayordomo ha enviado” la bella joven. Pero tales planes se abortan porque Ardenia descubre las infidelidades anteriores de su amado, y entonces se lamenta Sancho:

 

“Y ya nos será forzoso

Comer la endeble porción

De un loco, que quien la vea

Dirá que otra vez sirvió.

Comeremos hormiguillo,

Mar donde nunca alcanzó

Solo un grano de avellana

El loco más nadador”[204]

 

         Así que a los grilletes y la ropa basta se suma la comida pobre y mala, patéticamente descripta en estos versos. Seguramente se trata de una versión menesterosa del “hormigo”, que según el diccionario es un “plato de repostería hecho generalmente con pan rallado, almendras o avellanas tostadas y machacadas, y miel”[205]. Pero éste, al parecer, es líquido, y poco dotado de frutas secas.

         Alarcón era un autor muy seguido por el público, y es de suponer que no decía disparates absolutos sobre las cosas de dominio general, y que interpretaba plausiblemente el sentir y el pensar de la gente del común que veía sus obras. Es muy posible, pues, que estos comentarios de Sancho, y todo el tratamiento de la cuestión de la demencia y del hospicio en El desdichado en fingir, nos acerquen como pocos documentos existentes a la forma cómo estas instituciones realmente eran, y, más aún, cómo eran vividas por sus sujetos y por la comunidad.

 

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[144] Las paredes oyen (en adelante Las paredes...), en Obras..., p 58

[145] Las paredes..., p 67

[146] Los favores..., p 138

[147] Calderón de la Barca, La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, Estella, Salvat, 1970, p 29

[148] Ganar amigos, p 230

[149] Ganar amigos, p 267

[150] Ganar amigos, p 298

[151] Se refiere al alzamiento de los Trastámaras.

[152] Ganar amigos, p 320

[153] El desdichado, p 401

[154] El examen..., p 420

[155] La verdad..., pp 79/80

[156] Las paredes..., p155

[157] Porque la promesa la hizo sin revelar su identidad.

[158] Ganar amigos, p 277

[159] Ganar amigos, pp 258/259

[160] Ganar amigos, p 257

[161] CALDERÓN DE LA BARCA, p 139

[162] Las paredes..., p 194

[163] El tejedor..., p 14

[164] El tejedor..., p 13

[165] El tejedor..., p 10

[166] El tejedor..., p 12

[167] El tejedor..., p 20

[168] El tejedor..., p 60

[169] Ganar amigos, p 235

[170] No hay mal..., p 327

[171] Ganar amigos..., p 280

[172] Los favores..., p 121

[173] Ganar amigos, p 254

[174] Mudarse..., p 299

[175] Mudarse..., p 309

[176] Los favores..., p 178

[177] Mudarse..., p 263

[178] El tejedor..., p 105

[179] El tejedor..., p 110

[180] El tejedor..., p 61

[181] El tejedor..., p 106

[182] El tejedor..., p 112

[183] Los favores..., p 126

[184] Los favores..., p 141

[185] El desdichado..., p 412

[186] La prueba..., p 485

[187] La prueba..., p 456

[188] No hay mal..., p 252

[189] Los favores..., p 133

[190] Mudarse..., p 262

[191] Los favores..., p 135

[192] Mudarse..., p 298

[193] La prueba..., p 497

[194] No hay mal..., p 330

[195] El examen..., p 382

[196] Diccionario enciclopédico Espasa, Madrid, Espasa-Calpe, 1996, XIX, p 10.256

[197] El desdichado..., p 369

[198] El desdichado..., p 374

[199] El desdichado..., pp 373/374

[200] El desdichado..., p 380

[201] El desdichado..., p 375

[202] El desdichado..., p 380

[203] Ibidem

[204] El desdichado..., p 385

[205] Diccionario enciclopédico Espasa, XVII, pp 6424/6425

[206] No hay mal..., p 256