7.2. Referencias al Matrimonio

 

         Pasaremos ahora breve revista a las menciones que Alarcón hace de las instituciones jurídicas concretas, dividiéndolas temáticamente en lo posible, con criterios actuales, para un orden mayor. Hay referencias críticas, otras descriptivas, y algunas meramente de pasada. Todas ellas revisten cierto interés, sin embargo, porque nos reportan el elemento sociológico, vivencial, que es inherente al Derecho.

         Como era de esperar, tratándose en definitiva de comedias de asunto amoroso, campea la presencia del tema matrimonial. A veces, teñido de convencionalismos, típicos del teatro de entonces. Tal el lamento de Leonor, en No hay mal que por bien no venga, que se refiere a su viejo padre de pocas pulgas (característico personaje del drama de la época), en estos términos:

        

         "De sujeción tan penosa

         ¿cuándo libre me veré?

         Inés: Cuando la mano te dé.

         Leonor: Nunca seré tan dichosa"[206].

 

         El espectador sabe que la joven no es demasiado despierta, y que en cambio su anciano progenitor, viudo por exigencias de la comedia, lejos resulta de hallarse injustificado en sus temores, pues el pretendiente es un atroz pelafustán. Más adelante, refuerza Leonor sus argumentos con la aguardable referencia a la dote. Otra vez, laméntase de su padre:

 

         "que tanto llega a dañarme

         su condición avarienta,

         que por no apartar de sí

         la dote que de él espero,

         le resiste; que al dinero

         tiene más amor que a mí"[207].

 

         Pero el mensaje de Alarcón es otro, porque el público ya conoce al destinatario eventual de esa dote tan guardada, y sabe que en sus manos duraría lo que un suspiro. Por lo que la supuesta avaricia le suena más bien a prudencia.

         Las cuestiones de la patria potestad y del dinero vuelven a entremezclarse en otras obras. Así, en Los favores del mundo:

 

"La otra es su prima, Julia

su nombre, y un  viejo tío

es el curador y el Argos

de estas dos huérfanas Íos,

ambas por casar, y tienen

dos mayorazgos muy ricos

con que puede hacer dichoso

cada cual a su marido"[208].

 

         Es particular el caso de la protagonista del Examen de maridos, que ha quedado huérfana de padre y madre, por lo que le recomiendan:

 

"Ya que tan sola has quedado

con la muerte del Marqués,

tu padre, forzoso es,

señora, tomar estado,

que en su casa has sucedido,

y una mujer principal

parece en la corte mal

sin padres y sin marido"[209].

 

         El aspecto del consenso de la interesada es uno de los más recurrentes en las comedias alarconianas. No debe confundirse con el trámite de la petición de mano que, por supuesto, no se cuestiona que corresponde a quien ejerza la patria potestad. Este es normalmente el padre:

 

         "Tratadlo con mi padre, y Dios os guarde"[210].

 

         Dice doña Blanca en el Examen. Pero puede tratarse de una tía, como en Mudarse por mejorarse:

 

"A pedirme por esposa

va el Marqués a doña Clara"[211].

 

         O de un tío, personaje característico del teatro cómico del Siglo de Oro, interpretado por quienes se daban en caracterizar cual "viejos graves". Como el preocupado Don Diego de Mudarse por mejorarse, que trata de convencer a su sobrina para que acceda:

 

"Ablanda, sobrina, el pecho,

sin razón duro y extraño;

busca el gusto en el provecho;

remedie la mano el daño

que el hermoso rostro ha hecho"[212].

 

                   La oposición de la interesada, sin embargo, no siempre es motivo de tantos miramientos. El propio don Diego, no tarda en cansarse, y mostrar la verdadera cara de su poder:

 

"Que o la mano le dará,

o en un convento tendrá

justo castigo esa loca"[213].

 

         En realidad, lo que ocurre en esta pieza es que el enojado pretendiente ha recurrido a la amenaza. Como explica la requerida:

 

"Y puesto que me iguala y que me adora,

me resuelva a admitirle por marido,

o que contra mi sangre verá España

salir todos sus deudos a campaña"[214].

 

         Y el anciano tío peca seriamente de cobarde. De modo que le advierten a su sobrina que:

 

"Y siguiendo aqueste intento,

vendrá ahora de su parte

quien acabe el pensamiento,

con orden para llevarte,

si resistes, a un convento"[215].

 

         Las amenazas del tío gozan del apoyo institucional. Toma partido en ese orden el propio monarca:

 

"Díjome Julia que el Rey

determinado dispone,

o que me entre en un convento

o que dé la mano al Conde,

y que esta tarde vendría

su gente por mí, con orden

de ejecutar este intento"[216].

 

         En efecto, le dice una de las protagonistas al príncipe:

 

"Yo, señor, decir oí

que el Rey, vuestro padre, intenta

que Anarda la mano dé

a Mauricio su enemigo,

o en un convento en castigo

de su resistencia esté,

y que hoy por ella enviaba

para ejecutarlo así"[217].

 

         La posición de Alarcón se vislumbra contraria a ese tipo de soluciones drásticas, que nunca se concretan al final, y en cambio proclive a la adecuación de la respuesta al parecer de la interesada. Así, en Los pechos privilegiados, dice Rodrigo al Conde:

 

         "Que ni pedir fuera justo

         licencia al Rey enojado,

         ni a Leonor en este estado

         me daréis contra su gusto"[218].

 

         Y sentencia Julia en Los favores del mundo :

 

"Lo que dice Anarda es justo;

que sólo en tomar estado.

Es tirano fuero injusto

dar a la razón de estado

jurisdicción sobre el gusto"[219].

 

         De hecho, el "dar la mano" aparece en Ruiz como un acto eminentemente propio de la novia:

 

"Si al Conde la mano doy;

para que cumplir podáis

tan precisa obligación,

a Garci-Ruiz la mano

con vuestra licencia doy"[220].

 

         Y el tenso matrimonio del Tejedor de Segovia, en que el contrayente está obrando bajo fuerza:

 

"Conde: Mi mano es ésta;

ya soy tu esposo

Doña Ana:             Yo venturosa,

pues doy la mano de esposa

a quien vida y alma doy"[221].

 

         La coerción que don Fernando, que busca limpiar el honor de su hermana al casarla con su amante, es considerada en términos jurídicos, como causal de nulidad, por el criado Fineo, quien aconseja a su atribulado señor, con exactitud:

 

"Pues es vano

resistir, dale la mano.

Libra tu vida, señor,

del gran peligro que ves;

pues siendo obligado a ello

con violencia, el deshacello

será tan fácil después"[222].

 

         En La prueba de las promesas, Don Illán, el sabio padre de Blanca, ha recibido la oferta del poderoso Enrique de VARGAS de desposar a su hija, terminando así una pelea familiar inmemorial. El anciano cree que el matrimonio es muy conveniente, pero Blanca está enamorada del mucho menos rico Don Juan. No se le ocurre imponerle su voluntad, pero sí tratar de convencerla. Primero, recurriendo a su autoridad:

 

“Más virtud es, Blanca hermosa,

En este caso presente

Responder por obediente

Que callar por vergonzosa”[223].

 

         Pero no tiene éxito. Entonces, prueba con elocuentes –y variados– argumentos:

 

“Presto lo querrás, si adviertes

Que es poderoso y galán,

Y que estas bodas serán

Remedio de tantas muertes;

Que eres pobre, y tu beldad

Sola conquista su amor:

Que este es el medio mejor

De mover la voluntad;

Que ni yo quiero, ni es justo,

Casarte con tu enemigo”[224]. 453

 

         Ante su nuevo fracaso, el viejo mago cambia radicalmente de táctica, y recurre a una criada que es de confianza de su hija:

 

“Sabe pues, hija Lucía,

Que Blanca me da cuidado:

Que es tiempo de darle estado,

Y para hacerlo querría

Saber de ti, pues mejor

De nadie informarme puedo,

Qué galanes de Toledo

Solicitan su favor,

Y a cuál tiene inclinación

De todos Blanca; que es justo

Que se haga con su gusto,

Si puede ser, la elección”[225]. 454

 

         Don Illán no ha perdido su compostura, y aún espera que sea “por gusto” de Doña Blanca “la elección”, pero ello “si puede ser”. Por las dudas, va pensando en otras tácticas para influir sobre la voluntad de su hija, más sutiles que la imposición descarnada de su autoridad paterna. Así que ordena a la criada:

 

“Y si se ofrece tratar

De don Juan, ponle defetos

Importantes, y secretos,

Porque no pueda probar

Lo contrario: y verás luego

Cómo en un término breve

Se trueca en fuego la nieve,

Y en nieve se trueca el fuego”[226].

 

         El padre del novio, en cambio, no siempre aparece al tanto de los proyectos maritales de su vástago. El impedimento de ligamen se ve, entrelazado con ese tema y con otros, como la necesidad de casarse ("fuerza") y el matrimonio secreto, en este diálogo que entrecruzan progenitor (Beltrán) e hijo (García, que, digámoslo de paso, está mintiendo), en La verdad sospechosa:

 

         "García: Porque soy casado.

         Beltrán: ¡Casado! ¡Cielos! ¿Qué es esto?

         ¿Cómo sin saberlo yo?

         G: Fue fuerza, y está secreto.

         B: ¡Hay padre más desdichado!

         G: No os aflijáis que en sabiendo

         la causa, señor, tendréis

         por venturoso el efeto"[227].

 

         Claro que más tarde, al mismo voluble don García le resulta conveniente desdecirse de su inventado matrimonio, pues desea contraer nupcias de veras con una señorita que ha conocido. Contra lo que se vuelven sus propias mentiras previas. Enfréntase, pues, el falaz, a la necesidad de llevar adelante una información de soltería. Empero, al haber localizado su mendaz unión en Salamanca, y correrle prisa, se ve falto de testigos. A lo que propone el criado Tristán una irónica salida:

 

         "Pues es el mismo casarte,

         siendo tan gran caballero,

         información de soltero;

         y cuando quiera obligarte

         a que des información,

         por el temor con que va

         de tus engaños, no está

         Salamanca en el Japón"[228].

 

         Bien que, si de ironías se trata, en pocos temas descuella nuestro autor como en el de la viudez, tan proclive al humor negro. Así los sarcasmos que derrama el simpatiquísimo don Domingo en No hay mal que por bien no venga:

 

         "Don Domingo: Quien gozó tales dos días,

         que envidia pueden causar,

         hace mal en enlutarse.

         Beltrán: ¿Cuáles son?

         DD: El de casarse

         uno, y otro el de enviudar.

         [...]

         No es del todo desdichado

         el del casamiento si

         pasó; que el de la viudez

         no verá la noche obscura

         mientras no quiera, pues dura

         hasta casarse otra vez"[229].

 

         Y las punzantes frases de la vivísima doña Inés al evaluar los resultados del Examen de maridos.

 

"Beltrán: Es viudo.

Doña Inés: Borradle presto;

que quien dos veces se casa,

o sabe enviudar o es necio"[230].

 

         El tema de la igualdad socio-económica de los contrayentes es reiteradamente abordado. El antepasado de Alarcón, pintado como de altísima nobleza, inquiere:

 

"¿Mujer igual a quien soy

me darás?"[231].

 

         Y se contenta un marqués, en Mudarse por mejorarse:

 

"Pues con eso será mía.

Yo, Otavio, no quiero más

pues me iguala en calidad"[232].

 

         Y es empleada la igualdad como parte de su argumento de convicción por doña Clara, en la misma obra:

 

"Piensa que en sangre le igualas,

y aspira al tálamo honesto"[233].

 

         En El desdichado en fingir, Persio responde jactancioso a la mujer que ha seducido con promesa de matrimonio:

 

“Ni lo que pides te debo,

Ni para casar conmigo

Eres igual”[234].

 

Pero Doña Blanca, la protagonista de La prueba de las promesas, no está de acuerdo con estas consideraciones, y vierte el punto de vista “romántico”:

 

“Basta; que no quiero

Ver más vuestras falsedades:

Quien coteja calidades

No es amante verdadero”[235]. 494

 

         Claro que el extremo de la conveniencia se ha de dar cuando la igualdad se vea reforzada por el parentesco mismo. Y si de familias ricas se trata, mejor. Tal el consejo del fiel Beltrán en el Examen de maridos:

 

"El es tu deudo; y por Dios

que fuera bien que se unieran

vuestras dos casas, y hicieran

un rico estado los dos"[236].

 

         En un caso, inclusive, el matrimonio endogámico le ha sido impuesto a un marqués como condición para la conservación del mayorazgo que disfruta:

 

"Dar la mano a doña Blanca

no es posible sin que pase

el mayorazgo que gozo

al más cercano en mi sangre;

que obliga de su erección

un estatuto inviolable

a que el sucesor elija

esposa de su linaje"[237].

 

         Por cierto, el caballero ni piensa siquiera en perder, por fuertes que sean sus amores:

 

"Porque estoy, Blanca, obligado

a dar la mano a mujer

de mi linaje, o perder

la posesión del estado"[238].

 

         El tema de las calidades de los contrayentes es motivo de mordaz comentario por parte de la protagonista del Tejedor de Segovia:

 

"¿Tan ciega estoy de tu amor,

que a un gran señor que es Atlante

en que estriba dignamente

el peso de esta corona,

prefiera la vil persona

de un bandido delincuente?"[239].

 

         Y de simpática glosa, en esa suerte de payada que se trenza entre el conde y el Marqués en el Examen de maridos:

 

"Que quien por amores casa,

vive siempre descontento,

según lo afirma el refrán,

dice el Marqués, y es muy cierto,

cuando por amor se hacen

desiguales casamientos;

pero cuando son en todo

iguales los dos sujetos,

no hay, si el amor los conforma,

más paraíso en el suelo"[240].

 

Pero el exceso de miramientos en la elección de cónyuge merece esta apreciación del buen criado Beltrán, que critica a su ama por haber rechazado, con su examen de maridos, a todos sus pretendientes:

 

"Con las tablas de la ley

diste, señora, en el suelo.

No hallarás perfecto esposo;

que caballo sin defecto,

quien lo busca, desconfíe,

de andar jamás caballero"[241].

 

                   Respecto al matrimonio como institución, Doña Blanca se refiere, en El examen de maridos, al consentimiento nupcial en estos términos:

 

"Cuando ya, ya al dulce efecto

falta la palabra sola

que eternas obligaciones

en breve sílaba otorga"[242].

 

         Y en la misma obra, el Marqués, defendiendo la conveniencia del casamiento por amor, aduce:

 

"El matrimonio es unión

de por vida; y quien es cuerdo,

aunque atienda a lo presente,

previene lo venidero,

el amor es quien conserva

el gusto del casamiento"[243].

 

         A otro marqués, el de Mudarse por mejorarse, corresponde una de las más bellas (que lo es doblemente por sencilla y tierna) reflexiones de toda la literatura clásica española:

 

"¿Qué cosa darle pudiera

el cielo, que más me cuadre,

que a mis hijos noble madre,

y a mí dulce compañera?"[244].

 

         El deber de protección se plasma, con dureza, en el terrible momento en que el tejedor de Segovia debe defender la honra de su prometida:

 

"Pues si esta mujer es mía,

y si mi esposa a de ser,

¿cómo la puedo dejar

sin morir primero yo?"[245].

        

         La unión conyugal aparece, entre familias nobles, como un medio de conciliar rencillas entre las respectivas familias, en La prueba de las promesas, donde incluso, como viéramos, para el paterfamilias Don Illán ello justifica incluso que la moza sacrifique sus propios gustos:

 

“De las desventuras largas,

Los bandos, muertos y daños

Que han durado tantos años

Entre Toledos y Vargas,

Quiere el cielo soberano

Que el alegre fin se vea,

Querida Blanca, y que sea

El medio de paz tu mano.

Don Enrique, la cabeza

De los Vargas, ¡qué ventura!

Vendernos la paz procura

A precio de tu belleza:

Sólo, hija, falta aquí,

Para fin de tantos males,

Que entre esos finos corales[246]

Se forme un dichoso sí”[247].

 

         Pero uno de los temas más reiterativos en el teatro alarconiano es el de la palabra de matrimonio dada a la mujer para poseerla, o bien el reclamo de tal promesa como exigencia previa de la damisela antes de entregar su cuerpo al pretendiente. Así Doña Flor, en Ganar amigos, monta toda su estrategia para, dado que ya no puede (o no quiere) rechazar al poderoso enamorado, por lo menos tener los medios para luego obligarlo a casarse:

 

“Prevenida me arrojaba,

Ordenando que ocupasen

Tres testigos, de mi cuarto

Ciertos ocultos lugares,

Con intención de pedirle

Palabra de esposo antes

Que en la fuerza de mi honor

Le hiciese el amor alcaide;

Y si la diese, o movido

De su afición y mis partes,

O pretendiendo, fiado

En el secreto engañarme,

Tener testigos con quien

Convencerle y obligarle

Al cumplimiento; que puesto

Que su poder me acobarde,

El rey don Pedro es el rey,

Y justicia a todos hace

Tan igual, que ha merecido

Que el Justiciero le llamen;

Y si a su intento quisiese,

Sin obligarse, obligarme

Tener quien diese socorro

A mi resistencia frágil”[248].

 

         Aquí uno presume que los galanes de la platea anotarían mentalmente la precaución de rebuscar en los “ocultos lugares” de los cuartos de sus damas, en procura de inoportunos testigos, que los obligasen luego a matrimonios no deseados, cuando sólo los movía la afición a, como dice graciosamente Flor, “las partes” de las niñas del caso. Y las jovencitas aprenderían de esta cautelosa dama a disponer fieles escuchas tras los cortinados y dentro de los arcones, antes de “hacerle el amor alcaide” al fugaz pretendiente, tanto más si éste fuera un marqués, o similar. ¡Hermosos matrimonios se derivarían de estas estratagemas!  

         Pero no se crea que ellas daban siempre el resultado esperado. En Ganar amigos, el Marqués es exhortado por el Secretario en estos términos:

 

“Mostrad, Marqués, la paciencia

Que el valor suele adornar;

Que al punto manda su alteza

Que pues vuestra culpa es llana,

Le deis la mano a doña Ana,

Y al verdugo la cabeza”.

 

         Y el Marqués responde (claro –no se malinterprete– que porque la demanda de la dama carece de verdad):

 

“Morir sin casarme intento:

Llegue el verdugo inhumano

A ser mi fiero homicida;

Que al cielo debo la vida,

Mas no a doña Ana la mano”[249].

 

         Pero esta singular comedia acaba con una trenza de perdones, de peticiones y de consensos maritales:

 

“Doña Flor: Perdona, amiga, a mi hermano;

Queda con honra y casada,

Y no sin ella y vengada.

Doña Ana: Señor, dándome la mano

Don Diego, le doy perdón.

Marqués: Yo de la muerte le doy

A Don Fernando, pues soy

Parte formal de esta acción”[250].

 

         Cual Ganar amigos es excesiva como certamen de virtudes caballerescas, El desdichado en fingir asquea por tantos perversos caracteres, extraños en una comedia. A la pravedad del Príncipe, de que ya hemos harto hablado, hace sombra la de Persio, que en estos términos se enorgullece de una aventura suya:

 

“Al fin, sobre mi palabra

Me dio, lo que llaman ellas

Su honra, y lo que solemos

Llamar la flor los poetas.

[...]

En habiéndola gozado,

Conocí la diferencia

Que hay del dudoso deseo

A la posesión quieta

Cánseme, y a pocos días

La dejé burlada y necia”[251].

 

         “Burlada y necia”, puede ser, pero no en silencio ni sin deseo de venganza, pues así se expresa ella:

 

“Que a otra no habéis de engañar

Del modo que me engañaste;

Que sabrán las que han oído

Las culpas que me ponéis,

Que palabra me tenéis

Dada de ser mi marido”[252].

 

         Y así se presenta ante la autoridad (que es, por cierto, el maléfico Príncipe):

 

“Al fin, de ser mi marido

Me dio palabra, y debajo

De ella, señor, le entregué

Lo que de vergüenza callo.

Cansóse de mí, y dejóme

Sin honor y sin amparo:

Justo castigo de quien

Fió lo que vale tanto”[253]

 

         Ahora bien, resulta que la buena Celia, luego de haberse entregado a Persio tras recibir palabra de matrimonio, una vez abandonada, cedió nuevamente ante la misma trampa con Arseno, el restante galán de la pieza (y algo nos hace pensar que si el reparto hubiera dado para más caballeros, con otros tantos hubiese caído). Por eso Arseno se defiende:

 

“No puedo negar

Que palabra a Celia he dado;

Mas antes que yo la diese,

Debajo del mismo trato

La gozó Persio, yo no;

Y yo me ofrezco a probarlo”[254].

 

Entonces el Príncipe tiene un súbito momento de justicia, y da inicio al siguiente diálogo:

 

“¿Conoces esta mujer?

¿Sabes, Persio, que le has dado

la palabra de marido?

Persio: No puedo, señor, negarlo.

Príncipe: Escucha, Celia, ya Persio

Llanamente ha confesado

Que te debe la palabra.

Celia: Y lo demás es engaño.

P: Dad, Persio, la mano a Celia.

C: Eres príncipe cristiano”[255]. 441

 

         La palabra de matrimonio (utilizando la correcta expresión castellana, “esposo”, del latín sponsus) se la exige en La prueba de las promesas Blanca a Don Juan, que convertido en un “grande de España” ha pasado de ser un pretendiente formal a sólo procurar tener relaciones sexuales con ella:

 

“Don Juan: Blanca, escucha.

Blanca: ¿Qué me quieres?

¿Eres mi esposo?

DJ: Oye, Blanca.

B: Si no dices: Soy tu esposo,

No digas otra palabra”[256].

 

         La cuestión de las promesas de matrimonio se complica en El desdichado en fingir, porque al personaje le reclama la palabra una mujer del lugar, pero a su ha matado a un hombre en Roma, y se le ofrece el perdón si se casa con la hermana de su víctima. El Príncipe se pregunta:

 

“¿Qué haremos en este caso,

Justino? Acá dio palabra,

Allá dio muerte a un hermano;

Allá no puede casarse

Por estar acá obligado.

Si acá se casa, a la muerte

De que allá le han hecho cargo

No hay remedio sin morir.

¿Qué tengo de hacer? Miradlo”[257].

 

         Pero, como en realidad no se trata de la misma persona, sino que el que dio palabra de matrimonio es otro, que se ha hecho pasar por el asesino, el rompecabezas, felizmente, tiene solución. Ésta se la expone el agudo criado Sancho a la hermana del verdadero homicida:

 

“Hecho una vez el perdón

Se descubrirá tu hermano,

Que estar escondido es llano,

Y dará remedio al mal,

Ratificando lo hecho

Por Arsenio mi señor,

Pues a Julia tiene amor:

Que con mi dueño sospecho

Que es ninguno[258] el casamiento”[259].

 

El matrimonio puede realizarse por poder, como explica el Correo al padre del homicida (nótese que el poder, por supuesto, es de la novia, y no de su padre):

 

“Que yo aquí traigo poder

De la hermana del difunto,

Y con él lo traigo junto

Del Cardenal, para hacer

El perdón, si da la mano

Vuestro hijo a la doncella”[260]

 

En efecto, así ha de concretarse la boda, según lo resuelve el Príncipe:

 

“El romano mensajero,

Del poder que tiene usando,

La mano, por Julia ausente,

La dé a Arnesto[261].       

 

         En realidad, el matrimonio por mandato estaba también presente en los planes del vil Persio, que pretendía emplearlo para conseguir a su amada:

 

“Iréme así a mi patria, donde en nombre

De Persio, pues lo soy, ante escribano

A Justino enviaré poder bastante

Para que con mi Ardenia me despose:

Vendré, descubriréme y gozaréla”[262].

 

         Curiosamente, es el mismísimo Rey quien otorga la mano de su protegida, sin consulta alguna a ella, y como si de una cosa se tratase, en Ganar amigos, diciendo:

 

“Servicio tan excesivo

En extremo me ha obligado,

Y así con igual cuidado

A premiaros me apercibo;

Y por justo galardón

De la victoria que gano

Hoy por vos, os doy la mano

De doña Inés de Aragón”.

 

La princesa es, pues, un “justo galardón” para Don Pedro, que apabullado responde en la misma línea: “Es el premio sin medida”[263].

En la contrapartida, Doña Ana se lamenta de no tener, como Inés de Aragón, quien se ocupe de sus gestiones matrimoniales, pues:

 

“Don Fernando de Castro,

Asombro de las huestes otomanas,

Que a piras de alabastro

Da presunción con sus cenizas vanas,

Me dio el ser y la dicha, que importuna

Mira el merecimiento la fortuna.

Su fin arrebatado

Me dejó solo en la orfandad funesta

Para elegir estado,

No la prudencia, sí la edad dispuesta;

Y así mi juventud poco entendida

Pasaba en muda confusión la vida”[264]. 297

 

 

PARA CONTINUAR CON LA LECTURA DE ESTE TRABAJO, CLIC AQUí 

 

[207] No hay mal..., p 278

[208] Los favores..., p 151

[209] El examen..., p 345

[210] El examen..., p 425

[211] Mudarse.., p 334

[212] Los favores..., p 177

[213] Los favores..., p 195 (éste es un buen “acto fallido” sobre lo que realmente pensaban los españoles del siglo XVII de la entrada en religión de las jovencitas).

[214] Los favores..., p 188

[215] Los favores..., p 214

[216] Los favores..., p 225

[217] Los favores..., p 228

[218] Las paredes..., p 49

[219] Los favores..., p 179

[220] Los favores..., p 232

[221] El tejedor..., p 99

[222] El tejedor..., p 99

[223] La prueba..., p 452

[224] La prueba..., p 453

[225] La prueba..., p 454

[226] La prueba..., p 456

[227] La verdad..., p 82

[228] La verdad..., p 123

[229] No hay mal..., p 274

[230] El examen..., p 409

[231] Los favores..., p 220

[232] Mudarse..., p 275

[233] Mudarse..., p 320

[234] El desdichado..., p 415

[235] La prueba..., p 494

[236] El examen..., p 376

[237] El examen..., p 355

[238] El examen..., p 366

[239] El tejedor..., p 89

[240] El examen..., p 442

[241] El examen..., p 410

[242] El examen..., p 381

[243] El examen..., p 437

[244] Mudarse..., pp 275/276

[245] El tejedor..., p 12

[246] Es decir, sus labios.

[247] La prueba..., p 451

[248] Ganar amigos, pp 249/250

[249] Ganar amigos, p 321

[250] Ganar amigos, p 326

[251] El desdichado..., p 356

[252] El desdichado..., p 383

[253] El desdichado..., p 436

[254] El desdichado..., p 438

[255] El desdichado..., p 441

[256] La prueba..., p 535

[257] El desdichado..., p 438

[258] Es decir, nulo.

[259] El desdichado..., p 433

[260] El desdichado..., p 432

[261] El desdichado..., p 441

[262] El desdichado..., p 403

[263] Ganar amigos..., p 311

[264] Ganar amigos..., p 297