Número 14, febrero de 2003

 

Editorial

GUERRA Y DERECHOS EXISTENCIALES

    

Estimados Amigos:

 

«Gritar "¡Matanza!", y dejar deslizar los perros de la guerra»

Shakespeare, Julio César, 3.1.274

 

            La primera obra literaria que se conoce es la Epopeya de Guilgamesh, un conjunto de relatos proveniente de la cultura súmero-acadia, datado alrededor de mediados del tercer milenio antes de Cristo. Es decir, hace unos cuatro mil quinientos años. No poco tiempo. El eje temático de esta gesta antiquísima son las aventuras del rey Guilgamesh de Uruk, un sujeto prepotente y voluble, tan fuerte y valiente como abusivo e inescrupuloso (probable inspirador del "Conan el Bárbaro" de Robert Howard), obsesionado con la inmortalidad. En busca de ésta, el problemático monarca se lanza a los caminos, y en un bosque él y su compañero Enkidu se trenzan en lucha cerrada contra un gigante, medio animal y medio hombre, que es el custodio del lugar, y les impide el paso. 

            El guardián es derrotado, pero cuando el soberano se dispone a matarlo, se arrodilla y le dirige el primer alegato en favor de un derecho existencial que existe en la Historia. "No me ejecutes", implora, "déjame ir en libertad, y seré tu sirviente". Mas Enkidu se interpone: "¡Acaba con él, Guilgamesh!", urge, "pues de lo contrario reagrupará a su ejército, y volverá al combate, y será él quien nos mate". Y entonces el gigante lo mira, y dice una frase hermosa: "¿No debería acaso el pájaro caído volver al nido, y el cautivo de guerra regresar al hogar de su madre?"

            Cuatro mil quinientos años atrás, alguien, un súmero-acadio (para ese entonces ambos pueblos se habían integrado) escribió sobre unas ocres tabletas de arcilla estas frases magníficas, que nos emocionan aún hoy, entre supercomputadoras y naves espaciales, redes telemáticas y trasplantes. Eso nos importa, pero mucho más nos interesa la resolución del relato. Porque Enkidu no se compadeció por el discurso del prisionero, y al ver que su camarada sí titubeaba, y amenazaba con perdonarlo, sacó su propia espada y dio muerte al gigante. Y allí viene lo extraordinario, lo decisivo, lo notable. Los dioses, horrorizados, entienden que el orden universal ha sido quebrado, que la acción de Enkidu es atroz, y lo matan a su vez. Es decir que esta historia, que se debe haber leído y narrado millones de veces, desde las fronteras de la India hasta el Mediterráneo (la Epopeya fue encontrada en las ruinas de los hurritas, de los hititas, de los cananeos, y sus ecos se rastrean sin dificultad en la Biblia, en Egipto y hasta en la Odisea), conllevaba un mensaje bien claro y concreto: los dioses (o sea, el Cosmos) quieren que las vidas de los prisioneros de guerra se respeten.

            Desde los más remotos testimonios que poseemos, la cultura humana ha mostrado una preocupación lacerante por el fenómeno de la guerra, en sí y en sus corolarios: los prisioneros, el botín, la conquista, y tantos otros. Pero esa inquietud ha marchado de la mano con una ambivalencia tan común como asombrosa. Por un lado, la guerra es proclamada (con muy pocas excepciones, una de ellas la civilización nórdica antigua) como algo malo, contrario al orden universal, y en el mejor de los casos como una desgracia que se volvió necesaria. Griegos, romanos e indígenas americanos soñaban con una era mítica de paz general, sin armas ni ejércitos, que era a la vez supuesto recuerdo colectivo de un pasado áureo y esperanza de un avenir hermoso. Los hebreos colocaban esa época en que "el león se alimente junto al cordero" en el aguardado fin de los tiempos. 

            Todo magnífico, si no fuera porque al lado, muy al lado de esa concepción, discurrió la otra, la de la guerra como ocupación noble, masculina, fuente legítima de honor y de riqueza. La victoria, hija del combate, aportaba triunfos, ovaciones, ascenso social, poder político. La conquista era fecunda en impuestos para cobrar, artefactos y obras de arte libradas al saqueo, esclavos, tierras nuevas... El sabor embriagante de las huestes en estrepitoso avance anticipaba la dulce saciedad de las pasiones, la liberación impune de la violencia, del odio, de las más recónditas fantasías sexuales. Hitler, con su más intuitivo que real (porque culto, no era) manejo de la vieja tradición vikinga, en mixtura con la técnica de masas, empleó estos resortes psicológicos hasta el extremo. Las águilas gigantescas, las formaciones descomunales, los gritos sencillos, penetrantes, compartidos, reiterados, creciendo en cadencia orgásmica hasta un clímax de entrega absoluta, daban lugar a una amalgama comunitaria sin igual. El desarticulado "pueblo" se transformaba en un monolítico ejército (en última instancia, en latín, parece que populus, en su remota raíz, significaba justamente eso, "ejército").

            Esta relación contradictoria con el fenómeno bélico llevó a los cerebros humanos, a lo largo de los siglos, a idear causas de justificación para las guerras. Para cada una de ellas en particular, y para la guerra como cosa en sí. La característica más general de estas alambicadas construcciones, algunas de ellas verdaderos monumentos a la disquisición lógica, es que normalmente nunca dicen la verdad, sino que disfrazan reales y muy concretas aspiraciones de poder económico y personal, que se prefiere ocultar y -de ser el caso- negar con fervor. Somos los encargados de establecer la paz de Europa, dicen unos. Dios nos ha entregado esta tierra donde estáis, claman otros. Nuestras ideas son más altas que las vuestras, aceptadlas o caed. Somos portadores de la verdadera civilización, de la auténtica religión, de la genuina revolución. La Divinidad lo manda. Así está escrito. La moderna ciencia muestra que nuestra raza es superior a la vuestra: dadnos, pues, el suelo que pisáis... Cada tanto aparecen, como estrellas fugaces, espíritus que ponen en evidencia las falacias de estas banderas, pero no alcanzan a despertar por mucho rato a los pueblos de la obnubilación sandia y extática que su flameo les produce. Hay, cuando mucho, un rato de reflexión, de silencio. Y ya estamos de nuevo blandiendo espadas, lanzas o ametralladoras, seducidos ante la uniformidad del uniforme, engullidos por el leviatán de los tanques viriles y los aviones sibilantes. 

            Pero la realidad de la guerra es la muerte prematura, es el dolor desgarrante, es la destrucción sin retorno de miles de proyectos sencillos, es la quema salvaje de sueños infantiles, la transmutación en lágrimas salobres de infinitas esperanzas de padres y de madres. Cunas hechas tumbas. Besos y caricias convertidas en medallas inútiles, en vacío insoportable, que roe el alma, que no se va nunca y hace crecer con tristeza, con resentimiento, con ausencia. Las casas devastadas son sólo la expresión externa de una verdad más honda: lo arrasado son las existencias, cada una de ellas una joya invaluable. Esa es la realidad de la guerra. Ojos que ya no verán, oídos que ya no oirán, manos que morirán sin volver a tocar. Un hijo son todos los hijos del mundo. ¡Malditos los que no ven detrás de los cañones! 

            La guerra es el ejemplo más imponente de heteroconstrucción. Quienes la deciden y la ordenan, deciden y ordenan las existencias de miles, de millones de seres humanos, los obligan a abandonar sus propios programas de vida, a priorizar las prioridades de los líderes, de los jerarcas, de los iluminados. Poner multitudes de uniforme, hacerlos gritar al unísono, caminar en un solo sentido, pensar (es una forma de decir) las mismas imágenes. ¿Qué más abrumadora muestra de existir las existencias de los otros? Id a la muerte, o a la victoria. La victoria, ha de ser ahora más preciosa para vosotros que el título universitario, que la cosecha en pie que espera ser segada, que la sonrisa del hijito por llegar, que la caricia de la compañera, que la quietud del atardecer... La muerte, en definitiva, es vuestra muerte. La lamentaré, con tristeza restaré un uno en nuestras estadísticas, con dolor copiaré otro telegrama, con pena tal vez entregue una medalla. Pero habréis muerto bien, valdrá la pena... ¿Y las existencias de los otros, los del lado de en frente, los enemigos, los que deben ser vencidos? Ahora, su humanidad está en suspenso, sus proyectos son deleznables, a quién le puede importar ese piano, esa azada, ese estetoscopio, frente a nuestros arcos de triunfo, nuestros desfiles, nuestra gloria. 

            Hoy, la desolación ni siquiera se detiene allí. Cada ojiva que estalla, cada cápsula biológica, cada incendio, cada desastre, alteran un poco o mucho el ya muy dañado equilibrio del fragilísimo planeta donde coexiste nuestra especie. El Marte del gran Bradbury no fue, ni siquiera la luna del eterno Verne, cuya "conquista" fugaz tuvo sin dudas más que ver con Bob Dylan y la reacción a Vietnam que con el declarado "paso más grande en la historia de la humanidad". Así que estamos presos en esta Tierra, y las guerras la destruyen, aceleran su desgracia, y acercan a todos sus habitantes a la muerte, no sólo a los que la Parca sangrienta ha elegido como víctimas directas de tal o cual bombardeo.   

          Hace cuatro mil quinientos años, un hombre o una mujer, cuyo nombre no conoceremos jamás, escribió en unas tímidas tablillas, sin saber que eran eternas, su preocupación por la guerra, su anhelo de paz y de existencia. Lo arrullaban el Tigris y el Éufrates, en la región que los griegos, siglos más tarde, llamarían Mesopotamia. Oasis del que partirían, como recuerda el Génesis y confirma la arqueología, una cálida tarde, los humildes antepasados de los israelitas, arriando sus rebaños, para cambiar definitivamente el cauce de la Humanidad. La misma tierra, exactamente la misma, que hoy se conoce como Irak...  

          La guerra fue una alternativa aberrante entonces, después y ahora, y lo seguirá siendo siempre. Los argumentos que escudan los ataques, que instilan los misiles, nunca dejarán de ser parodias de oratoria, títeres del silogismo. El dinero vertido (no in-vertido, por cierto) en balas y bombas se mide en entrañas de niños, en vientres sin fruto, en semen sin simiente. Cada lágrima debería pesar toneladas en la balanza de quienes tienen en sus manos el poder de ordenar, como el Macduff de Shakespeare, "¡Haced que hablen todas vuestras trompetas; dadles todo el aliento, a esos heraldos clamorosos de la sangre y la muerte!". 

          Luchemos, sí, pero por un mundo donde, como cantó el ignoto autor (o autora) de las tabletas de Uruk, el pájaro retorne a su nido, y el hijo a los brazos de su madre. Hay tanto hambre, tanta sed, tanta tristeza, tanta enfermedad, tanta soledad por remediar... Esos combates nos esperan. Esas batallas valen cada glóbulo rojo derramado. Esa es la guerra feliz, sin arcos de triunfo, sin laureles ni túnicas púrpura. Sin pasos de ganso ni gansos de paso. Sin brazos rígidos, sin gritos estridentes caros al oído de los zafios. Sin salvas de honor ni honor si no te salvas. Es mucho más difícil, parece, emocionarse ante Jesús perdonando que ante una hueste invasora. Sentirse pleno frente el Buda que medita en silencio es más complejo que ante banderas militares desplegadas. Las arengas de odio y venganza conmueven por encima de la mirada dulce de San Francisco, y los instintos soeces se identifican más con los himnos rimbombantes que con el suave Imagine de Lennon, como se deslumbran con charreteras y entorchados, y no con la alba túnica del Gran-alma Gandhi. ¡Qué difícil parece edificar una cultura de la paz!

          Sin embargo, vale la pena intentarlo...    

            

         Cordialmente,

                                            Ricardo D. Rabinovich-Berkman

 

EN ESTE NÚMERO... 

* MEDICINA Y ANTISEMITISMO (JURÍDICO, SOCIAL Y RELIGIOSO) EN EL MUNDO HISPÁNICO (SIGLOS XVI AL XVIII) (¿Raíces de un peculiar trato al médico y a la Medicina?) Apuntes para un desarrollo ulterior, por Ricardo D. Rabinovich-Berkman

Este modesto trabajo preliminar fue originalmente preparado para el último Congreso Nacional de Historia de la Medicina, y su proyecto recibió la generosa aprobación de las autoridades de ese importante evento. Sin embargo, por coincidir el mismo con otras jornadas, que se desarrollaban fuera de Buenos Aires, no fue posible exponerlo ni darlo a conocer en su versión "definitiva" (así, entre comillas, porque ningún estudio lo es, pero éste menos aún, porque, deliberadamente, no pasa de un mero esbozo, aunque el tema amerita interés). R.D.R.-B.

 

* ACERCA DE LOS DERECHOS EXISTENCIALES DESPUÉS DE LA BATALLA DE CASEROS (1852 - 1872), por Sandro Olaza Pallero

He aquí un interesante trabajo de Sandro Olaza, que debe considerarse, en cierta medida, como continuación del que escribiera en el número 4 de Persona, bajo el título de ¿Respetó Rosas los derechos existenciales? Como lo dijéramos ya entonces, el autor es un joven docente de Historia del Derecho de la Universidad de Buenos Aires, además de miembro muy activo del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, y Secretario de la Biblioteca Popular Adolfo Saldías. Sin dudas atraído por los ribetes románticos (en el correcto sentido de la palabra) de su admirado Restaurador, y en consecuencia poco amigo de los vientos "liberales" (por llamarlos de algún modo) que soplan después de su derrota en Caseros, Olaza no ahorra tintas (ni calificativos, por cierto) en su intento de hacer conocer la realidad histórica, aunque ésta pueda disentir, y mucho, del cuadro más divulgado y corriente. La figura de Rosas entraña algunas de las contradicciones y tergiversaciones más notables de la historiografía "popular" argentina. El anglófilo transformado en héroe nacionalista, el romántico tardío reivindicado como fascista, sus tan obvios como ocultos por algunos de sus acólitos antecedentes genealógicos hebreos (entre otras estirpes judaicas, justamente la de los Pallero, cuya savia comparte nuestro autor). En suma, un hombre convertido en mito, que arrojó también al campo maniqueísta de la epopeya a sus contradictores: Sarmiento, Urquiza, Mitre... Hora es de abandonar zafias posturas de litigio: la Historia no es ni tribunal ni tribuna. Ciencia ha de ser, que a la verdad apunte. Este artículo corre en tal sentido. R.D.R.-B.

 

* LA DELACIÓN EN EL DERECHO BRASILEÑO , por Rômulo de Andrade Moreira

Andrade Moreira ya es una presencia habitual en nuestras páginas, y los lectores de Persona están acostumbrados a la calidad científica y al estilo ameno de este jurista bahiano, que escribe en un castellano perfecto. Recordemos que es Fiscal y Asesor Especial del Procurador General de Justicia, que enseña Derecho Procesal Penal en la Universidad Salvador-UNIFACS, que ha estudiado posgrados en esa misma Materia en la Universidad de Salamanca y en la UNIFACS de Bahía, que es miembro de la  Asociación Internacional de Derecho Penal, del Instituto Brasileño de Derecho Procesal y de la Asociación Brasileña de Profesores de Ciencias Penales, entre otros lauros. "Es en extremo peligroso, nos parece, que el Derecho Positivo de un país permita y, aun más, incentive a los individuos que en él viven, a practicar la traición como medio de obtener un premio o un favor jurídico", dice Andrade, y es muy difícil no estar de acuerdo con estas palabras. Adentrémonos, pues, de la mano de este especialista oriundo de una tierra tan generosa en hombres de Derecho como lo es la Bahía de San Salvador, en otra de las áreas espinosas donde la disciplina penal entra de lleno en contacto con la médula de las prerrogativas existenciales. R.D.R.-B.

 

* AUTOCONSTRUCCIÓN SOBRE EL CUERPO (alrededor del "cambio de sexo"), por Mariela Lungueira, Mariela Montes y Marina Sinibaldi

Hay asuntos que, por su importancia en sí y como temas testigo en materia de derechos existenciales, regresan una y otra vez a nuestras páginas, y los recibimos con los brazos abiertos, porque cada aporte científico es bienvenido, es necesario. Nada sobra. Y menos cuando se trata de una propuesta legal concienzuda, basada en una buena investigación, como es la de estas tres descollantes alumnas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Adelanto, como director de Persona, que tengo mis discrepancias (varias) con este proyecto legislativo y algunos de sus basamentos, a pesar de que sus autoras me hacen el honor, que agradezco, de citarme bastante y en forma generalmente concordante. Pero esta modesta revista es, por principio, definición y alma, abierta a todas las opiniones científicas serias y fundadas, en tanto sean esencialmente respetuosas del humano y sus prerrogativas básicas. Éste es sin dudas un trabajo bien hecho, y que merece ser recorrido con interés, y puesto en cotejo con los demás que hemos publicado sobre este tema, y los muchos que en otros prestigiosos medios aparecen. Por eso, lo difundimos e invitamos a su atenta lectura. R.D.R.-B. 

 

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